Opinión Nacional

El síndrome de Copenhague

La actuación de Hugo Chávez en la reciente conferencia de Copenhague sobre el cambio climático es un ejemplo paradigmático del método y los contenidos del “socialismo del siglo XXI”: sin aportar propuestas concretas ni exhibir resultado alguno (no los tiene), pronunció un discurso ultrarradical, con consignas impactantes a lo París 1968 pero completamente vacías (“cambiemos el sistema, no el clima”), apoyado en ataques a su punching bag favorita ‑el Presidente USA, que para su desgracia sigue ignorándolo- haciéndose de la vista gorda de que, junto a él, sus panas Wen Jiabao y Lula integraron la camarilla que cocinó el documento final.

                Hay un extendido consenso en cuanto a que es en las ciudades donde deben centrarse las reformas dirigidas a frenar los impactos ambientales negativos, y entre ellas destacan dos entrelazadas: reducir drásticamente el uso del automóvil privado y evitar la incorporación de nuevas tierras para la expansión de las ciudades, propiciando la ciudad “compacta” frente a la “dispersa”. Un vistazo somero a lo que la “revolución bolivariana” ha hecho en la materia en estos largos once años revela que todos los proyectos de transporte masivo, desde el trolebús de Mérida hasta el BusCaracas, han sido transferidos de las alcaldías correspondientes al ejecutivo nacional y están paralizados; las obras del metro de Caracas apenas avanzan mientras el sistema registra un grado creciente de deterioro. Las políticas de vivienda son inexistentes, proliferando en cambio las invasiones que merman áreas verdes: en el caso de Caracas la Zona Protectora y el mismo Ávila, pero también parques decretados aún no ejecutados sobre todo en el oeste de la ciudad. Las políticas urbanas se centran en la construcción de las llamadas ciudades socialistas que no son sino la concreción de la ciudad “dispersa” y, en el ámbito territorial, continúa la retórica del “Eje Norte Llanero” que repite a escala ampliada ese mismo modelo de ciudad,  pretendiendo justificarlo en la construcción de un ferrocarril de nunca comprobada factibilidad. Como en Copenhague, el discurso va por otra parte: ciudades “compactas”, sistemas de transporte público masivo, metabolismos urbanos circulares, reciclaje de los desechos sólidos; en la práctica, ni siquiera atinan con la recolección de la basura.

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