Opinión Nacional

Emilio Arévalo Quijote (XV)

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte.

José Antonio Ramos Sucre, La torre del timón

 

Relicarios

Los tiempos de dictadura espinan, en algunos, ruindades y dobleces. En otros, hacen aflorar gestos desacostumbrados. El balazo autoinfligido de José Miguel Guevara Ron en El Guapo, Miranda, inspiró a Emilio Arévalo Cedeño un dictamen pertinaz: “Los pobres esclavos prefieren quitarse la vida, antes que considerar que si deliberan un minuto siquiera dejan de ser esclavos, son libres, y por lo consiguiente dignificados para el servicio de la humanidad”. En este caso, el derrotado subalterno rehuyó enfrentar la cólera del sumo cacique, si bien los más optaban por arrastrarse con mayor ahínco ante el dominio incisivo del dueño absoluto de Venezuela, J.V. Gómez, némesis vitalicio de EAC por encarnar El Benemérito a la rémora autoritaria y semibárbara que inveteradamente ha persistido en remolcarnos hacia el atraso, la servidumbre y la adulancia borreguil.

En ese momento y circunstancia —postrimerías de 1921—, Arévalo no podía permitirse el lujo del sedentarismo. Signo indubitable de la guerra de guerrillas: inmovilizarse significaba perecer. Decidió, por consiguiente, dejar atrás Barlovento y apersonarse en Altagracia de Orituco. En Batatal se le une su hermano, el coronel Luis Arévalo Cedeño, con cincuenta hombres a caballo, casi todos oriundos de San Francisco de Macaira, Guárico. Al siguiente día, recibe el concurso del coronel Santos Rengifo y alrededor de treinta jinetes más.

El presidente gomero del Guárico, general Manuel Sarmiento, se había guarnecido en Lezama. Luego de un tiroteo sostenido, Arévalo lo incita a venir sobre Altagracia y enfrentarlo. Sarmiento, hombre bragado del gomecismo, no pisa la concha de mango y retrocede, buscando el centro de la república. EAC determina al punto proceder sobre Calabozo.

En la antigua capital guariqueña se hallaban fortificados los coroneles Rodríguez López e Irazábal Rolando, quienes tampoco salieron al descampado a batirse con el vallepascuense. Tuerce el rumbo Arévalo, entonces, hacia La Puerta de Mapurite, en las cercanías de San Carlos de Cojedes, donde vuelve a enterarse de un exhorto del gobierno estadounidense solicitando amnistía para los presos políticos y el regreso de los exiliados venezolanos a territorio patrio.

Ya antes, en Libertad de Orituco, EAC había sabido de esta exigencia. Apoderándose de la oficina de telégrafos, remitió un mensaje intransigente al Bagre de La Mulera: “Patriota como soi (sic), convengo en que usted haga lo que se le impone, porque es lo humanitario, lo civilizado y lo republicano; pero debo protestar por la intervención de un poder extranjero en los asuntos internos de nuestro país. Es decir, que combatí contra Ud. y seguiré combatiendo contra los americanos del Norte, porque la herencia de Bolívar es única, indivisible y no permite intervención. Su compatriota que jamás ha sido su amigo. —E. Arévalo Cedeño”.

Gómez no complació el petitorio yanqui, valga la acotación, con todo y lo que les debía por haberlo apoyado a la hora de defenestrar a Cipriano Castro y aun siendo ellos (los gringos) sus principales financistas, compra de petróleo mediante. Hablando de arrodillarse ante factores externos, el ladino déspota no se iba de bruces ante “la voz de su amo”. EAC, por su parte, con este episodio hizo gala de pundonor sin esguinces. Parafraseando al Cabito capachero, hasta ahí llegó “la planta insolente del extranjero”.

Pitas y sedales

El telégrafo, único medio de comunicación a distancia en aquellos días, vomitaba en todos los pueblos las órdenes de Gómez urgiendo a sus milicos la captura, vivo o muerto, de Emilio Arévalo Cedeño. Fuerzas despachadas desde Anzoátegui, Guárico, Cojedes, Portuguesa, Zamora (actual Barinas) y Apure convergían en un movimiento envolvente, ansiando apresarlo. Mas, según EAC, los sabuesos del régimen “tenían mucho miedo, y aunque deseosos de complacer a su amo el tirano Gómez, el instinto de conservación los obligaba a ser prudentes para evitar la derrota (…) lo cual constituiría la desgracia de ellos”.

Sabiéndose hostigado desde los cuatro puntos cardinales, Arévalo cruza el río Pao, dividiendo peligrosamente sus escasas huestes ante la crecida fluvial. La fortuna lo amparó y no fue atacado durante ese intrincado paso. Toma, de seguidas, El Pao, Cojedes, donde, siguiendo su hábito, ocupa la oficina de telégrafos y constata el aluvión de mensajes del dictador amenazando con las más severas represalias a quienes proveyesen al “faccioso Arévalo Cedeño” con bestias para la remonta, víveres o ayuda de cualquier tipo.

Sin pérdida de tiempo, atraviesa el río Portuguesa y, en inmediaciones de Sabaneta de Turén, se topa con el general gomecista Vicente Hernández, a quien bate con una sola carga de caballería, obligándolo a abandonar la mula que le servía de montura e internarse a pie en la montaña circundante. Ya en Turén, EAC dictamina la liberación de “unos cuantos presos políticos, que estaban allí por sospechas revolucionarias (…) pero que no eran otra cosa sino inocentes compatriotas que iban a la carretera a trabajar, para llenar más de dinero al monstruoso sindicato de la expoliación que se llamó Juan Vicente Gómez & C°”. Todos los sátrapas de la historia se han creído amos de las vidas y haciendas de sus sojuzgados. Mariano Picón Salas describe así lo vivido en tiempos de oprobio autoritario: “Aquí no hay valores espirituales (…) Los hombres se dividen en los tontos y en los vivos: tontos son los que piensan que Gómez es mortal y que en esta azotada tierra nuestra podrá edificarse un régimen más justo y más sano; vivos son los que después de visitas a Maracay cambian sus marcas de automóvil”. Nada nuevo bajo el sol.

A todas estas, en Acarigua se acantonaban numerosos efectivos con la intención de complacer el edicto tajante de quien se hacía llamar Gómez Único: había que reducir al sublevado guariqueño, costase lo que costase.

Emilio Arévalo Cedeño enfiló hacia allá, en abierto reto. La osadía se venteaba en el tiempo.

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