Opinión Nacional

La claudicación de las élites

Estamos ante el más crucial desafío de nuestra historia, bajo el imperio incontrolado del caos y la disgregación de nuestra más grave crisis existencial. Toda veleidad en la escogencia de los candidatos coadyuva a la tarea destructiva de la barbarie. Ante sus funestas consecuencias quien calla, otorga. Elevar mi reclamo ante la claudicación de nuestras élites es un imperativo moral. No debemos soslayarlo.

Antonio Sánchez García A la memoria de Rómulo Betancourt Una de las enseñanzas fundamentales que obtuve de José Ortega y Gasset se refiere a la responsabilidad política del intelectual. Jamás olvidaré su reflexión sobre la trascendental importancia de los profetas del primer pueblo con conciencia histórica universal, el judío: los profetas no tienen por misión adormecer la conciencia de su pueblo con cantos laudatorios. Tienen por misión instarlo a permanecer despierto cantándole las verdades, por dolorosas y adversas que sean. Eso fue el profetismo: la confrontación del pueblo judío con la verdad, no como herencia revelada, sino como misión a cumplir. De allí deriva esa admirable fidelidad de los judíos con su tradición, con su misión, con su destino.

Es un compromiso de naturaleza ética y moral. Afincado en la más irreductible intimidad individual. Ajena incluso a la inmediatez de la intervención activa sobre los hechos que caracteriza a lo propiamente político, muchas veces víctima del sonambulismo que suele acometer a las élites en momentos cruciales. Cuando las mejores conciencias se adormecen ante la presión del anonimato, aquello que metafóricamente el propio Ortega y Gasset llamara “la rebelión de las masas”. Esa fuerza inconsciente que borbotea desde lo profundo de las pulsiones colectivas y que fuera el carburante inicial de los dos grandes totalitarismos del siglo XX.

Razones que no vienen al caso me llevaron de Ortega y su cosmovisión vitalista de lo real – la vida individual como realidad radical – al vitalismo alemán – Lessing – y de allí a Hegel y el idealismo, para terminar seducido por el poder demoledor de las revelaciones marxistas. Un tránsito del pensamiento a la religión, si bien carente de Dios y de teología. Una derrota del profetismo crítico de la tradición judaica en brazos del último de los profetas judíos, aquel que renunciara a la misión crítica del pensar y lo convirtiera en sometimiento a la acción directa. La filosofía, dice Marx en su Tesis 11 sobre Feuerbach, se ha conformado con interpretar el mundo. Con él llegaba la hora de transformarlo. Es la primera y más devastadora claudicación del pensamiento crítico ante la desaforada y arrolladora fuerza aluvional de los hechos: la propia rebelión de las masas. El profeta que profetizaba la venida del Mesías –la conminación perenne a la vigilancia ante la tentación del olvido – autoproclamado Mesías. De ese quid pro quo han derivado las mayores tragedias que ha conocido la historia de la humanidad, sólo comparables con los pecados originarios de nuestra cultura: el comunismo y el fascismo.

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De los grandes estudios críticos del totalitarismo, sobre todo de los de Hannah Arendt, así como de las más profundas y certeras reflexiones del fenómeno de Hitler y el nazismo alemán, de los cuales los de Sebastian Haffner son, sin duda, algunos de los más esclarecedores, se deduce un hecho incontrovertido: la caída en la barbarie totalitaria ha sido precedida y/o acompañada por la claudicación de las élites. Incluso por la seducción ejercida por los responsables de la quiebra intelectual y moral de sus sociedades sobre los intelectuales y la orfandad aterradora de las clases políticas, acobardadas y pusilánimes ante la irrupción de la barbarie. Mark Lilla ha escrito en un breve y revelador ensayo la tragedia de aquellos grandes pensadores críticos que se rindieron al poder y la seducción del totalitarismo moderno, de Sartre y Heidegger a Bertolt Brecht y Walter Benjamin y de Michel Foucault a Derrida.

Hago un recuento de estas reflexiones sobre la claudicación de las élites –intelectuales y políticas -ante la barbarie que tenemos la inmensa desgracia de vivir los venezolanos. Que sólo fue posible por la escandalosa claudicación de nuestras élites. Y que tras trece años de inclemencia y casi treinta de incubamiento ha alcanzado si no la envergadura de las grandes catástrofes del totalitarismo, sí un relieve tanto o más grave que la que mantiene sometida a la sociedad cubana bajo el poder omnímodo de la peor, más cruenta, empobrecedora y devastadora tiranía de que tengamos memoria los latinoamericanos. Con una particularidad que la hace tanto más humillante y ominosa: su carácter militarista, especular, soez, circense, bochornosa. Una tiranía de los antivalores sustentada en la renta petrolera y la corrupción desaforada que ha hecho posible la vulgaridad y la indiscreción de lo que he llamado, en otro artículo, la fascinación de la inmundicia. La grave, profunda crisis ética y moral de un país todavía de endeble arquitectura institucional, con un gelatinoso e invertebrado aparato de Estado y siempre cercana al tribalismo primigenio. En la que el exhibicionismo y la impudicia del gobernante se convierten en claves de la seducción de sus masas de apoyo. La política como espectáculo. No como esos grandes e inéditos espectáculos de masas de que hicieran gala los totalitarismos modernos con los eventos son et lumière de Nüremberg y las paradas militares de Pekín y Moscú, sino como el triste, derrengado y vergonzoso circo pobre de un pobre país, que fuera rico y hoy exhibe sus harapos de pobre país pobre.

Lo grave del caso es que esa claudicación de las élites no sólo permitió la irrupción de la barbarie. Lo verdaderamente grave, a juzgar por el protagonismo que han detentado en el combate contra esta muy particular y sui generis forma de autocracia militarista y dictatorial, es que no parecen haber terminado por asimilar y metabolizar las funestas consecuencias de su claudicación. Puede que en la urgencia por enfrentar de la manera que fuese a este monstruo desconocido para nuestras generaciones que es el caudillismo vernáculo – tan ejemplar en la figura iniciática de Cipriano Castro y tan exponenciado en la ridícula y absurda impostura de su réplica centenaria, el teniente coronel Hugo Chávez – y en el inmediatismo él mismo bárbaro que caracteriza el comportamiento tropical de nuestras élites, se encuentren las claves del desconcierto del que parecemos ser presa los venezolanos.

Lo aborrecible es que a 13 años de caer en el abismo de la barbarie y tras treinta de haber iniciado la decadencia del estratégico proyecto de Punto Fijo, insistamos en la claudicación ante la presión de los brutos, ciegos hechos. Y no seamos capaces de sacudirnos la seducción de la barbarie enfrentándola con lucidez, con originalidad, con coraje. Es la acusación que me permito dirigir a las élites políticas, especialmente a las máximas dirigencias de los partidos ante su sumisión a la abyecta determinación del capricho especular de las mayorías, expresada en esa forma perversa y a veces estúpida de manipulación política llamada encuestas de opinión. De la que tuviéramos una grotesca manifestación en el triste caso de la reina de belleza Irene Sáez.

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Sin temor al rechazo que pueda provocar y ante el imperativo moral de mi responsabilidad ante la grave crisis existencial que vivimos quisiera señalar sin ambages que no necesariamente las figuras políticas mayormente favorecidas por las encuestas son las que manifiestan mayor densidad, mayor experiencia en las grandes lides de la política –nacional e internacional – y mayor estatura intelectual. Algunos de ellos no resisten una medición comparativa seria, responsable y sustentada frente a las grandes figuras de nuestro pasado político, única referencia explícita con que contamos. Ante una crisis de infinita menor complejidad que la actual como la del fin de la dictadura militar desarrollista del general Marcos Pérez Jiménez, el país contó con tres grandes tribunos: Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóbito Villalba. Acompañados, valga decir, por una pléyade de grandes figuras políticas de extracción socialdemócrata o socialcristiana, y decididamente modernizadoras e ilustradas, entre las cuales vale mencionar a Gonzalo Barrios, a Luis Beltrán Prieto Figueroa, a Juan Pablo Pérez Alfonzo, a Arístides Calvani, a Lorenzo Fernández, a Raúl Leoni, a Uslar Pietri, a Mariano Picón Salas, a Miguel Otero Silva y a tantos y tantos otros profesionales y técnicos que supieron ganarse el control del Estado y construir la Venezuela moderna y democrática que caracteriza la segunda mitad del siglo. La Venezuela actual aún sobrevive de la inercia modernizadora de esos cuarenta años y el impulso inicial de la Generación del 28. Políticos cultos, experimentados en la lucha clandestina y anti dictatorial, fogueados en los combates contra la dictadura. De ellos y su experiencia surgen las grandes figuras políticas de recambio, que las graves fracturas provocadas en gran medida por el impacto del castrismo y la lucha armada, así como por los posteriores errores cometidos por quienes, de entre ellos, traicionaran sus compromisos fundacionales cerrándole el paso hacia el Poder a sus propios discípulos, impidieron que asumieran la necesaria continuidad histórica del esfuerzo modernizador. Fue esa fractura en gran parte la responsable por el abismo en que nos encontramos.

Desgraciadamente, no todos los aspirantes están vinculados intelectual, orgánicamente a esa gran tradición política nacional. Y los que sí lo son, en lugar de verse favorecidos por ello, se ven descalificados por el capricho inmediatista e irreflexivo de las mayorías. Que al renegar de su pasado cierran las puertas de su futuro. Son las mismas mayorías que impusieran bajo los mismos criterios la matriz de la anti política y nos sirvieran en bandeja de plata la autocracia tiránica de “la cara nueva e incontaminada” de un teniente coronel golpista. Ciegos ante el abismo, pretenden descalificar ahora, siguiendo el mismo guión, la única herencia política con que contamos, subordinándose así al discurso disgregador y anarquizante que constituye la esencia de la hegemonía autocrática. Peor aún: instrumentalizando a las direcciones de los partidos políticos para poner de lado ideologías y compromisos históricos y jugar al azar del capricho mercantilizado de los manipuladores de opinión. ¿Pueden los partidos fundados por las figura más ilustradas y comprometidas de la política venezolana desde la fundación de la República, a cuyo esfuerzo y lucidez debemos lo que hoy todavía somos, correr a los brazos del parto de oscuros manipuladores de opinión volviéndole la espalda a sus determinaciones fundamentales?

Estamos ante el más crucial desafío de nuestra historia, bajo el imperio incontrolado del caos y la disgregación de nuestra más grave crisis existencial. Toda veleidad en la escogencia de los candidatos coadyuva a la tarea destructiva de la barbarie. Ante sus funestas consecuencias quien calla, otorga. Elevar mi reclamo ante la claudicación de nuestras élites es un imperativo moral. No debemos soslayarlo.

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