Opinión Nacional

El puente con el socialismo del siglo XXI

(%=Image(5076718,»L»)%) El cierre del viaducto número 1 muestra, mejor que cualquier denuncia, para qué han servido los siete años de un Gobierno que sobredimensiona la política, privilegia el escenario internacional y pretende imponer un proyecto hegemónico que incluye desde el control total de los poderes públicos y PDVSA, hasta la modificación del las fechas patrias y la posición del caballo que adorna el escudo nacional. Es decir, para qué sirve el socialismo del siglo XXI.

Chávez ha sido un pésimo gobernante. El peor del que se tenga memoria en este maltratado país. Su paso por Miraflores hay que evaluarlo no sólo comparándolo con el de los mandatarios anteriores, donde también sale aplazado, sino con relación a las inmensas posibilidades que ha tenido de lograr metas ambiciosas. Con la enorme popularidad que disfrutaba al comienzo de su administración, pudo haber convocado a toda la nación para rescatarla del foso donde la había dejado el gobierno de Caldera. Luego de su auspiciosa comparecencia en el Ateneo de Caracas la noche del 6 de diciembre de 1998, una vez conocidos los resultados preliminares de las elecciones de ese día, que lo daban ganador frente a Salas Römer, todo parecía indicar que el lenguaje escatológico y tremendista utilizado durante la campaña electoral, formaba parte de una táctica electoral que había quedado cancelada una vez obtenida la cómoda victoria. En ese careo con los periodistas, el joven Presidente electo irradiaba la frescura de un gobernante dinámico y emprendedor, atento al destino de todos los venezolanos, incluidos los que no habíamos votado por él, y preocupado colocar todas las fuerzas del país en tensión para transitar el camino del desarrollo en un clima de solidaridad con los desposeídos. Esa imagen quedó reforzada con su gira internacional como Presidente electo. Sin embargo, las esperanzas fueron flor de un día. A las pocas semanas, todo se derrumbó. Apareció de brazos con Fidel Castro, reivindicó el 4 de febrero como fiesta nacional y llevó a cabo el primer intento desembozado de politizar las Fuerzas Armadas, al pronunciar un discurso incendiario en la Escuela Militar. Desde el 4 de febrero de 1999, apenas dos días después de juramentarse como Presidente de la República, optó por la vía de la confrontación, de la que no se ha alejado nunca, salvo por breves instantes la madrugada del 14 de abril de 2002, cuando bajo los efectos del 11-A prometió corregir sus errores y acabar con sus excesos. Nada de esto ocurrió. La montaña de petrodólares que ha recibido sólo ha servido para inflar su megalomanía. El país quedó en el olvido.

La pugnacidad sin límites le ha servido al comandante para ganar batallas electorales, pero le ha impedido gobernar con sabiduría. Éste es el drama de la izquierda radical y del comunismo en todos los lugares donde se implanta. Fidel, el más longevo del continente y del mundo, se ha mantenido por casi cincuenta años en el poder. ¿Puede dudarse de su sagacidad? Desde luego que sería una necedad ignorarla. Ahora bien, ¿a qué costo? Al de empobrecer hasta la miseria a un pueblo que en la década de los cincuenta del siglo pasado despuntaba como una potencia caribeña. La Cuba de hoy es la misma de hace cinco décadas, sólo que corroída por el salitre, el abandono, la corrupción y la profunda desesperanza de su gente. ¿Justifica el “éxito” político de Castro el envilecimiento de toda una nación? Habría que preguntárselo a los miles de cubanos que se lanzan en precarias embarcaciones al Caribe en búsqueda de la libertad. La huella indeleble que dejan los comunistas en el poder puede rastrearse en la Nicaragua de los sandinistas, en todos los países de Europa oriental donde los tanques rusos se estacionaron por décadas y, desde luego, en la antigua URSS, que desplomó sin que ninguna potencia extranjera la invadiera, después de ser incapaz de hacerle frente a los inmensos retos que le impuso el capitalismo globalizado.

Chávez ha gobernado siguiendo el patrón de las autocracias comunistas: vocación expansionista del modelo revolucionario, hiperpolitización e ideologización de la vida pública, centralismo exacerbado y desprecio por los gobiernos regionales y locales, control de todas las instituciones del Estado, escasa delegación en los miembros del equipo gubernamental, marginamiento de los técnicos y profesionales, persecución y exclusión de los adversarios, y búsqueda de la hegemonía en todos los espacios de la vida social. De este esquema, al que Chávez se ha ceñido de forma meticulosa, sólo podían surgir las calamidades que estamos viendo, pues es intrínsecamente perverso y dañino.

El derrumbe del viaducto representa una metáfora de lo que es el socialismo del siglo XXI. Esta es la nueva promesa con la que Chávez pretende reenamorar a sus seguidores. Antes fue la “refundación de la República” a través de la “Constituyente”; más tarde, una vez aprobada la nueva Constitución, fue la “relegitimación de los poderes”. El socialismo que promete Chávez nos está regresando a un período antediluviano. La situación que se ha creado en el eje Caracas-La Guaira es el equivalente de lo que ocurre en a economía con el desarrollo endógeno, los fundos zamoranos, la propiedad pública y toda esa amplia gama de formas colectivistas e intervencionistas diseñadas y ejecutadas por el régimen. Chávez ha retrotraído a la capital a aquella época remota cuando los caraqueños se conectaban con el litoral central a través de esa precaria carretera construida por Juan Vicente Gómez. Al paso que nos lleva el hombre de Sabaneta pronto tendremos que irnos por el camino de los españoles, que era el utilizado en tiempos de la conquista y la colonización. El peso de las gandolas y el tráfico incesante por una modesta carretera concebida para que transitaran por ella pequeños vehículos automotores, erosionará esa vía en un lapso muy breve. La carretera, que ya está deteriorada, quedará en las ruinas, como el resto del estado Vargas, como el entorno de Santa Cruz de Mora, y como la inmensa mayoría de las carreteras y vías de comunicación del país.

Cuando Chávez decida pulsar la bomba que haga estallar el viaducto, tal como ocurrió con el Retén de Catia, estará demostrándole a todo el país que el socialismo es destrucción y decadencia, y que él es el sumo pontífice de un modelo que únicamente provoca desgracias.

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