Opinión Nacional

Entre la Plaza Venezuela y Los Chaguaramos

Cuando se encargó el actual equipo rectoral de la UCV escribí un artículo sobre las expectativas que su elección provocaba, pero también sobre los desafíos que debían enfrentar. La masiva votación que los respaldó apuntaba a la búsqueda de un cambio, a través del cual se renovara la academia para cumplir la obligación de estar a tono con los tiempos y también para que, de paso, se escudara de los zarpazos del Gobierno. Eso decía entonces, anhelando el comienzo de una metamorfosis e imaginando cómo el oficialismo se ocuparía de trabar la faena después de la derrota gigantesca que le propinó el claustro. Sobre la conducta del Gobierno resulta fácil escribir ahora, debido a los testimonios de sus planes avasallantes contra la autonomía, pero tal vez no resulte tan sencillo, ni tan políticamente conveniente, detenerse en los desaciertos y en las vacilaciones de las autoridades universitarias ante el compromiso que la comunidad les exigía cuando los puso al frente de la institución. Aquí algo se tratará en adelante, sin embargo.

La estrategia del régimen desde el comienzo de la actual gestión rectoral ha consistido en una propuesta de democratización, con el objeto de establecer el voto de los profesores sin escalafón, de los estudiantes, de los empleados y de los obreros en la elección de los organismos de cogobierno. Una campaña pertinaz, a la cual siguió la intervención de los actos electorales que no cumplían con la apertura del sufragio universal, se convirtió en una interferencia de la convivencia en el campus y en una violación de la Ley de Universidades. Aparte de ser también la negación del sentido común, desde luego. ¿Cómo reaccionaron las autoridades de la más alta casa de estudios frente a la conducta demagógica e insensata de la «revolución»? Aceptaron el chantaje que los obligaba a balbucear argumentos inconsistentes, o a no decir nada que los colocara como enemigos del voto de todos los miembros de la comunidad. Ideas de sobra deben tener los catedráticos del equipo rectoral, pero también los decanos y los representantes profesorales que integran el Consejo Universitario, para oponerse al disparate de unas elecciones dependientes de una masa de sufragantes incompetentes, no en balde se trata de seleccionar con criterios académicos sobre designaciones y asuntos de naturaleza académica que le conceden peculiaridad al fenómeno, que lo hacen diverso frente a otro tipo de elecciones o de escogencias dependientes de la soberanía popular, pero apenas desembucharon tímidos reproches que de nada han servido frente a las prédicas populistas del oficialismo. No dejaron de oponer recursos legales ante el TSJ, pero sin debatir en las áreas de su influencia la demagogia de la «revolución» ni llamar la atención sobre los perjuicios que acarrearía.

Quizá temeroso de perder el apoyo de sus bases, el movimiento estudiantil siguió un derrotero de coqueteos con la extensión del voto, para permitir el crecimiento de factores contrarios a la autonomía y de la idea habitual de universidad con lo cual se ha congeniado en la generalidad de las claustros del mundo occidental que han llevado la educación y la administración de la educación a escalas de excelencia. Más cercanos a la mayoría de los miembros de la comunidad y habituados cada vez más al calor de las multitudes, los líderes estudiantiles se han visto estrechados a comulgar con la insólita democracia que ventila el chavismo, para que sea ya hecho evidente la existencia de una deformación ante cuyo crecimiento parece difícil el encuentro de medicina. De allí que se pueda ver ahora la existencia de un colaboracionismo con el régimen, protagonizado por los autoridades y por la dirigencia de los bachilleres, que conduce a situaciones de parálisis y de carencias de gobernabilidad como las que ahora observamos debido al crecimiento de la violencia ante unas autoridades sin apoyos para detenerla.

Todavía las universidades están bien paradas ante la opinión pública. Las encuestas las colocan de primeras en las escalas de aceptación de los encuestados. Es un logro que nadie puede regatear, debido a que en su seno todavía reina la pluralidad de pensamientos y a la fama bien ganada de los estudiantes en sus luchas contra el Gobierno.

El simple hecho de que la «revolución» no las haya tomado del todo, de que se las haya visto negras en la mayoría de las consultas realizadas en la última década, sustenta una orientación del universo consultado que no es susceptible de rebatimiento.

Sin embargo, en el caso de la UCV no se han efectuado los cambios a través de los cuales cumpla la autoridad con la renovación de los planes de estudios y de los proyectos de investigación que puedan permitir el fortalecimiento de una manera de entender el mundo, en la cual podamos cobijarnos como sociedad en la lucha contra el autoritarismo. Al contrario, el predominio de la inercia, las divisiones a la hora de tomar medidas frente a anomalías internas, el abandono de las Facultades a sus rutinas sin mayores nexos con la república y, en especial, la incapacidad de proponer un discurso lúcido para las mayorías de la población, capaz de traspasar los límites del campus, no vaticinan situaciones halagüeñas.

Quizá las llamas de los carros incendiados hace poco por unos delincuentes disfrazados de universitarios nos impidan ver un panorama tan poco sugestivo, pero se encuentra ubicado entre la Plaza Venezuela y Los Chaguaramos.

 

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