Opinión Nacional

Hasta aquí hemos llegado

“No sé qué hacer con él”, “le digo las cosas, pero no me hace caso”, “si le niego algo se pone violento y pierde los nervios, hasta me levanta la mano”, “me insulta y se niega a hacer lo que le mando”, “tengo miedo de mi hijo”. Si alguna vez se ha visto repitiendo alguna de estas frases en referencia a su hijo, el diagnóstico es claro: tiene a un déspota en casa.

En un reciente estudio realizado por la Fundación Mañana en Argentina se le preguntaba a numerosos adolescentes: “¿Cuándo ves un producto en televisión y quieres comprarlo pero tus padres te dicen que no, qué sientes?”. Las respuestas ponen los pelos de punta: “Me dan ganas de matar a mis padres” (dicho por una joven de 13 años), “los odio” (16 años), “ganas de romper la televisión” (13), “que no me quieren” (16 años).

Las denuncias de madres que han sido maltratadas por sus hijos son con cada vez más numerosas. Eso sin tener en cuenta las continuas vejaciones verbales y todos los casos no denunciados, ya que pocos padres se atreven a aceptar que han criado a un tirano.

Hemos entronizado la infancia y la juventud. Ahora el rey de la casa ordena y dispone a su gusto y no acepta que se le contradiga. Los padres sufren a diario las consecuencias de no haberle parado los pies a tiempo, el famoso “hasta aquí hemos llegado”. En casa son los dueños del mando, deciden si sus padres van a salir de casa, si los abuelos pueden disponer del salón,…

Éste es el peligro de una educación excesivamente permisiva. Si los padres soportan esta tensión continua es porque saben que tienen parte de responsabilidad.

Los familiares abdican de sus deberes como educadores en favor de las escuelas e instituciones públicas y, en el peor de los casos, del televisor. Los profesores se encuentran con niños desbocados para los que un mandato no es más que una recomendación algo molesta que deben seguir en función de una apetencia circunstancial. El deber queda relegado por el deseo infecundo. No es que el niño no sepa lo que quiere, sino que no sabe querer lo que debe. Mucha de esta ira y prepotencia nace del vacío de valores, de la desorientación que provoca no tener un patrón claro de comportamiento.

La realidad no está ahí para que la aprehendamos sin más, para disfrutar de las cosas consumiéndolas. Primero hay que enseñar a mirar. En eso consiste la educación, en forjar una estructura de valores cívicos y humanos desde los que acercarse a la realidad.

Afirmaciones como que hay que aprender divirtiéndose o que un padre tiene que ser un amigo acaban provocando frustración, ya que ni aprender tiene por qué ser siempre divertido ni un padre es lo mismo que un amigo. Sucede lo mismo con los padres que quieren que sus hijos disfruten de todo lo que ellos no tuvieron, olvidando que muchas veces son lo que son justamente por eso.

La adolescencia es un periodo difícil, lleno de cambios y muy desestabilizador. Muchas veces la negación se convierte en la única manera que encuentran los jóvenes para reafirmarse como personas independientes. Si no existe una base sólida esta crisis puede convertirse en una ruptura de difícil arreglo.

Resulta imprescindible reforzar los vínculos familiares y los afectos. Especialmente el respeto hacia los mayores. El vínculo entre un abuelo y su nieto, roto cada vez más por los videojuegos y la visión negativa de los mayores en la sociedad, es de vital importancia para el desarrollo de las relaciones familiares y los valores.

Para evitar tener que colgar una placa en la puerta de casa con el lema “cuidado con el niño, muerde”, es imprescindible atajar los problemas desde la primera infancia. En esa etapa los niños absorben todo y forjan su carácter. Por eso resulta muy útil lo que los psicólogos han denominado como las tres C: coherencia, consistencia y continuidad. Tener un criterio común que no se contradiga, que un sí sea un sí y un no un no y mantenerlos a lo largo del tiempo. Hay que saber decir “hasta aquí hemos llegado” a tiempo. Después puede ser tarde.

Fuente:
Centro de Colaboraciones Solidarias

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