Opinión Nacional

Escrito nauseabundo

No recuerdo jamás haber sentido tanto asco en mi vida como el que sentí al leer un nauseabundo escrito del tal José Vicente Rangel. Nunca me hubiese podido imaginar hasta dónde sería capaz de llegar el descaro y el cinismo de alguien que, para desgracia nuestra, malocupó cargos que tradicionalmente fueron desempeñados por personas con méritos para ello. Si bien es cierto que bastantes comentarios negativos suscitaba con señalamientos que hacía en su programa dominical y los rumores que abundaban sobre su persona y su “modus operandi” no eran, por ser piadoso, muy positivos, no lo es menos que para mí fue una sorpresa inmensamente desagradable, como la que se siente al pasar por un albañal abierto.

Permítanme reproducir unas pocas líneas del tal artículo:

“Quienes no tienen moral, y poco les importa trabajar con la mentira para tapar su colosal mediocridad y carencia de escrúpulos, optaron durante estos días por reventar la cloaca de su propia miseria y esparcir el detritus que circula por ella”.

No conozco a persona alguna a quien quede mejor lo dicho que a su propio autor. En tres líneas ha definido el norte que lo ha guiado en sus pasos por la política nacional, sólo que, en este caso, aplicándolo a personas que no menciona a fin de evitar comparaciones. ¿Fiel descripción…?

“Lo que importa a estos personajes -y a quienes los financian- es disparar contra el objetivo de sus odios, sin importar para nada la verdad”.

¿Con qué cara puede este personaje hablar de los “odios” de otras personas? Bastante daño han hecho al país los suyos como para que tenga la desvergüenza de hablar de odios ajenos… Y me pregunto, ¿conocerá la palabra “verdad”?

“La respuesta a estos sujetos no puede ser otra que el refrán popular: “Todo ladrón juzga por su condición”. O sea, que el que ha sido y es ladrón; el que ha sido y es traficante; el que ha sido y es canalla, considera que los demás también lo son.

Pero no lo son, y el curso de la vida lo confirma: coloca a cada quien en su sitio.”

Creo que me debo a mí mismo una revisión total de la historia de Venezuela. Dudo mucho que en ella encuentre una confesión de parte tan clara y evidente como la que antecede. Y, más grave aún, sentencia: “coloca a cada quien en su sitio”. Y con este escrito, se coloca a sí mismo en su sitio.

Es triste ver a un ser humano llegar a su provecta edad sin tener algo positivo que amerite siquiera un recuerdo de sí mismo tras su ineluctable óbito. Y más triste aún que por esta misma causa alimente ese odio visceral que siempre lo ha caracterizado, como si los demás fueran culpables de sus reiterados errores, de su miopía política o de algún contratiempo o disgusto en su vida privada. Ya dio muestras de su carácter cuando fue asesinado su yerno. Se me ocurre que cualquier padre político, disponiendo del poder que este trasnochado tuvo (y dejó escapar) en sus manos, hubiese exigido llegar hasta el final del caso; pero no, muy lejos de ello, dejó que pasara al olvido al que se relegan las cosas poco claras.

¿Cuántas vidas, carreras y prestigios destruyó con sus “denuncias” amparado en su slogan de que su deber es denunciar, no investigar? Ahora, cuando el reloj le avisa la proximidad de la rendición de cuentas a otro nivel, adopta la actitud de quien, sorprendido infraganti en algo, comienza a gritar “¡allá va!”, creyendo que así, una vez más desprestigiando a los demás, logrará salvarse de su merecida recompensa.

Ya no me cabe duda alguna, ha escrito su obra maestra en la materia en que es más versado: el cinismo a toda prueba. ¿Qué se despierta muy temprano? Mejor sería preguntar: ¿puede dormir? El inexorable paso del tiempo lleva a las gentes de bien a recapacitar, a lamentar sus errores y a disfrutar el grato recuerdo de los éxitos. Los que no son gentes de bien simplemente rumian su odio contra quienes les impidieron abusos y atropellos. Y, que en su vasta mayoría, en nombre del “pueblo” maltrataron a ese mismo pueblo…

“ (…) el que ha sido y es ladrón; el que ha sido y es traficante; el que ha sido y es canalla, considera que los demás también lo son.

Pero no lo son, y el curso de la vida lo confirma: coloca a cada quien en su sitio.”

Es correcta la observación. Y la vida lo colocó en su sitio…

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