Opinión Nacional

Inseguridad e incapacidad del régimen

 En un país con la democracia y el voto amenazados, con una corrupción que ha roto todas las marcas, con una crisis hospitalaria que se parece a la de Libia, con una deuda pública colosal, con la infraestructura en ruinas, con la mayor inflación de occidente y con la mitad de la fuerza laboral en la economía informal, la gente tiene como su mayor y urgente necesidad, la seguridad personal. Tanto es así que se me ocurre conjeturar si los venezolanos en este trance tan complejo serían capaces de entregar las pocas libertades democráticas que quedan, y la democracia misma, a cambio de seguridad personal.

Dicho sin rodeos, es tal la inseguridad que es posible que muchos prefieran una tiranía con calles seguras, que la prolongación de una vida en medio de constante zozobra y amenazas, y eso es muy grave. Esa sería la gran coartada para asaltar el poder por parte de quienes desprecian la soberanía del pueblo e idolatran la salida militar. No digo nada nuevo, desde hace años Latinobarómetro descubrió que la democracia es subvalorada en estos países cuando de otras necesidades se trata: comida, empleo, seguridad y otros aspectos que el populismo latinoamericano ha falseado, desde el poder, con el nombre de “nacionalismo”, “patriotismo”, “bienestar” y “felicidad del pueblo”, para obtener el favor de las masas.

Se sabe que, en sentido estricto, el gobierno de Chávez y su grupo no son un gobierno, es un mando; es la sujeción de todo el poder de la república a la hegemonía de un hombre y los que le rodean, a través de órdenes infinitas, que se imparten incesantemente por todos los medios, pero que nadie cumple, y que le dan la sensación al propio Chávez y a sus ministros de que están trabajando mucho. De este lado, del de los ciudadanos, algunos creen que hablar es gobernar, o se dejan manejar esa frágil parte del alma donde se supone que se aloja la esperanza.

El gobierno se desgasta en una interminable lucha oral, televisiva, contra el imperio, que le paga millones de dólares diarios a cambio del petróleo venezolano con el que hacen combustible para bombardear a Libia, Irak y Afganistán, pero no puede el Gobierno venezolano controlar al hampa conformada por venezolanos, en su casi totalidad, que secuestra, asesina y roba. Mientras el gobierno, legisladores chavistas y locutores del oficialismo dedican horas y días analizando los problemas de Libia y de Gadafi, cada media hora muere asesinado un venezolano (vale decir que Gadafi es un ladrón de categoría mundial, que además prestó estos últimos años el territorio de su país para esconder sospechosos de terrorismo secuestrados por la CIA y otros organismos de seguridad de occidente, destinados a ser torturados por policías libios).

Después de trece años en el poder, lo único que ha demostrado el chavismo es que no sabe qué hacer con los más insignificantes asuntos del país como asegurar las calles y las carreteras, y poner a funcionar las salas de emergencias de los hospitales públicos. No se trata de “voluntad política”, o de su ausencia en el gobierno, para garantizar la seguridad ciudadana. Voluntad política es un comodín verbal, carente de sentido la mayoría de las veces, que es usado con abuso por más de un cabeza hueca que aspira o ejerce un cargo público en Venezuela.

La seguridad es uno de los asuntos más complejos de abordar y resolver para cualquier gobierno de cualquier país en el mundo de hoy. Lo primero que necesita un gobierno es conocimiento y capacidad, que es de lo que carece el chavismo, que sólo sabe de órdenes y de escamoteo.

Este régimen, que se desgañita contra el imperio, insiste en ignorar que las redes y organizaciones criminales desbordan la capacidad de cualquier país que actúe aisladamente contra ellos. El tráfico de drogas, armas y personas, y el lavado de capitales, requieren algo más que un micrófono de televisión o radio, una alcabala o una bolsa plástica atada a la nuca de un infeliz en una sesión de tortura, que es lo que el chavismo usa para “proteger” a los venezolanos. El régimen no puede, no sabe, no tiene capacidad para afrontar el primer y urgente problema del país, la inseguridad.

Lo que hacen los pueblos con los gobernantes incapaces, es desplazarlos del gobierno electoralmente. Derrotar a este régimen incapaz el 2012, no es sólo un asunto de preservar la democracia, es cuestión de sobrevivir, de vida o muerte, de no morir por un balazo; si no que hablen los 20.000 asesinatos que contabilizaremos de forma macabra este 31 de diciembre de 2011.

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