Opinión Nacional

Julio Antonio Mella y Venezuela libre

La cárcel jamás ha constituido prisión para el pensamiento de los espíritus fuertes. En el silencio prolongado, la meditación profunda y sosegada deviene flujo interminable de ideas. La voluntad se torna inquebrantable. Así ocurrió al líder cubano Julio Antonio Mella, en el mes de diciembre de 1925, cuando estaba detenido injustamente por órdenes del dictador Gerardo Machado.

Mella, fundador del Partido Comunista de Cuba, de la sección cubana de Liga Antimperialista, de la Universidad Popular José Martí, y uno de los pioneros del marxismo en América Latina, se hallaba en la plenitud de sus 22 años. Descollaba como la figura más prometedora de la revolución social que germinaba en la Isla.

Orador brillante. Periodista combativo, de estilo incisivo y humor sarcástico había demostrado más de una vez su valor frente a la policía. Lector infatigable de Martí, de Lenin y de los clásicos del marxismo reconocía en el imperialismo y sus monopolios a los enemigos antagónicos de Nuestra América.

Allí en la soledad de la celda, no escribió para solicitar su libertad. Antes de que la huelga de hambre debilitara su mente redactó el artículo Hacia la Internacional Americana, publicado por la revista Venezuela Libre, en el que traza las líneas de una estrategia para lograr la definitiva independencia de la Patria Grande de Bolívar.

Las colaboraciones de Mella se iniciaron con la publicación, según su obra antologada, con el artículo La solidaridad estudiantil contra el tirano, editado en el número correspondiente al primero de mayo de 1925. Número con el que se iniciaba la segunda época de la revista fundada en La Habana, en 1921, por el escritor y periodista venezolano Francisco Jayme Laguado, entonces emigrado en La Habana. Rubén Martínez Villena, Juan Marinello y otros intelectuales cubanos de izquierda, unidos a los venezolanos Salvador de la Plaza, Gustavo y Eduardo Machado también escribieron para revista.

En el presente trabajo nos realizamos un estudio solo de las colaboraciones en la mencionada revista.

Las ideas esenciales del texto están en función de buscar apoyo en el sector estudiantil para la lucha del pueblo venezolano contra el dictador Juan Vicente Gómez. Si bien es cierto que comienza con una tesis radical al aprobar la ejecución del caudillo. Luego plantea propuestas más elaboradas, de mayor alcance.

No se trataba solo de derrocar a Gómez, para Mella era necesario la «instauración de un régimen nuevo», el cual estaría antecedido por la creación de una conciencia nueva forjada en los miles de expatriados venezolanos por la acción colectiva de los demás latinoamericanos. Entre las acciones del estudiantado continental sugería la realización de mítines y asambleas para denunciar los crímenes del régimen gomecista, y así obtener el aislamiento diplomático del gobierno dictatorial. Elogiaba la actitud del presidente mexicano Álvaro Obregón, quien ya había dado el ejemplo en ese sentido.

Mella pedía que al movimiento de reformas que sacudía al continente se incorporara la solidaridad con los combatientes bolivarianos. El pensamiento latinoamericanista afloraba en las palabras finales del texto:
«Hay que luchar por crear nuevos Bolívar y nuevos Sucre, y nuevos Martí, porque los pueblos de la América necesitan otra vez de sus Carabobo, de sus Ayacucho, y de la obra gigantesca, aunque anónima, de las emigraciones revolucionarias.»
Al estudiar la evolución de las ideas nacionalistas de Mella es necesario detenerse en el artículo Imperialismo, Tiranía, Soviet, publicado en Venezuela Libre, en el número correspondiente al primero de junio de 1925. En este trabajo conjuga la lucha de clases con el antiimperialismo, pues sostiene que «la causa del proletariado es la causa nacional» y señala el papel de vanguardia de los obreros en la liberación nacional, que solo se logrará si se vence al imperialismo, principal enemigo de los pueblos.

Arremete, una vez más, contra la penetración del capital norteamericano:
«Cada día es más dolorosa la situación de la América. El imperialismo yanqui no se da reposo, y desde el petróleo de México y el azúcar de Cuba, hasta la sal de Chile y las concesiones «civilizadoras» del Perú, todo es bueno para sus ansias de dominación, para aplicar los sobrantes del dinero hecho en los Estados Unidos, extraído de los músculos de los trabajadores.»

Tal expansión no podía ser posible sin el servilismo de los gobiernos locales. En algunos casos representados por tiranos, fenómeno creciente que proliferaría hasta la segunda mitad del siglo XX. Mella advierte sobre la falsa civilización basada en la explotación del indio y del trabajador llamados a ser los más «patriotas», con el fin de garantizar la acumulación de riquezas para el capital y la camarilla del tirano. «Por esta razón vemos cómo cada republiquita de la América, que decide civilizarse, su primera actitud es crear un dictarzuelo, para garantizar, no las libertades individuales, ni la seguridad física de la nación y los nativos, sino las concesiones que se hacen al capital extranjero so pretexto de civilizar al país, y de promover el desarrollo de las riquezas naturales.»

En su análisis del nacionalismo, Mella define dos tipos: el burgués y el revolucionario. Al primero de ellos solo le interesa el poder como vía de enriquecimiento, y al segundo le corresponde la misión histórica de destruir a la burguesía y al dominio imperialista.

Reconoce que no es posible hacer una revolución teniendo como horizonte los principios de 1789, que era imprescindible cambiar junto con los tiranos los sistemas y que los tiempos en que los pueblos seguían ciegamente a los caudillos formaban parte de la historia. Defiende la tesis de la lucha armada como método para lograr la liberación nacional: «La Revolución en su período insurreccional se hace con sangre y en su fase constructiva con acción e ideas: estamos en la primera, por ahora.»

Volvamos al artículo Hacia la Internacional Americana, de extraordinaria vigencia desde su primera oración: «Ha pasado ya del plano literario y diplomático el ideal de unidad de la América.»

Sin cortapisas, refiriéndose a los diplomáticos escribe: «dejemos a un lado los gritos hipócritas de los diplomáticos en las grandes bacanales de toma de posesión de un nuevo gobierno, o en conmemoración ridícula de un gran aniversario. No obtendrán nunca un resultado práctico».

Enfrenta, también, la corriente hispanoamericana de moda en algunos círculos intelectuales y con especial atención por la prensa. Sus sostenedores buscaban en España un referente para solucionar los problemas del continente. En verdad se trataba, en no pocos casos, de mercenarios de la pluma que pretendían ganarse el pan con sus loas a la Madre Patria. Eran tiempos en que los españoles todavía tenían notable influencia en el comercio, en la vida social y cultural de los pueblos latinoamericanos. Con tono irónico señala:
«Confesemos que hasta hoy la unidad de la América ha sido, en algunos, cariñosa utopía forjadora de un ideal, y deliciosa forma de resolver el problema de acomodarse bien en la vida. Estos últimos son los que hablan, por lo regular, de los hispanoamericanismos, considerando a Primo de Rivera o al bueno de don Alfonso como pontífices máximos de esa religión donde son sacerdotes los escritores fracasados y hambrientos junto con los comerciantes enriquecidos salidos de la «Península» para rehuir el servicio militar del rey y la patria que adoran desde lejos.»

El joven intelectual marxista definiendo al Panamericanismo, política promulgada por el gobierno norteamericano, disfraz de sus ambiciones hegemónicas expresa que la dominación del imperialismo «tendrá por capital única a Wall Street y por nobleza a los reyes de las distintas industrias».

Otro acierto de Mella es su planteamiento de que los obreros, campesinos, indígenas, estudiantes e intelectuales de vanguardia serían las fuerzas revolucionarias que lograrían la unidad de la nueva América Latina, basada en la justicia social, libre del colonialismo impuesto por las empresas norteamericanas.

También es aporte del autor de El Grito de los Mártires, en el texto que analizamos, su afirmación de que «ningún revolucionario del momento puede dejar de ser internacionalista», porque «dejaría de ser revolucionario». Estaba convencido de que la nueva sociedad solo podía erigirse por la acción coordinada de las diferentes fuerzas progresistas de cada nación. De lo contrario apenas se producirían cambios de las instituciones, de gobiernos, jamás ocurrirían transformaciones económicas y sociales: continuaría la dependencia de los yanquis.

Su propuesta: la creación de un frente único, en el que se integraran todas las fuerzas antimperialistas del continente. La existencia de varias organizaciones que luchaban contra la injerencia del Norte favorecía su proyecto. Entre ellas, sobresalían los partidos comunistas de México, Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Guatemala y Cuba. Además de organizaciones obreras y estudiantiles.

La nueva institución, sugería Mella, establecería una agencia de noticias. Con ello se abrirían brechas a la desinformación que afectaba a los revolucionarios. Mella concebía el accionar de la Internacional más allá de los límites del continente, pues ayudaría a los trabajadores de Europa y Asia, quienes luchaban por mejorar sus condiciones laborales. En definitiva todos, sin distinciones de nacionalidades, sufrían los rigores del capitalismo. Las palabras visionarias asombran. De la contemporánea globalización escribió:
«En este siglo los cambios no se harán por naciones aisladas. La civilización se universaliza. Un cambio en Europa y en Asia ha de tener influencia definitiva en la América.»

Sin dudas, entre las ricas tradiciones teóricas que atesora el movimiento revolucionario latinoamericano están las propuestas de Julio Antonio Mella, audaces para su tiempo y de permanente vigencia en el camino que hoy transitamos.

FUENTES

Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba: Julio Antonio Mella, Documentos y Artículos, Instituto del Libro, La Habana, 1975.

Roa, Raúl: El fuego de la semilla en el surco, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982.

Dumpierre, Erasmo: J. A. Mella, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977.

Marinello, Juan: El caso espantable de Laguado Jayme, Bohemia, 7 de enero de 1977.

Rodríguez García, Rolando: El pensamiento y la acción sin fronteras de Julio Antonio Mella, en Mella 100 años, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2003.

Cupull Reyes, Adys: Julio Antonio Mella en los mexicanos, Editora Política, La Habana, 1984.

(*)Profesor universitario, periodista e historiador cubano

Fundado hace 25 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar
Cerrar
Botón volver arriba