Opinión Nacional

Emilio Arévalo Quijote (XIII)

El pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho.

Jorge Luis Borges, La espera

Sanguazas

                        Emilio Arévalo Cedeño, hostigado por las fuerzas gomeras al mando del coronel Julián Carreño España, optó por sortear Santa María de Ipire. A un cuarto de legua del poblado, buscó fortificarse en la quebrada Santa Lucía. Allí aguantó impávidamente la inicial ofensiva arrolladora del enemigo, superior en número.

                        El lance se definió a la hora justa de romper hostilidades. EAC ordenó una carga cerrada, prevalido de la ventaja de haber ocupado una posición inmejorable que le permitía ocultarse y ametrallar a mansalva a una tropa gobiernera exhausta. En efecto, según J.A. De Armas Chitty en su reláfica Un recuerdo a caballo: “La gente de Carreño traía un galope de muchos kilómetros y, cuando pasaron por Santa María,  apresaron en Las Cuevas a un soldado enfermo que Arévalo dejó allí con instrucciones de decir que iban en fuga. Carreño creyó fácil capturar a Arévalo y ordenó violentar la marcha. Por eso, al enfrentar en El Alto del Jobo a un enemigo al que no veían, un enemigo que disparaba oculto y con éxito, la masa se desconcierta. A Carreño le matan la mula de un tiro y con él caen su asistente y varios soldados”. Se produjo, ipso facto, la estampida de la soldadesca reclutada a la brava por la dictadura. Corrían despavoridos hacia el norte, rumbo a Mata Negra, El Cartán, el río Ipire y Zaraza. Subalternos del comandante oficialista intentaron contener la debacle en Mata Negra, pero su tentativa resultaba suicida. “Eran ciento ochenta hombres en fuga”, así nos lo describe De Armas Chitty.

                        Emilio Arévalo Cedeño, llanero zamarro al fin, creyó en un principio que la desbandada era una estratagema, un peine, para inducirlo a abandonar su posición, sorprenderlo y batirlo en descampado. Despachó una avanzadilla y aguardó prudentemente. Los emisarios retornaron corroborando la debacle gobiernera a lo largo y ancho del Banco de La Araña.

Alientos

                        Sin pérdida de tiempo y ansioso por segar la mies de ese triunfo, Arévalo dispone la marcha forzada rumbo a Valle de La Pascua, ávido por retar directamente al procónsul gomecista en Guárico, el general Manuel Sarmiento, presidente del estado gracias a la unción sacrosanta del Bagre de La Mulera.

                        Veintidós leguas de recorrido sin parar y, por fin, logra reunirse sin dificultades con su esposa y su hijo, ya de siete años, pues la guarnición oficialista le había dejado el campo libre. El rencuentro con los suyos, a quienes no había visto desde la víspera de su primer alzamiento, le tonifica el ánimo. La alegría vivificante no iba a prolongarse mucho. Todavía deberían transcurrir casi tres lustros para que el tirano falleciese de muerte natural, en su lecho maracayero, y ganar, así, la ansiada y definitiva reunificación familiar.

                        Dos días duró su estadía en el terruño. Comprendiendo que, en ese instante, las hordas de la dictadura lo rehuían, puso proa rápidamente sobre Tucupido y Zaraza, “en busca de otro cuerpo enemigo para destruirlo”.

                        En este punto de su autobiografía, Arévalo Cedeño reflexiona sobre la cualidad del aval que encontraba al paso de su gesta: “Nadie quería a Gómez, todo el mundo odiaba a Gómez, pero también es verdad que todo el mundo temía a Gómez; (…) aquellos agasajos y voces de aliento no tenían la contribución práctica de que todos los pueblos se movieran contra la tiranía (…) La mayor parte de las veces aquellos agasajos eran tributados por las mujeres y los Curas de los pueblos por donde pasaba (…) Hubo sacerdotes como los de Santa María de Ipire, La Pascua, Tucupido, Aragua de Barcelona, Lezama, Sabaneta de Turén y otros, que sus manifestaciones a favor de la Revolución fueron tan marcadas por su nobleza, que hago justicia al consignarlas aquí”. Vale decir, los hombres de los pueblos osaban despotricar en privado contra el régimen asfixiante de Juan Vicente Gómez, pero al acercarse la hora de hacer efectivas la acción y la contribución con la lucha democrática, se volvían puro balbuceo y excusas. Algunos, incluso, fingían simpatizar con la causa libertaria y pretendían ser disidentes, para luego caer genuflexos ante el bienamado caudillo y convertirse hasta en delatores de la dictadura, justificando sus desmanes (“El jefe de la Causa no hace trampa ni comete fraude. Volemos a reconocerle sus triunfos”). Como decía la guaracha que ya sonaba por esos años: ¡Buchipluma na’má!

                        EAC se vigorizó con un recibimiento triunfal y, a la vez, paradójico en Zaraza: “Distinguidas damas de aquella población arrojaban flores a nuestro paso (…) mientras los hombres, los jóvenes, esperanzas de la Patria, permanecían viviendo la tristeza del esclavo, y no venían a engrosar nuestras filas, como se los imponía el deber; prefiriendo vengarse de Gómez, maldiciéndolo muy en silencio en sus tertulias domésticas, y repitiendo los cuentos inventados para ridiculizar a Gómez, como la más alta nota de agudeza e ingenio, sin darse cuenta que aquellas ridículas anécdotas eran el grito de impotencia de un pueblo que no quiso ser masculino, para adorar a la Bestia con delirio y con locura”. Ah, el miedo es libre y, además, carroña de las tiranías.

                        Pero, eterno sino en la epopeya arevalera, no había tiempo para regodearse en el desaliento de los emasculados. Nuevas fuerzas enemigas, reagrupadas y acicateadas por una jugosa recompensa nutrida desde la inagotable botija de Juan Vicente Gómez, dueño absoluto de Venezuela, se aproximaban. Emilio Arévalo Cedeño debía hincarle los ijares a su montura para no caer víctima de una nueva celada. Ojo avizor, seguía siendo la consigna.

Gómez, el amo del poder se negaba a apearse de la gurupera

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