Opinión Nacional

El nuevo CNE de Chávez

Al escoger, por intermedio de la Asamblea Nacional, los integrantes de un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE), Chávez se decidió por la versión más dura de una composición en la cual el oficialismo dominara abiertamente. Asesorado por Jorge Rodríguez –bajo cuya dirección estuvieron los anteriores rectores y gran parte de los altos funcionarios, quienes ahora ocuparán cuatro puestos principales, los respectivos suplentes y casi la totalidad de los principales cargos administrativos- el Jefe del Gobierno se aseguró un control casi absoluto del CNE. Cabe preguntarse por qué esta vez llegó tan lejos si le bastaba con que se repitiera el predominio anterior. Las reflexiones que al respecto he podido hacer me conducen a responder que lo decidido no estuvo basado en un análisis racional. El taimado político pudo haber llegado, para la propia conveniencia de su juego, hasta los límites que generalmente ha puesto a su régimen y su personal comportamiento, ambos autocráticos y sólo precariamente respetuosos del ordenamiento democrático.

Hasta el momento en que escribo este artículo (1/5/06) las distintas organizaciones de la oposición democrática no han expresado sus opiniones, pero sí lo han hecho los candidatos presidenciales que son o aparecen públicamente como principales. Y otra vez se hace sentir en sus declaraciones, con las naturales diferencias de contenido y estilo, la ausencia de un planteamiento que diga con claridad cual es la situación real de la actual competencia electoral, cuan difícil es la perspectiva, por qué es imposible vencer y por qué, sin embargo, es necesario participar, haciendo el máximo de esfuerzos para conquistar un resultado que alimente la continuación de la lucha.

Así mismo, sigue siendo notable la pobreza de las proposiciones programáticas. ¿Ha faltado tiempo para elaborarlas o hay ausencia de concepciones básicas sobre la sustancia de una alternativa a las orientaciones conforme a las cuales el régimen actual realiza su práctica «revolucionaria»? Quizás en el curso de la campaña los candidatos señalados superen la improvisación y muestren más enjundia, cada uno con sus ópticas propias. Quizás puedan lograr algún entendimiento para presentar una plataforma de coincidencias. Quizás las organizaciones que respaldan tales o cuales candidaturas logren hacer esfuerzos en las direcciones adecuadas. Quizás tanto candidatos como organizaciones consigan la contribución de grupos de intelectuales bien formados.

Tal vez algunos lectores que hayan leído o lean ahora mis afirmaciones sobre la imposibilidad de vencer en la competencia que está en marcha pregunten cuál es el sentido de mis preocupaciones sobre la cuestión programática. Me adelanto a darles una respuesta. La campaña electoral debe ser concebida como un episodio muy importante de la confrontación político-ideológica que es preciso realizar en el trayecto de una lucha larga. En consecuencia, la presentación de claros lineamientos propositivos que contengan una prefiguración del mañana es asunto fundamental del actual combate electoral, durante el cual ayudaría consistentemente a incrementar, construir y consolidar fuerzas en el débil y desarticulado tejido social de este momento. De poco o nada serviría enfrentar a Chávez con discursos banales, propuestas superficiales y bravatas cuya cualidad sea la menor vulgaridad.

Un asunto que necesariamente ha de ser encarado es el referido al candidato único. Sin duda, en esta competencia electoral, que para la oposición democrática reviste una importancia estratégica, ella saldría tanto mejor librada cuanto menor sea la dispersión en la distribución de los votos.

No hay, sin embargo, un acuerdo general adoptado por los candidatos y las organizaciones que postulan o apoyan: los intereses particulares –que no son, en todos los casos, egoístas, porque pueden estar legítimamente ligados a la colocación en campos ideológico-políticos que tienen una legitimación respetable- ya se han manifestado y la hora de los desprendimientos dictados por la elevada conciencia o por la comprensión de la realidad no ha llegado todavía.

Para dar al problema la mejor solución posible juzgo útil precisar lo que se puede y se debe buscar en común, en atención a las consideraciones estratégicas cuya observación interesa a las distintas parcialidades y a gran parte del país. Las respuestas son claras para quienes no padezcan la obsesión que dificulta o impide la comprensión: es preciso evitar que no sea muy elevada la abstención de los ciudadanos opositores y una alta desconcentración de los sufragios. La multiplicación de candidaturas, en tanto todas lleguen hasta el final, va en contra de esas dos conveniencias primordiales.

¿Cómo lograr, entonces, lo necesario? Las elecciones primarias no sirven porque no son viables en un clima que tiene a la desconfianza entre sus elementos más inflexibles, y porque –cualquiera sea el momento de su realización- restarían esfuerzo y atención al enfrentamiento con el adversario. La vía de las encuestas no sirve porque la desconfianza la cubriría de obstáculos. Queda una vía, sólo una: acordar entre los candidatos y las organizaciones respaldantes un seguimiento certero y honesto de los logros de las distintas campañas y comprometerse a retirar los que resulten no efectivos para proseguir en una competencia fecunda.

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