Opinión Nacional

Electroshock partidista

Por primera vez en por lo menos diez años, se está abriendo una rendija de opinión pública favorable a la existencia y renovación de los partidos políticos. Gracias al embrollo provisorio que no llegó a cuajar después que Chávez se desintegrara, mucha gente se ha puesto a pensar que la política con «p» mayúscula no se beneficia con desenvainadores de espada ni con pantalleros inmaduros.

Quienes así piensen tienen razón. Que se sepa, ninguna democracia del mundo, siquiera más o menos ordenada, puede funcionar con estabilidad sin la presencia de partidos políticos de peso. Ni en la vieja Europa, ni en la accidentada América Latina, ni tampoco en los países democráticos de Asia, existen sistemas de gobierno libres y plurales que no estén sustentados en fuerzas partidarias de distintos signos ideológicos.

En Venezuela, así como en muchas otras naciones de la región y fuera de ella, los partidos históricos han padecido severos procesos de deterioro que fueron erosionando su legitimidad popular. Si a ello agregamos la satanización opinática de que han sido objeto desde muy diversos sectores, de lo cuales el régimen de Chávez sea quizáz el más sonoro, entonces puede comprenderse la situación de quiebra política a la que han llegado.

Es hora que el concepto de partido político empieze a revaluarse. El país no desea restauraciones cogolléricas ni máquinas del tiempo. El pasado está allí, para que aprendamos de él y para que el balance de activos y pasivos nos abran los ojos al futuro. Pero no podemos continuar hacia adelante, si insistimos en la tesis que el mejor partido político es el que no existe.

La llamada sociedad civil, que es una consecuencia cívica de nuestra cultura democrática, debe exigir la renovación sincera de los partidos: no de maquillaje ni de trastienda, sino un cambio genuino que los depure y oxigene. Así mismo, debe superarse el entendible temor de muchos voceros influyentes de la opinión pública hacia la actividad partidista.

No es exagerado afirmar que una razón muy principal de la petrificación de los partidos venezolanos, además de sus propias faltas y desafueros, ha sido el notorio «discurso anti-político» de celebrado regusto en algunos medios, gremios, salones y cuarteles. Del desprecio, justificado o no, debe pasarse a la presión activa para que se reconstruyan los movimientos históricos y se asienten los emergentes.

El tejido de la sociedad política, más desgarrado que nunca luego de los aparatosos sucesos de mediados de abril, tiene que revitalizarse para que Venezuela no siga por el despeñadero de la ingobernabilidad y, en cambio, pueda encontrar salidas democráticas y duraderas a la tragedia que significa el régimen de Chávez.

Quieráse o no, los movimientos políticos son un fundamento esencial para que exista la democracia. Más vale, en estas circunstancias tan menguadas, que la sociedad entera haga suyo el reclamo para que se renueven de verdad. De lo contrario las cosas se quedarán con están, es decir, en un «borderline» sin vitalidad ni destino. Como pocos desean eso para nuestro país, se hace necesario un electroshock a los partidos para que reaccionen en beneficio de la gente.

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