Opinión Nacional

La cornucopia electoral

Si no fuera por la dramática credulidad hipnótica de un pueblo seducido por la promesa de una parcela en el cielo, sería para estallar en carcajadas continentales la actitud demagógica del Chávez compañero que supera con creces aquel viejo chiste del político que prometía un puente y cuando un aldeano le informó que en ese pueblo no había río, sin inmutarse ofreció construirles uno bien ancho y bien hondo. Desde el fondo inagotable de aquel saco de los cuentos de las Mil y una noches, Chávez va sacando promesas imposibles y sobornos miserables que les aguan la boca a sus encandilados seguidores de la pobreza profesional, cuyos votos son su única pertenencia real y los cambiarán sin pensarlo mucho por ese cuento de hadas tan bonito… si fuera posible: Y en ese empeño Chávez – presionado por el secuestro de Ciudad Guyana durante más de 30 horas, en acto impune, violatorio de la Constitución y las leyes, que lesionó los derechos de miles de ciudadanos, bajo la consigna clientelar más infame  – no vacila en ordenar la inclusión de un millar y pico de tercerizados a la ya desbordada nómina de Sidor, empresa colapsada financieramente producto de la irresponsable munificencia de su propietario que ordena, en su delirio dispendioso, vender la cabilla con precios subsidiados, subsidio que debe asumir la empresa, que por ello no puede cubrir los costos de producción de ese rubro. Desproporción laboral que también ha puesto en práctica en las empresas del aluminio y en Ferrominera y Edelca, con las consecuencias previsibles para tan irresponsable populismo que ha devastado los beneficios contractuales de los auténticos trabajadores productivos de esas empresas, básicas en otros tiempos. Después de doce años ejerciendo el poder de forma omnímoda, sin perro que le ladre, con el gigantesco presupuesto de la nación bajo el colchón, para pasto de ratones y cucarachas, promete como si estuviera saliendo de Yare que ahora sí va a hacer lo que no hizo, porque este es un nuevo Chávez que ha surgido de lo profundo de la quimio cubana, pidiendo perdón por sus errores y, como el emperador de Japón después de la derrota atómica, reconociendo que “no es más que un ser humano”, aunque amenace con quedarse en el poder hasta el 2041 – claro, si la atenta doña Parca no decide otra cosa – y escondiendo la guadaña liberticida detrás de la espalda: Y de su inmensa boca, cual sombrero de copa rota, caen sobre la resequedad social, trémula de protestas por las promesas incumplidas, al ademán prestidigitado, como fino chubasco llanero – borrando todo vestigio de memoria histórica – viviendas por millones – “nunca se habían hecho tantas viviendas, trescientas mil en un año”, pero nadie las ha visto ni oído, como aquellos ganaderos embusteros que cuentan sus reses por dientes, Chávez cuenta las casas por ladrillos, ¿por qué, si eso es cierto, siguen en sus madrigueras insalubres los refugiados? Enseres domésticos chinos, desechables, por supuesto; carros iraníes de tecnología periclitada, teléfonos vergatarios que y que dejan al BB en el aparato, plantas eléctricas a chorro, autopistas y carreteras sin un hueco ni para remedio – ejemplo, ¿la carretera de los llanos? – escuelas de a montón y hospitales dotados con médicos tapa amarilla madurados con carburo; reducciones mágicas de la pobreza – proeza del lápiz del INE que ha sido “invisibilizada” por la oposición, ¿no será por la realidad? –  bonos de trescientos mil bolívares para todo menor de quince años en precariedad, que son legión después de prometer cambiarse el nombre si “en dos años se encuentra uno solo en esas condiciones”, lo que crea otra instancia para la corrupción y el parasitismo social. Ordena importar millones de dólares en comida cara para venderla barata en Mercal, inunda con su verbo entusiasmado los mercados y tarantines callejeros de perniles de cochino evanescentes y promete, jurando por esta, que las hayacas saldrán en cinco bolívares (no definió si de los viejos o de los “fuertes”). Ofrece incorporar a todos los tercera edad al régimen de pensiones – así nunca hayan cotizado – cargando esa cuenta también a una PDVSA que ya no puede con su alma y que ha tenido que abandonar sus inversiones en nuevas exploraciones al destinar ingentes recursos a satisfacer la insaciable chulería de la asociación de lambucios buscando alguito (ALBA), el reparto de dádivas y mantenimiento de misiones absurdas y a la usura brutal  del préstamo chino, que más parece un paquete chileno. Y la última, reconoce – fin de mundo – que “la inseguridad es uno de los más graves problemas que aqueja a Venezuela” – ¿cómo les quedaría el ojo a los adulantes de la tesis de la “sensación”? – y crea la Guardia del pueblo en vino tinto enfundada pero armada – ¿justificación para legitimar el control social cubano en nuestra sociedad? Sin embargo, no promete frenar la inflación que saquea el salario del trabajador – que según su inversión de valores, es producida por la especulación, no entiende que es al revés; ni reactivar el aparato productivo, ni incentivar con reglas claras la inversión privada – únicas maneras de crear empleos dignos y suficientes. No, toda esa oferta engañosa y con daño oculto pavimentará la vía, que no  láctea porque leche no hay, hacia el socialismo, definido como un estado de éxtasis perpetuo, en el cual el pueblo, castrados sus derechos civiles,  flotará en los efluvios del Guaire, alimentándose del mismo maná con el sabor de la imaginación que Moisés daba a los israelitas hasta que estos, hasta la coronilla de sus embustes, un bíblico 7 de octubre, le aplicaron un fulminante ¡sale pa´llá!

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