Opinión Nacional

K. esperando la bota

El país es K. Esto no se llama República Bolivariana de Venezuela. Esto se llama K. Hay que recurrir simplemente a una inicial porque estamos en un proceso absurdo que nos devora. El país ha sido detenido y procesado. El país intenta saber porqué se le procesa y allí están los constitucionalistas para decirle que esto no es más que “El último tango en París”, pero sin mantequilla.

El país intenta enterarse de lo que le pasa, de porqué está sometido a un absurdo proceso, pero se topa con leyes, tribunales, cortes y leguleyismos y una jerarquía suprema que lo ha trastocado todo convirtiéndolo en un laberinto donde no hay puertas.

La sentencia se ha cumplido, pero a diferencia del personaje de un escritor checo apellidado Kafka, este personaje llamado K. sabe perfectamente quien lo ha sentenciado. Lo ha sentenciado Ch. Es Ch. quien lo ha sometido a la irrealidad, con elementos que le parecen extraídos de un sueño. K. deambula, se entretiene con gestos absurdos, se mueve en lo inverosímil, mientras vicepresidentes anuncian nuevas estructuras militares. A K. le duele el estómago, se cree presa de un virus, mira que se pondrán nombrar autoridades especiales a las regiones con presupuesto propio y guía nacional y se pregunta si en los estados donde ganen los que no son de Ch. de inmediato le pondrán lo que antes se llamaba vicepresidente y ahora simplemente no tiene nombre.

K. se siente incomunicado, está aplastado por 26 leyes, K se siente solo, la pesadilla le parece una cárcel de la cual no puede escapar. Mira a La Bastilla, pero piensa que está dentro de La Bastilla. Allí está el castillo dominando la ciudad. K. está alienado. A veces encuentra gente como la de Fedecámaras que en el momento más inoportuno quiere un acuerdo nacional y hablar con las autoridades del castillo, para luego salir a repetir lugares comunes de protesta contra Ch. que ha sometido a K. Es que K. está frustrado, le agotaron todas las maneras de lucha, desde las marchas hasta las guarimbas, desde los actos histriónicos hasta las huelgas nacionales. K. está en su lecho de muerte mirando al castillo, esperando que el castillo le diga que ha muerto.

K. anda tan mal que ya no sabe quien es. No sabe K. como comportarse. Está en el reino de la irracionalidad. K. está convencido de que ya nada puede hacer. K. percibe que todo está consumado y que lo único que falta saldrá del castillo en forma de exigencia popular, que Ch. se reelija, clamarán las masas asalariadas y ante tanta insistencia Ch. accederá y el castillo habrá concluido su misión de transformarse en el monstruo que domina la ciudad.

K. mira con asombro como se convoca a una manifestación ante el CNE para protestar contra las inhabilitaciones sin decir nada de las 26 leyes. K. mira con estupor como se sigue hablando de candidaturas y de pleitos internos sin ocuparse de las 26 leyes. K. está perdido en el laberinto. Los pasillos del castillo vuelven sobre sí mismos. No encontrará a nadie que le explique porque ha sido condenado. El parlanchín de la televisión insiste en que Ch. es un entrometido que va a escuchar tangos sin ser invitado, sin darse cuenta que fue a legitimarse después de haber condenado a K.

Vladimir y Estragón acompañan a K. esperando por el líder. Los tres creen tener una cita con el líder, pero no saben quien es ni que tienen que tratar con él. Pozzo y su esclavo Lucky traen el mensaje de que el líder no vendrá hoy, pero mañana sí. K., ahora traspasado por mí a “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, se convierte en la encarnación del tedio y de la carencia de significado.

Se acostumbra decir que Godot proviene de la jerga godillot que no significa otra cosa en francés que bota. “Esperando a Godot” puede así traducirse para K. en “Esperando a la bota”. K. debería darse cuenta que la bota llegó y que lo único que le falta es el acto final, la aclamación de la jefatura vitalicia, la eternización en el poder, para que K. jamás pueda salir, aturdido, eternamente condenado a esperar, inerme porque no sabe agarrar en sus manos una mandarria y abrir huecos en las paredes para poder mirar lejos.

K. no debe esperar a que el castillo le notifique que ha muerto. El buen amigo Luis de Lion me ha ahorrado trabajo reeditando mi artículo “El zarpazo”, donde decía abril pasado que el camino hacia las elecciones regionales estaba sembrado de minas “quiebrapatas”. Ya tiene el instrumento jurídico para ir sobre los estados donde gane la voluntad nacional de liberarse. Ya Ch. es omnipoderoso, faltando apenas ese nimio detalle de la reelección indefinida, uno que ya está concebido y planificado. K. está de vacaciones. K. está sentado con Vladimir y Estragón, esperando. K. no puede seguir esperando. K. debe rebelarse. K. debe convertirse en ola gigantesca que rompa la alienación del castillo.

Godot (la bota) está aquí. Llegó frente a la inocencia de muchos, frente a la complicidad de muchos, frente a la falta de talento de muchos. Vladimir y Estragón, los personajes de Beckett, deben ser echados de la vecindad de K. Es sólo K. y nada más que K. el que puede recuperar su nombre y volverse a llamar República.

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