Opinión Nacional

Juan Vicente Gómez y un curandero accidental

En la Sierra de Perijá, navidad 1947

De izq. a der.: Luis Carbonell, Miguel Schön, José Luis Méndez, joven no identificado, Adolfo Kölzow Jiménez

—Esa foto es de hace muchísimos años, en la navidad de 1947, cuando fuimos con la primera expedición La Salle a tierras de motilones —me informó mi marido.

Para ese año el misionero capuchino Fray Cesáreo de Armellada se hallaba empeñado en la pacificación de los indígenas de la sierra de Perijá -desde la colonia conocidos como motilones y hoy en día llamados yupkas- que seguían atacado con arcos y flechas a los criollos que en 1944  invadieron sus tierras en el cañón del río Negro, masacrando con armas de fuego pacíficas comunidades. Los motilones ante este acoso se habían refugiado en las montañas de la sierra de Perijá.

En una visita que ese año hizo Fray Cesáreo a Caracas se había reunido con el hermano Ginés, director de la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle y entre ambos acordaron realizar una expedición de carácter científico a esa zona, expedición que tendría el éxito asegurado pues el misionero contaba con la amistad de los principales caciques. Muy pocos criollos se habían aventurado en esos parajes montañosos y los petroleros americanos que se atrevieron habían sido repelidos a punta de flechas por estos belicosos indígenas.

La expedición se programó para las vacaciones de navidad de 1947.  Ginés, el Hno. Ángel, experto en aves; el Hno. Joaquín; los jóvenes de la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle, entre los cuales José Luis Méndez, Miguel Schön, Cesar Alemán, Adolfo Kölzow Jiménez, Luis Carbonell, y el profesor J.M.Cruxent, del Museo de Ciencias Naturales de Caracas, salieron desde Caracas  dispuestos a hacer los estudios de fauna y flora y las investigaciones antropológicas y arqueológicas que habían motivado esta expedición.

En avión hasta Machiques y de allí por jeep y luego a pie, subiendo por el cañón del río Negro, hasta que, agotados por la ardua caminata, los expedicionarios llegaron a Kunana, un polvoriento terraplén en la cima de un escarpado cerro, donde vivía un grupo numeroso de motilones en una gran casa comunal ovalada, de más o menos 25 a 30 metros de largo, techada con hojas de palma. Unos niños jugaban frente a la casa pero no se veía ninguna mujer, jóvenes y viejas se habían escondido cuando sintieron la llegada de estos labaddó, hombres blancos. Los expedicionarios fueron recibidos por un indígena de contextura muy fuerte, que llevaba por todo vestido un taparrabos y una chaqueta desteñida, iba descalzo pero muy bien armado con un fusil viejo, tan viejo que parecía un Mauser de los tiempos de la Guerra de la Federación.

En un mal castellano que había aprendido de los capuchinos, el cacique se presentó:

—Mucho gusto señores, yo soy Juan Vicente Gómez, capitán de estos indios, para servirles.

Y dando un paso adelante se acercó hasta Luis Carbonell, el de más altura entre los expedicionarios a quien creyó, tal vez por su tamaño, ser el jefe del grupo. El hermano Ginés aprovechó para presentarse e informar al Cacique el propósito de la visita. Mientras tanto Carbonell se había acercado a un muchachito que casi no podía caminar a causa de una tremenda llaga que tenía en una pierna y sin mediar palabra había sacado de la mochila donde llevaba el botiquín de primeros auxilios, una latica con polvos de sulfa para aplicarlos en la herida.

En ese momento regresaban a Kunana unos jóvenes guerreros motilones con un bijou, un báquiro de cachete blanco. Mientras Carbonell seguía examinando a los niños, el jefe de este grupo —el natubay— quien también había aprendido algo de castellano, le pregunto si sabía curar y sacar los malos espíritus. Su mujer estaba muy mal desde hacía días tratando de parir, Agapito el curandero no había podido ayudarla.

Carbonell cursaba quinto año de medicina y aunque atender partos no era una de sus cosas favoritas, esperaba ser de alguna ayuda. De inmediato el natubay arrastró a Carbonell al muy oscuro interior de la casa comunal, donde, acostada en un chinchorro y rodeada de varias mujeres, una muchacha muy joven se retorcía con los dolores del parto. Sin ni siquiera pensar en lavarse las manos, Carbonell puso a la mujer en el suelo sobre un cuero seco donde maniobrar, y el muchachito salió dando berridos.

—En realidad no hice nada espectacular, ya el muchachito había coronado y fue muy fácil lograr la expulsión, — le comentó Luis a Ginés.

—Bendito sea el Señor que no mataste a la muchacha, eso hubiese sido nuestro fin. Estos motilones son muy fieros guerreros y nos aceptaron porque veníamos recomendados por los misioneros, pero ahora con tu hazaña todo se facilitará —le respondió Ginés.

El cacique Juan Vicente Gómez los autorizó a armar su campamento en la cercanía de la casa comunal. Ginés, Méndez y el hermano Ángel se disponían a explorar los alrededores cuando llegó Juan Vicente Gómez con dos bellas muchachas y dirigiéndose a Ginés, le dijo.

—Mirá, jefe, te las cambio por el altote.

En ese momento se dieron cuenta que Carbonell no estaba con ellos, en el ajetreo no se habían fijado que había desaparecido.

—No te preocupéis por el muchacho, lo tenemos bien cuidado —continúo el motilón. —Te lo queremos cambiar por estas dos y si quieres te damos a Agapito, el curandero.

Muy sorprendido por la oferta Ginés se enfrentó a este problema que podía degenerar en una lucha cruenta si trataban de rescatar a Carbonell por la fuerza. Decidió sentarse a conversar con Gómez y ver que le podía ofrecer a cambio del “accidental curandero”. Así que le dijo después de convidarlo a una tacita de café:

—Vos veis que yo no tengo ningún uso para las muchachas, soy cura, y si Agapito no tiene poderes tampoco me serviría.

En ese momento se les acerco Méndez con dos tacitas de peltre desconchadas llenas de sabroso café, y una bellísima escopeta nuevecita, que estaba estrenando en esa expedición.

Al ver la escopeta los pequeños ojos entrecerrados del capitán motilón se abrieron en asombro y entonces Ginés tuvo una brillante idea.

—Más bien devuélveme al muchacho y te doy la escopeta.

—La escopeta sola no, quiero la escopeta y la chaqueta que tenés puesta, —le contestó el cacique.

Y así fue como Méndez tuvo que entregar la escopeta y Ginés se dispuso a pasar frío, todo por salvar al pobre Carbonell de un destino que tal vez se le ofrecía brillante, como curandero insigne de Kunana en la serranía de Perijá.

CONTINUARÁ: Peripecias de unos cráneos robados y unos insólitos pigmeos.

Las fotografías en blanco y negro de esta crónica pertenecen a:

SOCIEDAD DE CIENCIAS NATURALES LA SALLE. 1953. La Región de Perijá y sus habitantes. Publicaciones de la Universidad del Zulia. Maracaibo.

¿Cuál es la verdad sobre los motilones?

http://www.venezuelamisionera.com.ve/suplemento.633/articles/cual-es-la-verdad-sobre-los-motilones.html

 

http://fundaciontierrasyculturas.blogspot.com/2010/06/ii-caminata-ecologica-por-la-sierra-de.html

 

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