Opinión Nacional

Enfermos, melancólicos y muertos

ARGAN -Según eso, los médicos no saben nada.

BERALDO. -Sí, saben; saben lo más florido de las humanidades; saben hablar lúcidamente en latín; saben decir en griego el nombre de todas las enfermedades, su definición y clasificación…; de lo único que no saben una palabra es de curar.
Moliere.

Hans Castorp es heredero de una familia de comerciantes de Hamburgo. Por afecto familiar decide visitar a su primo Joachim Ziemssen que está enfermo de tuberculosis en un hospital de Berghof, en Davos. Su plan inicial de pasar tres semanas en los Alpes Suizos se convierten en siete años. Allí se sumerge en un mar de personas enfermas y comienza a habitar lo que él llama su “Montaña Mágica”. Al analizar la vida y particulares hábitos de los personajes y sus enfermedades, consigue retratar las costumbres de los conspicuos representantes de una clase social en plena caída. Crea una histórica, eterna y sólida metáfora del proceso de la enfermedad que sufre la decadente sociedad burguesa de los países de la Unión Europea de la época. Esta embajada clasista es practicante feroz de antiguas, estrictas e inútiles tradiciones. Las mismas que, sin saberlo, son el caldo de cultivo de la bacteria que llegará a arruinar su propia estructura social. Al hospital acuden todos los representantes que conforman la elite de los enfermos más adinerados del continente. Se miran unos a otros. Sobreviven para comprobar o para pontificar sobre los futuros muertos de esa sociedad de desahuciados que han desembocado en la tuberculosis. Flagelo y enfermedad que también llegará, más temprano que tarde, a dar cuenta de sus acaudaladas vidas. Cadáveres exquisitos. Algunos no sufren la tuberculosis, pero padecen de enfermedades un tanto ilusorias, que los condenan al descanso, al reposo o inamovilidad total, que en síntesis no es sino otra forma de la misma enfermedad social que los afectó a todos. En la novela de Thomas Mann, los personajes conviven seducidos y en contrapunto con una enfermedad notablemente ficticia que está más allá de las paredes del hospital. Propio de su origen de clase, padecen, a falta de un drama real, de languidez. Sus días no son sino un sufrimiento del tiempo que se alarga y cada jornada se parece, fastidiosamente a un calco, del anterior. Seres que ni siquiera la magia de las estaciones los conmueve. No las entienden ni aprecian. Su ensimismamiento los condena a la inacción. Puro esperar.

Esta selecta cúpula de enfermos sociales no tiene sino una tarea: esperar. Bien la salida, “que los den de alta” o la más segura, su muerte. Es el ocaso de la burguesía en la última etapa de la Primera Guerra Mundial. Hans Castorp, después de siete años, “congelado” en la Montaña, debe salir al mundo y a nombre de su clase se inmola o desaparece, en las trincheras de una guerra absurda que ellos mismos financían. Se esfuma, como dicen los noticieros de televisión: “sin dejar huella alguna”. Se diluye en la oscuridad de la suma de blancos de la montaña donde vivió. Lugar que en vida le sirvió para reconocer la enfermedad, los médicos, las terapias y los muertos.

Este enfermo desaparece con su enfermedad, o esta lo evapora. Caso diferente es el de Argan, personaje central de la obra “El enfermo imaginario” de Moliere. Quien para disgusto de su familia, esta condenado a vivir de la rutina que su médico le prescribe; o que él afanosamente solicita, para disminuir sus nervios. No abandona ninguna práctica o indicación que logra arrancar de su médico. Estas van, desde pócimas, enemas, lavativas, irrigaciones, lavados, bitoques, drenajes hasta aplicación de sanguijuelas y otros remedios igualmente degradantes. Pelea con su posible yerno quien lo critica por su absurda religiosidad con la enfermedad. “ARGAN. -Le tienes malquerencia al señor Purgon; pero tú dirás qué es lo que debe hacer uno cuando está enfermo / BERALDO. -Nada. / ARGAN. -¿Nada? / BERALDO. -Nada… Guardar reposo y dejar que la misma naturaleza, paulatinamente, se desembarace de los trastornos que la han prendido. Nuestra inquietud, nuestra impaciencia es lo que lo echa todo a perder; y puede decirse que la mayoría de las criaturas mueren de los remedios que les han suministrado y no de las enfermedades”. La visión literaria de Thomas Mann o la de Moliere, sobre la enfermedad es muy crítica, obvio la conocen de sobrada manera, tienen razón para dudar de ella.

Desde antes de la llegada de Colón, los Incas, se preocupaban por ese par indisoluble y objetivo: enfermedad/muerte. Ellos, atribuían la enfermedad a dos posibles causas: el pecado o el maleficio. El vicio, les resulta un tema cuyos orígenes pueden ser sociales, así que hacer un acto público para demostrar arrepentimiento por el pecado cometido podría ser suficiente exorcismo para sanar. Sobre el maleficio obvio que era asunto a ser resuelto solo por un agente a quien la sociedad le atribuía poderes. ¿Qué pasaba cuando el paciente era desahuciado?. Justo suponer que su pecado era tan horrible que difícilmente se le podría salvar. Nada que decir de la calidad del maleficio o el ensalme. Por lo tanto, una enfermedad en este rango de complejidad, irrebatible por doble motivo; o de un magnitud inconmensurable, ya no corría por cuenta de los personeros de este mundo. Así era previsible que su fin, y el de su huésped, era cuestión innegable de condiciones insuperables. Como diría aquel personaje: “ de mis pasos en la tierra responda el cielo, no yo”

Llegaba la muerte y limpiamente cumplía su papel. Sabio acuerdo entre racionales seres humanos. Limpio convenio que no solicitaba por su simplicidad ninguna ratificación de instancias superiores. Menos aun, apoyo de juicios en los cuales se solicitara el recurso de apelación a la ética o la moral. Puro y elemental tránsito de la enfermedad a la muerte
De estos temas es que trata el libro: La enfermedad. Su autor Alberto Barrera Tyszka* que ganó con ella, el¿Premio Herralde de Novela 2006?de Anagrama.

La novela nos presenta la relación entre un enfermo y un médico. Con el agregado de que el afectado es el padre del médico y por supuesto, le resulta poco fácil hacerle saber con la precisión y objetividad necesaria, su estado de salud. Situación sobre la cual él no tiene la menor duda del desenlace, pues se trata de un cáncer en fase terminal. Planeando el “mejor momento” para darle la noticia al desfalleciente, organiza un viaje a la Isla de Margarita. Obvio, en su cobardía, no logra transmitirle la verdad durante el paseo, menos darle a conocer aún, el desenlace que seguramente debe producirse. La trama introduce un personaje que obviamente es el perfecto enfermo imaginario, que solicita con la impertinencia propia del policía Columbo, o un novio ladilla, atención del Doctor Miranda sobre su fantasía. Sencillamente lo asedia por todas las vías posibles -incluido los email- buscando esa escoria de la palabra que ratifique su falaz dolencia. Que lo apoye en su imaginario desvarío. No lo logra, muy al contrario, sólo consigue más rechazo del doctor. Como diría Argar: ¡Y ha tenido la avilantez de decirme no estoy enfermo!
En este proceso del asedio infructuoso, la secretaria de Miranda, trata de intermediar a favor de Ernesto Duran, el enfermo sin enfermedad explicable. Ella, Karina Sánchez, tratando de deshacer entuertos que no le competen, no logra sino enredar más al enfermo. Peor aún, en el proceso termina por contraer el mismo malestar de su protegido Durán. El final, prefiero que Uds. lo descubran al leer el libro.

La escritura resulta amena pues el oficio de Barrera asegura que el lector no padezca de urticaria con la obra en la mano, todo lo contrario, su narrar es sencillo y preciso y nos acerca fácil y gratamente a los personajes y al cuento que nos propone. Se lee de una buena y suave tirada.

Me preocupa sí, llegar a determinar, ¿cuál es la real enfermedad que nos invita a reconocer el autor?. Puesto que suponer cortamente que se trata de un dúo –padre e hijo- frente a la mera enfermedad es algo, que valoro como corto en su alcance. La bibliografía con explicaciones y teorías sobre la enfermedad es amplia. Debemos reconocer que el autor, buscando anclaje y firmeza a su propuesta hace muchas citas en el libro, practica poco usual en el genero de la novela. Lo que resulta seguro es, que en muchos trabajos sobre el enfermo y la enfermedad, el asunto no sólo cubre la variable de la biología o la psiquis de los pacientes, sino que muchos recomiendan siempre hurgar más hacia las determinantes sociales.

Aprecio, sin comprometer en ello mis limitados antecedentes como psicólogo, que la enfermedad se burla de la fantasía sobre la inmortalidad de cualquiera y de todos los narcisos que intentan batirse con ella. Siguiendo a mi muy apreciado profesor Guillermo Pérez Enciso, quien en espartana actitud, nos hacía saber que el intento de negar la propia muerte es sólo un banal esfuerzo, o máximo, un imbécil aporte a la estadística sobre longevidad o para demostrarle a alguien que seguimos viviendo. Que tal necedad, es un arresto de insolencia narcisista. Peor aun, es el intento de tratar de jugarle a la muerte una trastada e imponerse al rigor, que sólo la banal psiquis de Paulo Coelho, intenta con su negocio de ejercicios de autoyuda; dizque, para lograr “vivir sanamente con la muerte”. Bolsería infinita, que además de costosa, es sólo una eficiente carta para demostrar que puedes pertenecer al club de esa parte de la frívola clase media que lee Cosmopolitan o sueña con Hola. Secta insubordinada contra las obligaciones de la sanidad pública que les reclaman una mínima seriedad para entender y comprometerse con su verdadero rol social. Que es capaz de creer en lo contrario de la enfermedad osea la inmortalidad. Esta es asunto religioso, pues la inmortalidad es un producto de dios, como decia Borges: solo espero que mi muerte sea total, quiero morir de cuerpo y alma. Mira la inmortalidad como un asunto poético no filosófico, mucho menos médico.

Es bueno decir que en la novela, al enfermo Miranda, por cierto, se le somete en un momento dado a este tipo de rutina en grupos de autoayuda. No sólo es irrelevante la incorporación de la anécdota en la historia, sino que no es explicada, y estimo, crea confusión.

Es de notar que la novela parece que no aprecia para nada el contexto social en que se desarrolla. Omite, no entiendo porqué, el entorno del país. Lo esconde, ¿cómo esconder la polémica que durante casi ocho años seguidos nos conmueve diariamente, en lo político, social, familiar, cultural, en todo?. Quiera uno o no, el Estado, está allí y nadie lo puede exilar de sus sentimientos y conocimientos. Los personajes de la novela se mueven entre ellos y con los demás, pero al margen de lo social y del pueblo que los cobija. No tienen ninguna referencia con el territorio, en el que habitan, salvo la cita al lugar La Guaira y Puerto del Guamache, en la Isla de Margarita. Por lo demás la acción resulta atemporal o “sin domicilio definido”.

La obra mantiene un tono, casi melancólico. El trío, padre, médico y enfermedad tiñe, marca la atmósfera de la narración, las personas se ocultan ensimismadas a contemplarse, a evadir la presencia del cáncer que los consume. Existe la sombra adicional de la madre muerta en un accidente aéreo que ellos no hacen el menor esfuerzo por espantarla de su horizonte; todo está ejecutado en languidos acordes de misa que no acaba. La melancolía es un misterio hasta en su definición. Se puede referir a un estado de humor corporal. Es ambivalente y fascinante, y se refiere por un lado a un estado de humor corporal, (según los griegos el cuerpo –huésped- esta ungido de líquidos viscosos que lo inundan y dominan) por otro lado, nos refiere a un estado del alma que exalta los sentidos del cual emana una genialidad que linda con la locura. Al militar en ella, nace la molicie y la inacción de la gente, a hacerla soñadora y muy poco realista en sus apreciaciones. Se engaña. Lo patológico, es que su trampa es plenamente conciente. No así sus motivaciones. Menos aun su necesidad urgente de reconocimiento, atención y apoyo. Lo cierto es que esta patología es una enfermedad imaginaria propia de nuestro tiempo y que caracteriza a la parte mas beneficiada de nuestra sociedad venezolana.

Es si, propia de gente burocratizada en todo sentido. Es una calificación propia de algunos representantes de la clase media. ¿Será que la enfermedad de la cual nos habla la novela de Barrera está asentada en esa parte del genero medio de nuestro país?. ¿Será ella quien la padece, y en su patología se engañan con una enfermedad social que nadie es capaz de curar?. ¿Y que los mismos pacientes, sin otra salida, acuden al autoexilio para evitar confrontar y entender la dura realidad politica que los rodea?; ¿o que la evaden y prefieren el camino de la autoyuda que los aleja del mundo social?. ¿ O en todo caso, no la entienden, no la toleran y por tanto la niegan?. Apelan a expedientes oníricos para rechazar lo que esta pasando y prefieren la evasión o la enfermedad. ¿Será puro y simple onanismo social?.

Se acepta la generalizada creencia de que el Tao es un concepto que nace con el Tao Te Ching , de Lao Tse (s. VI a. C.). Uno de sus cuentos más conocidos dice: Una vez yo, Chuang Tse,? soñé que era una mariposa que revoloteaba sin rumbo,?libando aquí y allá, satisfecho con mi suerte ?e ignorante de mi estado humano.? Al despertarme, bruscamente, descubrí sorprendido que era yo mismo.? Ahora ya no sé si fui un hombre que soñaba ser una mariposa?o si soy una mariposa que sueña ser un hombre.

Ojala que esta no sea la real enfermedad que nos presenta el libro y que el enfermo, no sea otro, que alguno de los grupos que se enfrentan por la hegemonía; o … para exagerar los dos.

Conclusión: Prefiero sobre el tema el enfoque de Baudrillard y su libro Intercambio Simbólico y la Muerte. El cual plantea, que a diferencia de las sociedades primitivas tradicionales, en las nuestras, no hay intercambio simbólico; es quizá por ello que lo simbólico les preocupa como su propia muerte, pues sólo sirve para negar la ley del valor. Por ende el consumo. El autor muestra cómo, más allá de todas las economías, políticas y libidinales, se perfila el esquema de una relación social fundamentada en la exterminación del valor. Este arquetipo se remite a las formaciones primitivas. Trueque como referencia. Pero cuyos efectos se sienten, lentamente a todos los niveles de nuestra sociedad. Baudrillard explica su tesis del valor o esclarece su tendencia a morir; muerte en áreas bien definidas como el trabajo, la moda, el cuerpo, la muerte y el lenguaje poético.

Da cierto gusto releer, sobre el tema de la enfermedad y la muerte, la noticia sobre el guitarrista de los Rolling Stones Keith Richards, de 63 años, quien logro agregar otra nota melódica a la mitológica historia de su particular, e iracunda vida, hablando de enfermedades, aseguró que se esnifó durante una juerga las cenizas de su padre, fallecido en el 2002. Es sin duda una expresión de lo que llama el “Síndrome de la Insuficiencia del Alma”. Enfermedad que se incuba en la familia, se desarrolla en la escuela y se consolida en ciertos grupos sociales y religiosos propios de la clase media acomodada. (nota: el manager de Keith, – pensando en sus negocios no en la verdad de lo ocurrido- explicó luego que las palabras del astro habían sido mal interpretadas. Aclaratoria que no hace sino agregar mas sabor y humor a la demoníaca noticia).

Arlow, J. A. (1990). “The Analytic Attitude in the Service of Denial”, En Illness in the Analyst. Implications for the Treatment Relationship, ed. J. Schwartz. USA: InternationalUniversities Press.

Jean Baudrillard, 1993. El intercambio simbólico y la muerte. Traducción de Carmen Rada, Monte Avila Editores Latinoamericana. Caracas. Venezuela. Barrera Tyszka, Alberto, (2007). La enfermedad ( 3ª. Edición). Anagrama.

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