Opinión Nacional

El modelo violento bolivariano

Después de releer un sabio artículo de prensa escrito en el año 1955 por mi padrino Augusto Mijares, bajo el sugestivo título «Carácter Cesáreo y Carácter Bolivariano», podemos comprender mejor el deterioro del carácter y de la actitud de muchos venezolanos de todas las edades y de todos los grupos sociales, en el presente que vive nuestro país. Aunque no es nueva la tendencia en nuestro medio a la asimilación de la virilidad y de la fortaleza a la prepotencia, a la violencia y a la dominación, en desmedro de la paciencia, del diálogo, del respeto y de la humildad, así como tampoco es nueva la falsa visión de los héroes, con olvido de sus virtudes y con acento en sus defectos, con el propósito consciente o inconsciente de justificar el comportamiento avasallante e irrespetuoso frente a nuestros semejantes y en particular, frente a aquellos que de alguna manera dependen de nuestras decisiones o intereses, notamos que el fenómeno es recurrente y se renueva en la vida social de Venezuela, habiendo momentos de nuestra historia, como el que nos ha tocado vivir en los años recientes, en los cuales la onda del ciclo se hace más prominente.

Dejemos entonces que sean las palabras del profesor Mijares, ciertamente lejanas del tiempo presente, pero dotadas de muchísima actualidad, las que nos transmitan el mensaje ético de la historia. Así, con respecto a los hombres de poder, ávidos de personificar o al menos de proyectar las cualidades dominantes de los héroes, recordaba Mijares lo siguiente:
«La parodia del carácter cesáreo se formó por la deformación paulatina del modelo clásico; porque frívolamente se creyó que eran virtudes de César – o de cualquier otro modelo eminente- lo que precisamente estos mismos héroes hubieran considerado sus deficiencias o momentos desgraciados: el uso de la violencia, los apetitos desordenados, la necesidad de lisonjas, etc. El mito del carácter bolivariano se engendró por un proceso hasta cierto punto en sentido inverso: no del modelo hacia los que querían presentarse como sus continuadores históricos, sino fabricando en cada caso, a la medida del caudillo de turno, un Bolívar que justificase el exiguo ejemplar que se quería magnificar. Si el amo era un déspota, se insistía sobre la dictadura de Bolívar; si era una bestia cruel, se le parangonaba tácitamente con la «energía del Libertador»; si era intransigente y testarudo, se sacaba a la luz el «autoritarismo» del héroe; y así, se glorificaron la concupiscencia y la vanidad como si se tratase de alta y legítima ambición; el medroso recelo de los usurpadores como si derivara de un auténtico designio político; la dilapidación y la insolencia como rasgos de magnificencia; los desplantes de la grosería como irresistibles ímpetus del genio».

«El supuesto carácter bolivariano fue deformándose de esa manera, casi hasta llegar a ser una grotesca mezcolanza de los desórdenes morales que iban surgiendo en la grotesca procesión de los caudillos, líderes seudointelectuales, jefes civiles, comisarios y gendarmes. En cada escalón de aquella ominosa jerarquia del atropello se hallaba instalado un insensato dispuesto a ser un César, un Napoleón un Bolívar – pero de preferencia un Bolívar- con los más oscuros recursos de la mandonería.»
Pero lo que más temía el profesor Mijares era la influencia de estos caracteres o mitos en la gente común, porque ellos parecían penetrar en su mente y conformar la personalidad básica del venezolano. Decía con angustia: » Hay una abultada masa que ni tiene los conocimientos necesarios para defenderse de la reiterada mentira, ni posée la ferviente y hermosa credulidad con que el pueblo se inmuniza». A lo cual añadía, con agudo análisis psicológico:
«Y más peligroso aún, lo repito, porque lleva a cambiar totalmente la apreciación moral de vicios y virtudes; y este mal si llega todos. Cualquier tonto, si tiene con quien mostrarse brutal, se cree hombre enérgico; le avergüenza ser respetuoso, como si esto fuera un signo de debilidad; alardea de opiniones inflexibles, porque no sospecha que la testarudez es una demostración de estrechez mental, de cobardía o de pereza; ostenta sus extravíos -y el dinero mal habido con que los paga- porque le parece que eso lo coloca por encima de los demás. Paradójicamente, es grosero para ser distinguido; desvergonzado para despertar admiración; pícaro para que lo alaben; agresivo para que lo respeten».

Estas reflexiones del historiador pueden ser proyectadas fácilmente al año 2010. Actualmente, podemos observar cómo está operando el «cambio de carácter» en nuestra población, que tal vez no es otra cosa que un nuevo recrudecimiento del ciclo de la magnificación de la violencia, que los antiguos griegos consideraban «el primer mal que inflige la Divinidad al hombre que quiere perder» y así lo evoca Mijares. Pero no debemos cometer el error de creer ingenuamente que se trata de un mal que sólo está en los gobernantes o en los delincuentes de nuestro país, no, es una enfermedad social que nos ataca a todos y nos hace perder la correcta apreciación de las virtudes y de los defectos, transmutándose las unas en los otros, y haciéndonos adoptar pésimos hábitos de intercomunicación y de trato con nuestros semejantes, contrarios a la convivencia humana, que posiblemente reproducen los apetitos de dominación del modelo de caudillo contemporáneo.

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