Opinión Nacional

Juden Raus!

La humanidad no puede ceder ante el odio racial, que es el origen de las peores formas de antisemitismo (Benedicto XVI, mayo de 2006).

 

El rechazo a los judíos y al judaismo existe desde antes de Cristo, pero se expresa particularmente desde el origen del cristianismo y ha acompañado desde entonces a la historia de la humanidad, especialmente en Europa. Se ha desarrollado varios términos y conceptos que analizan la oposición a los judíos, particularmente en lo religioso, social, étnico y político. Se habla de antisemitismo y antisionismo como conceptos diferentes, asignando al primero la forma política que adopta el antisemitismo, sin connotaciones religiosas, con lo cual se diferenciaría también del antijudaísmo religioso. Aunque incorrectamente, el término antisemita se ha impuesto en el lenguaje común, que consiguió su máxima expresión en la primera mitad del siglo 20, sobre bases racistas y nacionalistas, particularmente en el régimen nazi.

Las atrocidades cometidas por ese régimen inducen a no olvidar para evitar la repetición de sucesos perversos hacia la humanidad, surgidos como consecuencia de las distorsiones conceptuales, el odio y el abuso del poder político. Sobre el recuerdo y el análisis de los hechos históricos es como se sustenta y construye el futuro.

I. El hecho histórico.

Señales marcadas de antisemitismo ya se habían manifestado en Europa desde la Edad Media; baste solo con mencionar la expulsión de los judíos sefarditas en la España de los Reyes Católicos. En el siglo 19 movimientos nacionalistas intentaron excluir a las comunidades judías de los derechos humanos proclamados durante la Revolución Francesa. Surgió un fuerte racismo, en el cual los judíos fueron calificados como una raza diferente a los europeos. El viejo antijudaísmo cristiano no desapareció, sino que encontró una nueva variante semántica. En la poderosa Alemania y otras naciones europeas surgió una ideología política que introdujo en su programa la represión y el aislamiento, incluyendo la destrucción de todo lo “semita”. En realidad se trataba de los judíos. En 1873, el periodista Wilhelm Marr acuñó, en un panfleto, el término “antisemita” y lo empleó para diferenciar su rechazo racista a los judíos del odio religioso a los mismos.  El término judío, que ya tenía una connotación peyorativa, se transformó en una síntesis de todo lo malo ocurrido en esa época: único culpable de la ruptura de las estructuras sociales, desacuerdos y debilidades de la nación, infiltración de ideas extrañas, fines de lucro egoistas, crisis económica, concentración de capital, inflación, control de la prensa. Especialmente en Alemania se contrapuso el término semita (judío) con el germano, vale decir el ario. Esta ideología preparó el camino al nacionalsocialismo y al Holocausto.

II.  Persecución y genocidio.

Esta ideología se incrementó inmediatamente después de finalizada la Primera Guerra Mundial. Fue un sentimiento exacerbado por la derrota y sus consecuencias políticas, territoriales y económicas (la ruina y las enormes reparaciones económicas que debió pagar la Alemania vencida) y por las acciones iniciales del partido nazi, el Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP). Sin embargo, fue poco después del ascenso de Hitler como Canciller del Reich, el 30 de enero de 1933, cuando se iniciaron los nuevos ataques hacia los judíos alemanes, ejecutados por la SA, la fuerza de asalto del partido. En abril de ese año el Gobierno decretó un boicot o prohibición de comprar en las tiendas y negocios judíos, utilizando el slogan de “fuera los judíos” (Juden raus), con la justificación de defender la “revolución nacional y darle un nuevo impulso a Alemania”, que no tuvo el éxito esperado por los organizadores del partido, a pesar de las brutales acciones de las tropas de asalto.

Lo que sucedió la noche del 9 al 10, y días posteriores, de noviembre de 1938 en la Alemania Nazi y la Austria recién anexada quedó registrado en la historia, eufemísticamente, como la Noche de los Cristales Rotos. Eufemismo simplista y engañoso pues parecía sugerir que se trató sólo del brillo y resplandor de una fiesta, de luces reflejadas por lámparas de cristal o de una inocua ruptura de vidrios de ventanas.

En la realidad fue una noche de orgía y destrucción. Investigaciones actualizadas hace dos décadas indican que fueron quemadas o completamente destruidas  alrededor de 1.400 sinagogas y sitios de oración, así como saqueados miles de negocios y viviendas de judíos. Muchos de sus cementerios fueron profanados. Alrededor de mil personas fueron asesinadas; muchas otras se suicidaron posteriormente como consecuencia directa de la persecución. Más de treinta mil judíos fueron enviados a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen, de los cuales varios centenares no sobrevivieron.

Estos sucesos, cínicamente programados, fueron el apogeo del antisemitismo que abrió el camino definitivo hacia la perversa “solución final”, la sistemática matanza de millones de judíos en toda Europa, el Holocausto, la Shoah, que se inició entre el verano y el otoño de 1941.

La persecución y el genocidio fueron realizados en etapas. Entre 1933 y 1939 se aprobó más de mil leyes que afectaban a los judíos. Cuatro años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial fueron sancionadas las tres leyes raciales de Nuremberg, una de las cuales, la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemán, permitió al partido nazi la remoción definitiva de los judíos de la sociedad civil, quitándoles todo lo que restaba de sus derechos políticos y civiles.

Campos de concentración fueron establecidos en el propio territorio alemán, en los cuales los detenidos fueron utilizados como fuerza laboral esclava hasta morir por el cansancio, el hambre o la enfermedad. Ya en guerra, allí donde el Tercer Reich invadía nuevos territorios en la Europa del este, se abrían campos de concentración y exterminio, donde unidades especializadas de la SS, los Einsatzgruppen, se encargaban de ejecutar en masa a judíos, opositores políticos, prisioneros soviéticos, eslavos y gitanos y, en menor dimensión, a  discapacitados y homosexuales.¿Consecuencias…?  Seis millones de judíos y seis millones de otros grupos fueron asesinados.

III. Antisemitismo de postguerra.

Casi siete décadas después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, se observa que el antisemitismo y el antijudaísmo no han desaparecido. Existen aún en forma latente en casi todos los países europeos y en muchas otras partes del mundo, siendo activados en tiempos de crisis, particularmente desde principios del siglo 21.  A pesar de la desnazificación –sistema de reeducación implantado por los Estados Unidos como potencia vencedora-, las mejoras sustantivas de la educación en todos los niveles, la abundante investigación histórica y sociológica, la aprobación de leyes regulatorias y la profusa información en los medios se mantienen corrientes antisemíticas, las que se expresan en organizaciones juveniles y partidos políticos neo-nazis que ejecutan actos de violencia contra sinagogas y personas y violaciones en cementerios judíos. Estas agresiones de extrema derecha se imbrican también con manifestaciones xenofóbicas y racistas contra extranjeros en ciertos países desarrollados.

Un revisionismo de la historia falsea o relativiza las causas del Holocausto. Se niega su existencia, a pesar de la presencia de suficiente documentación histórica irrefutable. Es el caso del régimen teocrático iraní. A ello se agrega la execrable negación del derecho a la existencia del Estado de Israel, rayano en obsceno antisionismo, que recuerda las expresiones más violentas del régimen nazi.

En el contexto de las tensiones actuales surgidas en el conflicto del oriente medio, así como en las consecuencias de la guerra de Iraq y la creciente fuerza del fundamentalismo islámico, la crítica hacia la política de Israel frecuentemente tiene ribetes antijudíos que desembocan en interpretaciones abiertamente antisemitas. Tanto en Alemania como en Francia se ha observado una rara asociación de antisionistas y críticos de Israel, tanto de izquierda como de derecha, que concluyen comparando aspectos controversiales de la política israelí en asuntos militares, de seguridad y asentamientos con el Tercer Reich o la fenecida República Democrática Alemana (DDR). Hungría, un país que sobrevivió al nazismo y al comunismo, coquetea con grupos antisemitas. En numerosas caricaturas recientes se ha publicado variantes de la estrella de David fundidas con la esvástica para producir términos como Nazisrael o Nazionismo. Con ello se expanden y se intenta hacer socialmente aceptables, como material de conversaciones de salón, nuevos brotes de resentimiento antisemítico y antijudaico.

No deja de ser interesante el análisis de conceptos como antiamericanismo, anticapitalismo, anticolonialismo, antiimperialismo y nuevas teorías de la conspiración mundial, que se conectan visiblemente con viejos esterotipos antisemitas.

IV. Venezuela.

En enero de 2009 el poder ejecutivo venezolano expulsó al embajador israelí en Venezuela y fueron rotas las relaciones diplomáticas entre ambos países, para protestar contra la “ofensiva militar israelí en Gaza”.

Ese mismo mes, un grupo integrado por unas 15 personas irrumpió en la principal sinagoga de Caracas. Tras atar a los guardias de seguridad, destrozaron los objetos de culto y pintaron eslóganes antisemitas. Frases como «Fuera, muerte a todos» e «Israel malditos, muerte» fueron pintadas en las paredes del templo judío.
«Jamás en la historia de la comunidad judía en Venezuela fuimos blanco de una agresión semejante. Nos sentimos amenazados, intimidados, atacados», declaró el presidente de la Asociación Israelí de Venezuela.

“Deploramos este ataque antisemita. Las autoridades venezolanas son las que deben asegurar el orden y la seguridad», afirmó el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, quien aseguró que el «pueblo venezolano no es ni racista ni antisemita. Este tipo de acto no podría haberse producido sin la mirada benévola de las autoridades venezolanas de más alto nivel». Tímidamente, el Ejecutivo condenó la acción e insinuó perversamente, sin pruebas, que la oposición política venezolana estaría involucrada en ese atentado. Días después fueron detenidos algunos presuntos responsables. No se sabe más. En febrero, el Centro Comunitario Judío de Caracas fue atacado con una granada. El club Hebraica fue allanado por la policía, inexplicablemente, dos veces.

La abrupta, injustificable y emocional ruptura de relaciones diplomáticas podría inscribirse en algunas de las causales citadas en el apartado III de este texto, que también pudo haber preparado el terreno para los ataques a la sinagoga  y al centro cultural. Alarmante situación que debió ser desarmada con firmeza, de forma clara y terminante, por el Gobierno Venezolano, so pena de ser tildado de cómplice por omisión. Más aún, por ser actos extraños a la idiosincracia venezolana, que acogió a cientos de judíos antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Sospechosamente, varios años atrás, el Jefe de Estado había calificado a Israel como genocida y nazista (?) y a los judíos como “descendientes de las mismas personas que crucificaron a Cristo”. Programas y noticieros de canales televisivos del estado, alguna prensa escrita y páginas de Internet oficiales abundan en manifestaciones antisemitas. Alzamos nuestra voz de alarma, pues aparentemente nos encontramos ante un neoantisemitismo gubernamental a la venezolana, dentro del socialismo del siglo 21. Evidentemente, los genes mutantes del antisemitismo, mezclados con tintes de antisionismo y antijudaísmo se están expresando en Venezuela. Una vez más es necesario alertar.

A través del Dr. Abraham Levy Benshimol, presidente de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela, profesor titular jubilado de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela, colega y amigo, deseamos con estas líneas transmitir a la comunidad judía del país nuestra solidaridad, apoyo y rechazo ante las ofensas causadas, a dos años de haber ocurrido aquellos hechos. No debemos olvidar.

 

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