Opinión Nacional

Entre la espada y la pared

Dos medidas simultáneas: la unidad y la masiva participación electoral, de una parte; y la coordinación de todos los frentes en un gran frente de lucha por la libertad – empresarios, trabajadores, académicos, medios – terminarán por cerrarle todas las salidas. Le espera el desastre. Por bien de la Patria: que acontezca cuanto antes.

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Cuando a comienzos de 1999 temía para el país el desastre aparentemente inevitable que auguraba el triunfo de Hugo Chávez, escribí mi primer artículo de opinión. Se llamó “La economía, idiota” y pretendía, parafraseando a Bill Clinton, llamar la atención de la opinión pública venezolana ante la exacerbación política del intento llevado a cabo por el golpismo venezolano para desquiciar nuestras instituciones. La politización de la economía es el proemio al caos. Y el caos, a la tiranía. Estaba perfectamente consciente de que nada ni nadie podría convencer al teniente coronel de asumir la defensa de la estabilidad democrática y la sanidad de nuestra economía, sustento de la realidad. Contrariamente a quienes creían que venía a sanear a nuestra sociedad de sus males congénitos, yo creía que su proyecto estaba en las antípodas: apoderarse del Estado, generalizar el caos e instaurar un régimen castro comunista en Venezuela, lo que sólo los ciegos, los ignorantes, los ingenuos o los estúpidos podían desconocer. Para inmensa desgracia de Venezuela, esos ejemplares constituían la mayoría nacional y dictaban la cátedra desde sus periódicos, sus canales, sus academias. Incluso sus bancos. Sabía, por experiencia propia, que para un insurrecto con pretensiones marxistas la economía es el fundamento de la sociedad y que para apropiarse de ella en profundidad y reorientarla políticamente a los fines del establecimiento de un régimen totalitario, nada más adecuado que apoderarse del Estado y desde allí hacerla saltar en pedazos. La economía debía irse al demonio. El propio desquiciamiento. Tanto mejor para la revolución.

Lo que me hizo desconfiar de mi propio pronóstico fue la duda: ¿era Hugo Chávez un auténtico revolucionario? ¿Era la variopinta fauna del golpismo venezolano: desde Escobar Salom a Alfredo Peña, y desde Uslar Pietri a Juan Liscano, – soportes del chavismo civil – y la camarilla militar de la oficialidad media que le guardaba las espaldas – desde Diosdado Cabello a Rodríguez Chacín y desde Freddy Bernal a los coroneles golpistas – una guardia pretoriana bolchevique?

Por entonces sabía que Luis Miquilena – padre del chavismo político – había sido un bolchevique, pero estaba absolutamente seguro que Ignacito Arcaya, su ahijado, no lo era. No dudaba del maquiavelismo mefistofélico de José Vicente Rangel, que no tenía otra acera sobre la que transitar para ascender al Poder, su ambición congénita, que no fuera la castrista y que era capaz de venderle su alma al diablo por llegar a la presidencia. Pero pensaba, en el otro extremo, que Alejandro Armas tenía las mejores intenciones. A la hora de la verdad, ¿quién se impondría? ¿Miquilena o Diosdado, Rangel o Alejandro Armas? ¿Hasta dónde llegaría Chávez en su megalomaníaca ambición de poder? ¿Sería capaz de encabezar una revolución castrista, así fuera sin otra intención que entronizarse en el Poder y montar la más feroz de las tiranías conocida desde los tiempos de Gómez? Cuando en los prolegómenos del 11 de abril se bifurcaran las aguas y el chavismo democrático cruzara el Jordán, no tuve la menor duda: Venezuela, de la mano de los Castro, ya dueños de Miraflores, se enrumbaba al infierno.

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Tras once años de tiras y encojes mi respuesta no ha variado. Chávez no será un Ché Guevara, pero llevado por su enfermiza ambición de poder es capaz de regalarle el país a quien le garantice la tiranía vitalicia. En este caso, a Fidel Castro. Un delirante e irresponsable caudillo de montoneras, zafio y brutal, sin ninguna auténtica conciencia revolucionaria, sino con el zoológico afán de Poder por el Poder de un Cipriano Castro. Sin otra ambición que montarse sobre el país a cualquier precio, como lo hiciera Juan Vicente Gómez: una mortífera hidra invasora a la que nada ni nadie detiene. Con algunas diferencias debidas a la modernidad de su circunstancia: el petróleo, las masas desarrapadas y el escenario mundial. Y otra diferencia esencial respecto de Gómez: cero conciencia nacional y nacionalista. Ambición de Poder en estado puro. Todo lo cual facilitado por la insólita preeminencia del petróleo en la economía mundial, la profunda crisis social y política interna y la decadencia del liderazgo democrático en la región. El hambre con las ganas de comer.

Todos los factores que le facilitaran la tarea: el abandono por parte de los Estados Unidos y Europa a la situación de las democracias en América Latina, el embate de la izquierda continental respaldada estratégicamente por el Foro de Sao Paulo, la monumental catarata de recursos facilitados por la insólita y sostenida subida de los precios del petróleo, la fragilidad de las democracias ante el poder corruptor del dinero usado como palanca de la ingerencia y el asalto a las instituciones: todo aquello que llevó a fines de la década pasada al insólito control por parte del castro chavismo de los principales países de la región – Venezuela, Brasil, Argentina, Nicaragua, Honduras, Ecuador y Bolivia – así como la complicidad pasiva de algún gobierno de centro izquierda, como el de Chile y el subsecuente control de la OEA – todos esos factores han comenzado a derrumbarse. Desde el precio del petróleo, que ni siquiera alcanza para mantener el nivel de control y dominio sobre la política interna, hasta las reacciones políticas experimentadas en países que se han rebelado al dominio castro chavista – como Panamá y Honduras – o han girado dramáticamente de orientación, como Chile o se reafirman en su tendencia hacia la seguridad democrática, como Colombia, apuntan hacia el ocaso de esta última marea del izquierdismo revolucionario en América Latina.

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Carente de la famosa “chequera” que le granjeara la más cálida y fervorosa simpatía de personajes tan dudosos como los Kirchner o Lula, a los que empujara financieramente al Poder, y enfrentado en nuestro país a los escandalosos estropicios causados por su monumental ineficacia e irresponsabilidad, Chávez y el chavismo se dirigen vertiginosamente al desastre anunciado. El caos económico ha llegado a un punto en que puede servirle tanto como para que intente dar un golpe de Estado – absolutamente condenado al fracaso -, como para que se derrumbe sin pena ni gloria ante una oposición más fortalecida y mayoritaria que nunca. Está entre la espada y la pared. Indiferente al tiempo que tarde en caer: su caída es inevitable.

No caben medias tintas: enfrentado a una oposición política perfectamente articulada, que debiera combinar todos los recursos constitucionales y aprovechar todos los espacios, Chávez estará tarde o temprano ante la encrucijada de su ominosa desaparición – juicio internacional y condena incluida – o la búsqueda de un mínimo espacio de sobrevivencia. Debiera mirarse en el espejo de Augusto Pinochet o en el de Alberto Fujimori. La elección no es cuestión que ataña a sus opositores. Es asunto suyo.

Desquiciado por su propia y monumental incapacidad ha comenzado a desvariar: culpa a sus enemigos – ya no los “escuálidos”, sino la “burguesía” – de sus propias monstruosidades. Ve en sus adversarios, implacables enemigos que amenazan con lanzarlo al abismo. Así, en una de sus últimas y delirantes cadenas culpa a la “cuarta” de haber derrochado en cuarenta años doscientos cincuenta mil millones de dólares. Aparenta desconocer que él ha derrochado en la cuarta parte de ese tiempo ¡un millón de millones de dólares! Culpa a los gobiernos que fundaron y convirtieron a PDVSA en una empresa modelo, una de las más importantes del mundo, de su destrucción, llevada a cabo sistemáticamente por su peón, uno de los más corruptos e irresponsables venezolanos de todos los tiempos, Rafael Ramírez. Sólo faltó que acusara a CAP o a Caldera de haber prohijado el asesinato de ciento cincuenta mil venezolanos, muertos en realidad bajo el amparo de la impunidad que su gobierno le ha acordado al hampa en sus once años.

Mientras aterroriza al empresariado, sus funcionarios expropian o se roban la propiedad ajena, destruyen y reducen a menos de la mitad la existencia de las empresas, y le declara la guerra a la propiedad privada, en el colmo de su inescrupulosidad, su abyección y su mendacidad sin límites reclama que “la burguesía” le ataca “con una guerra económica”. ¿Estúpido o malvado? ¿Desquiciado o delirante? ¿Terrorista o simplemente irresponsable?

Chávez ha llegado al borde mismo del abismo. Sépalo o se desentienda de ello la oposición democrática. Se le han venido encima las pesadas y ya vacías estanterías del Banco Central y se ahoga en deudas. No tiene cómo hacer frente a sus obligaciones, a sus promesas, a sus emergencias. Se ha ido acorralando solito hasta arrinconarse en el punto de no retorno de un fracaso anunciado. Cómo postrer recurso provoca una reacción violenta y nada agradecería más que un gesto desesperado que le permita soltar los mastines de la brutalidad policial cubana, su último anillo de protección. Nada sería más errado que darle en el gusto y facilitarle un segundo aire. Debe hundirse en sus propios miasmas, bajo la plúmbea verdad de su uniformada ignominia.

Dos medidas simultáneas: la unidad y la masiva participación electoral, de una parte; y la coordinación de todos los frentes en un gran frente de lucha por la libertad – empresarios, trabajadores, académicos, medios – terminarán por cerrarle todas las salidas. Le espera el desastre. Por bien de la Patria: que acontezca cuanto antes.

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