Opinión Nacional

Exilio a la vida

Hay exilios de exilios. Y el de los sobrevivientes de los campos de concentración del régimen nazi, fue un exilio a la vida. Porque sus víctimas sobrevivieron a los campos de esclavitud, tortura y exterminio, para comenzar a vivir una vida nueva, en lugares nuevos, con esperanzas nuevas.

«Exilio a la vida» se llama el libro que en dos tomos, recoge los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto que llegaron a Venezuela. Un libro de lectura obligada para no olvidar jamás que el ser humano, en ciertas circunstancias, es el menos humano de los seres vivos. Las historias que allí se relatan son testimonios de los horrores más horrendos, de las crueldades más crueles, de las bajezas más bajas.

Me sentí privilegiada de haber tenido en mi programa de Radio Caracas Radio a dos de las protagonistas del libro «Exilio a la vida»: Marianne Kohn Beker, directora ejecutiva de la publicación, y Trudy Spira, sobreviviente de uno de los peores campos de exterminio, Auschwitz.

Quiero hablar de la experiencia de Trudy. A los doce años ella, sus padres y su hermano fueron trasladados en un tren al campo de «trabajo». Tres días duró el viaje, y durante ellos su padre les dio las herramientas para sobrevivir primero, y poder vivir después. Puso énfasis en que podían quitarles todo, menos la dignidad. Que conocer al enemigo que enfrentaban era la mejor arma para quienes como ellos, luchaban desarmados. Que la vida era un don preciado que aún en las peores circunstancias había que mantener. Desgraciadamente, el padre de Trudy fue fusilado. Ella dice que la última vez que lo vio, de lejos, fue el 24 de diciembre de 1944. Y que durante muchos años albergó en su corazón la esperanza de encontrarlo vivo, porque su cadáver, como el de muchos, desapareció en el bosque, o entre las cenizas de los hornos crematorios.

Trudy perdió tres dedos de sus pies por congelamiento. Aún sufre de ello. Tiene tatuado en el brazo el número que suplió su identidad mientras estuvo en Auschwitz. Fue separada de su familia y sometida a trabajos forzados. No olvida la sonrisa irónica de Josef Mengele, el «ángel de la muerte». Y a pesar de todo, no siente odio. Habla de Auschwitz para que no vuelva a suceder.

Resulta entonces aterrador, monstruoso, que en nuestra época estén apareciendo movimientos neonazis, que promueven el resurgimiento de la intolerancia y profundizan el odio y el resentimiento. En el albor del siglo XXI, cuando el desciframiento del genoma humano no deja lugar a dudas acerca de la igualdad esencial de los seres humanos, desaparece todo posible fundamento para esos movimientos, y sin embargo, los hay, están ahí.

Hagámonos eco de las palabras de Trudy y los otros sobrevivientes. Sintamos esta historia para que no se repita. Para que nunca más existan campos de Auschwitz. Para que nunca más existan Trudys víctimas.

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