Opinión Nacional

El oleoducto político

Por muy abundante que sea la literatura sobre la materia, es mucha la sombra tendida en torno a la célebre tríada izquierda, derecha y centro. Desde el italiano Norberto Bobbio hasta el mexicano Octavio Rodríguez Araujo, hallamos importantes y variados criterios sobre una distinción sistemática que no logra dar cuenta de un dato esencial: las constantes y reales transmutaciones que experimentan, suficientemente escondidas tras las poderosas y ya consagradas identidades políticas.

Tildar al régimen encabezado por Hugo Chávez de izquierda, puede resultar una exageración para quienes observamos nítidas actuaciones de derecha que lo confunden con las conocidas experiencias fascistas europeas, bordeando las del sur de América. Caracterizarlo como de derecha, posiblemente será otro exceso cuando levanta como imaginario la realización de un socialismo creador, así diga tantearlo dentro del sarcófago de El Libertador.

Mirarlo como un ensayo fallido de centro, en la búsqueda de un exacto modelo humanista, podría colmar de humor al más agrio analista habida cuenta – precisamente – de las agruras ocasionadas en casi diez años. Para unos hay, además, dos izquierdas a la vez que para otros, sobrecogidos por una comprensión de la postmodernidad, lo creen por un único, monolítico e inapelable emblema del rompimiento con nuestra pesada y agreste modernidad.

En razón del historial contemporáneo, hay quienes comprenden al liberalismo como un verdadero desafío de izquierda. Yendo más lejos, en un extremismo del centro, propio de la neutralidad que damos en llamar “antipolítica”, están los que elevan una bandera del realismo que les permita encaminarse hacia el poder despreocupado por el otro dato, el de los valores, principios y perspectivas que puedan jugarse en el fondo de los acontecimientos.

La discusión sobre tan importante y simbólicamente decisiva tríada, tropieza con dos abultados obstáculos: de un lado, la ausencia de una polémica sobre las intenciones doctrinarias e ideológicas de todos y cada uno de los actores, resignándonos a aceptar un conflicto enteramente personal, fulanizada la confrontación como en los mejores momentos del siglo XIX. He acá un retroceso llamativo en el debate político venezolano, pues, más allá de la exhibición mediática, susceptible de toda banalidad y de todo estigma, encontramos un desierto intelectual y espiritual al que todos – en definitiva – tememos y evitamos, huyendo despavoridamente.

Del otro lado, está el aprovechamiento de la renta que pueda llegar como pieza entera de nuestras más encarnizadas diligencias, como pieza rebanada por las habilidades demostradas en la larga cola clientelar, o como pieza polvoreada que ha de llover por una resignada y pasiva confianza hacia los designios del reparto petrolero, por definición estacional, cíclico o meteorológico. Difícilmente podemos reclamar una identidad de derecha, izquierda o centro, legitimándola, cuando los barriles nos deslumbran y deseamos darles alcance, así sea mediante una costosa y distinguida escultura de Rolando Peña, el Príncipe Negro.

Socialcristiano, recordamos la intensa polémica suscitada por la sociedad comunitaria entre los jóvenes que llegamos tarde a un planteamiento que había traumatizado al partido en años anteriores. Hubo quienes todavía contrariaban la tesis, proclamando un anticomunismo oportunista y atrabiliario, que no reparaba en nuestra consciente distancia con el marxismo. No obstante, hoy, a muchos los embarga un chavismo conmovedor y, sospechamos, colaboracionista en las propias filas nominales de la oposición, por la timidez y orgullosa oquedad de sus posturas o por los rumores jamás desmentidos de alguna incursión en los negociados del oficialismo.

Temores aparte, en torno al mal presentimiento que puedan experimentar si en un futuro no muy lejano se destapa la olla de las intimidades del actual gobierno, publicándose una documentación ahora traspapelada en las gavetas de la censura oficial, los anticomunistas de ayer gozan de una conversión de la que pocos académicos pueden ocuparse en el corto o mediano plazo (Roy Chadderton, aparte). La llamada del petróleo, con sus promesas inauditas o asomos modestos, convoca a más de un sepulturero de la política que hace trizas una tríada insoportable para el sereno trabajo de un laboratorio.

Luego, el problema reside en un oleoducto político que desea ensancharse, extenderse y ramificarse, a pesar que una perspectiva conservadora del ingreso petrolero fiscal por habitante advierte que –ya a mediados de la centuria – deberá ser compensado por ingresos de otra naturaleza, en un país de 40 millones de habitantes. La renta seguirá siendo importante, pero no bastará para mantenernos a todos, a las grandes mayorías empobrecidas, si no producimos y exportamos otras cosas derivadas de nuestro trabajo, ingenio, disciplina y constancia.

Hay una derecha, izquierda o centro petrolero transmutable para desdicha de nuestro ya atrasado proceso político. Una transición democrática que no ataje tamaña circunstancia, estará condenada indefinidamente a otras transiciones, hasta que el país no pueda soportarlas, implotando.

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