Opinión Nacional

El olvido del Estado

Una de las claves esenciales del éxito que hasta hoy ha logrado Hugo Chávez, por lo menos el de su permanencia en el poder, descansa en la banalización del debate público. No lo inventó, es cierto, pero lo que encontró lo ha llevado a los límites inimaginables de la trivialidad en la que caen como mansas ovejas algunos sectores de la oposición. Los grandes problemas del país no ameritan de una reflexión, de una consideración más ponderada y exigente de sus complejidades, sino que se reducen a fórmulas coyunturales, a las reacciones impulsivas del momento, a las zoquetadas y diversiones del gobierno que las resume en las muy viejas consignas que amargaron a los países del socialismo real: «pitiyanquis», «entreguistas», «lacayos», etc. Esto es, solamente las descalificaciones y los bajos instintos (odios, rencores, envidias y pare usted de contar). Por ello, traemos a colación el tema del Estado en un intento de romper el libreto de diez años que regocija a muchos por su simplicidad aterradora. El chavismo, justamente por su simplicidad, banalidad o trivialidad, ha logrado el milagro de atrasar, dislocar, confundir, malversar y descomponer al Estado del que se vale para someter a todos los venezolanos, creyéndolo el alfa y omega de toda la existencia sobre el planeta. Significa diferenciar dos elementos importantes: por una parte, el Estado no se confunde con las clases, clanes o castas que lo dirigen, siempre pasajeras o efímeras; y, por el otro, debido a la improvisación, al despilfarro e impreparación de esos dirigentes, el superintervencionismo estatal lo lleva a su autodestrucción, al deterioro, al colapso. Y, si en efecto, es el Estado el que colapsa, dicen sustituirlo quienes se han hecho dueños de su dirección, por el despliegue de la violencia que (como vimos en abril de 2002) no tiene límites y encima de eso, después la mentira más descarada tiende o procura legitimar la situación.

Enfrascados en la política como espectáculo, perdemos el dato esencial: el Estado, repetimos, diferente a sus funcionarios, burócratas y comisarios de esta hora. Solemos, pues, olvidar al Estado y, probando nuestra cortedad de miras, renunciamos a todo lo que se ha elaborado doctrinariamente al respecto, porque – algo que ayer no sucedía en un liderazgo civil más responsable y sobrio –significa hacer un esfuerzo paciente por estudiarlo, meditarlo y re-crearlo. Para muchos, hoy es ocioso y aburrido pasearse por toda la literatura constitucional pertinente. No entra en el sensacionalismo político en boga. El problema está en que, siendo gobierno, las consecuencias lsa paga una población que desde hace un buen rato está sometida a la miseria, pobreza y esclavitud de un proyecto totalitario que sigue su curso implacable, a menos que hagamos ¡y pensemos! en una alternativa realmente diferente.

Recordemos cuando Hugo Chávez llenó el camino de sueñuelos conceptuales, en sus inicios. Hubo quienes ingenuamente pedían una definición y surgió el nombre de Anthony Giddens como tabla de salvación. Desde la cátedra universitaria intentamos contribuir a la denuncia de una invocación, la llamada «tercera vía», pronosticando el engaño que se materializó en la asamblea constituyente de 1999. Por ejemplo, estimado lector, en un texto de Giddens dedicado a esa tercera vía para la renovación de la socialdemocracia que editó Taurus de Madrid (1999), se afianzaba en el proceso de descentralización, el de la transparencia y eficacia administrativa o el de la participación para enriquecer a la democracia. Es demasiado evidente que la pereza, indiferencia y hasta quizá la voluntad culpable de no discutir a fondo la propuesta o de ignorarla en medio del agotamiento del Estado de Bienestar en el marco de la Globalización, nos condujo a la estafa, al fraude, al engaño, porque el chavismo tuvo tiempo de amolar su vocación centralizadora, tratando de arrasar con las conquistas democráticas que le precedieron; la corrupción ha llegado a la estratosfera, diciéndose de un gobierno prácticamente inauditable; y el plebiscitarismo (que no, participación respetada), ha empobrecido hasta el fondo lo poco que el chavezato tenía de democrático.

Así las cosas, el Estado olvidado ha permitido suponer que lo encarnan aquellos circunstanciales conductores de la hora y, para más señas, creer en todos los pretextos, justificaciones o si quiere llamársele discurso esgrimidos por obra de las millonarias campañas de propaganda y publicidad que inescrupulosamente adelantan. Es tiempo de ubicar los desafíos reales y profundos en su justa dimensión para que un futuro derrumbe del chavismo no nos sorprenda, repitiendo la receta que hizo que lo llevara al poder.

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