Opinión Nacional

La dictadura perfecta

La novedad de la actual dictadura, si tuviera alguna, es la preeminencia que le da al camuflaje que, hasta ahora, era una táctica militar subsidiaria o accesoria, que nunca podría suplantar al poderío real, a la fuerza efectiva disponible.

Desde tiempos inmemoriales se ha sostenido que el engaño, la estratagema o el arte de confundir al enemigo es un factor a veces decisivo en el combate; pero a nadie se le ha ocurrido postular que sea el único o más importante factor a la hora de presentar batalla.

Otras veces los ardides limitan su eficacia al caso de no presentarse ninguna verdadera confrontación, porque entonces terminan descubiertos y se hacen contraproducentes, como las celebradas vivezas de Rommel, el zorro del desierto, que hacía desfilar tanques de cartón con los pocos panzers con que contaba, hasta que llegó a El Alamein.

O el régimen de Corea del Norte, que despliega cientos de misiles detrás del único que lleva la carga atómica, truco que puede funcionar, salvo que alguien los ponga a prueba. El caso de Saddam Hussein ya resulta trágico, porque el poderío de que alardeaba y por el que era considerado una gravísima amenaza para el mundo, a la hora de la verdad, no apareció por ningún lado, pero sí lo condujo a él al cadalso.

Lo contrario a simular un poder que no se tiene es disimular la fuerza real detrás de una fachada aparentemente inofensiva, para sorprender al enemigo. También al verdadero poder, que opera en secreto. Usar lo que el ideólogo de la dictadura, Luis Britto García, llama: “La máscara del poder”.

Instituciones falsas, como la Asamblea Nacional, que son cajas de resonancia del tirano (Juan Vicente Gómez); pero que le dan un barniz de legitimidad a su voluntad omnímoda, como para decirle al mundo que “la oposición incita al incumplimiento de las leyes”, cosa que en el lenguaje europeo configura un delito per se. Esto, claro, porque ellos no saben, ni les interesa saber, a qué se llama aquí “leyes”, ni quiénes las hacen, ni cómo.

Los militares jefes de todas las instituciones del Estado se presentan en público vestidos de civil, si no con elegantes paltó y corbata, con indeciblemente inelegantes camisas rojas y por alguna razón que no explican se ofenden hasta la ofuscación si les anteponen al nombre su grado militar, como debería ser y de lo que deberían estar orgullosos.

Ahora la práctica más socorrida es poner a mujeres a ejecutar acciones de tal calaña que los militares no se atreven a realizar ellos mismos, so pena de que les acusen de gorilas.

FEMME FATALE. Ya algunos comentaristas han llamado la atención, en clave humorística algunos, en tono herido otros, sobre el notable predominio de féminas a la cabeza de los poderes públicos no ocupados directamente por militares (salvo en finanzas, donde se cumple la doble condición de mujeres militares en los altos mandos).

En el CNE Tibisay Lucena, TSJ Luisa Estella Morales, Asamblea Nacional Cilia Flores, Fiscalía General Luisa Ortega Díaz, Defensoría del Pueblo Gabriela Ramírez, Asuntos Varios Maripili Hernández y canalladas espectaculares, como el juicio y condena de los comisarios y los policías metropolitanos, se las encargan a mujeres, la juez Marjori Calderón y la fiscal Jaifa Aissami, hermana del Ministro del Interior, Tareck El Aissami.

Aparte especial merece la designada jefe del Distrito Metropolitano de Caracas, Jackeline Farías, objeto de toda la animadversión pública, pero que no se sabe a quién manda ni cuál es la fuente de su autoridad política, porque no fue elegida por nadie y ni siquiera parece advertir que está en medio de la disputa por una nómina, una bolsa con la cual se paga a una plantilla de malvivientes que deambulan por los alrededores, agrediendo a quien se acerque a la Plaza Bolívar, la esquina caliente, la Asamblea Nacional y que no le responden a ella, que es quien presta la cara.

Cualquier observador político imparcial podría pasarse la vida tratando de establecer cuál puede ser la fuente de poder de estas mujeres, qué es lo que les da autoridad y fuerza para hacer lo que hacen, quién les obedece y porqué, visto que ellas no son fundadoras ni jefes de ningún partido político, ni de una fuerza guerrillera triunfante, no tienen ninguna autoridad intelectual, tradicional, carismática y ni por los cargos que ostentan porque si de algo adolece Venezuela es de instituciones y de respeto a las leyes, por lo que su dominio no es, pues, lo que se pueda llamar “racional-legal”.

Siguiendo al ideólogo de la dictadura, Luis Britto García, detrás de las caras pintarrajeadas de colorete se encuentra “El Poder sin la máscara”: la DISIP, DIM, Guardia Nacional, las milicias y en última instancia las brigadas de caballería blindada, aviones Sukhoi, fragatas misilísticas y cien mil Kalashnikov, listas para disparar al son de aquella vieja consigna cubana “patria, socialismo o muerte” y todos los hilos convergiendo en las manos del gran titiritero.

Los comunistas, que gastaron las suelas de los zapatos clamando por todo el país contra “la falsa democracia de los ricos”, pretenden seguir consecuentemente sus propios prejuicios al punto de intentar edificar una “falsa democracia de los pobres”. El resultado es esta triste charada militarista en cuya confusión perdieron el norte y toda posibilidad de un programa inteligible, por lo que ahora no pueden creerse ni a sí mismos.

El asambleísmo comunista se resume en que el jefe toma una decisión, de allí baja al comité central, luego a los comités de base, donde se aprueba por aclamación. A veces escuchan en la asamblea a representantes del mundo exterior para ver “qué piensa el enemigo” y preparar las defensas ideológicas que consideren más contundentes.

MILITARISMO. Hay que prevenir contra el malentendido de confundir lo militar con esta caricatura que resulta cuando las prácticas y valores castrenses se pretenden extender a todo la sociedad, como si ésta pudiera funcionar a la manera de un cuartel.

El cuartel (como la cárcel o el hospital) es una realidad restringida, que funciona según una dinámica muy particular que por definición no puede hacerse extensiva a la sociedad civil en su conjunto, sencillamente, porque ésta no funciona ni puede funcionar así.

Lo militar supone una jerarquía estricta de relaciones de supra-subordinación, con una estructura de mando que se corresponde perfectamente con la disciplina y obediencia como valores supremos. Al contrario, la sociedad civil presupone una colectividad de hombres libres e iguales, que se encuentran en un plano horizontal, estableciendo relaciones de coordinación en forma voluntaria, al punto de que la validez de sus acuerdos depende en gran medida de que sus declaraciones de voluntad se hagan sin ningún tipo de apremio so pena de nulidad de lo acordado, pues la imposición vicia el consentimiento.

Las formas militares se justifican porque en principio deben servir casus belli; en cambio las formas civiles corresponden esencialmente a tiempos normales, siendo que la condición previa para la constitución misma de la sociedad civil es precisamente la paz. Pretender militarizar a la sociedad civil es algo tan absurdo como pretender “civilizar” el ámbito castrense y convertirlo en un mercado; no en balde, cuando los oficiales quieren impactar a los subalternos como si fuera un insulto les gritan: ¡No somos civiles!
El mercado no funciona ni puede funcionar mediante instrucciones autoritarias de tipo extraeconómico y cualquier intento en este sentido no logra sino distorsionarlo y hacerlo completamente anómalo.

Es una cosa cómica ver a capitostes militares, con barniz comunista, leer discursos salpicados de fraseología clasista, siendo que son tan mal tratados por esta doctrina. Para el marxismo, los militares no son una clase social y ni siquiera se consideran productivos en ningún sentido que se atribuya a esa palabra. No están vinculados con ningún factor de producción (capital, tierra, trabajo), pero además, para los marxistas, los militares oscilan de la condición de “brazo armado de la burguesía” a la de simples parásitos, léase bien: elementos que se nutren de lo que producen los demás, sin producir nada ellos mismos.

Para Marx y Engels, la extinción del Estado no significa otra cosa que la desaparición de esos “cuerpos especiales de hombres armados”, cuya función primordial es la represión de las clases oprimidas y no tienen ninguna razón de existir en una sociedad sin clases.

Lenin los trata con mayor desdén y su fórmula “obreros, campesinos y soldados” debe entenderse como la expresión social de la consigna política “pan, tierra y paz”, con que hacía proselitismo el partido socialdemócrata ruso. Era una alianza para quebrar al ejército ruso por la base, dividiendo a la soldadesca, casi toda de origen campesino, de los altos mandos, que eran considerados como aristócratas zaristas, con el señuelo de lograr una paz negociada en la I Guerra Mundial.

En ninguna de las revoluciones comunistas asiáticas los militares han pasado de ser “brazo armado de la burguesía” a “brazo armado del proletariado”, entre otras cosas porque se trata de ejércitos nacidos de guerrillas campesinas y éstas repudian esa condición de ser heraldos de una clase social industrial urbana.

La expresión que pulula en los textos marxistas de “obreros armados” traducida como equivalente a “soldados” es una contradictio in adjecto, porque se considera indigno del honor militar ocuparse de oficios viles o actividades manuales para ganarse el sustento, ¡incluso en Rusia!
Si la extensión de las formas castrenses es nefasta para la economía, es peor para la política, sobre todo por el frecuente intercambio de roles que desorienta, tanto más cuando asumen funciones de Estado. No se sabe qué hacer con tanto performance militar-civil y viceversa, al punto de que debería crearse una nueva disciplina “vestuariología” para Castro, Ortega y Chávez, porque cada vez que aparecen a la vista someten al público al desafío de desentrañar qué mensaje estarán enviando con la ropa que llevan puesta: si de militar, en traje de gala o uniforme de campaña; si de civil, paltó y corbata o ropa casual, mono deportivo o guayabera (hay expertos en esa materia).

La dictadura perfecta es el arte del camuflaje y la distracción, es la búsqueda del término apropiado que haga plausible cualquier atrocidad: “rescate” se llama al despojo de tierras; “democratización” a la confiscación; “liberación” se dice porque antes “éramos esclavos del capitalismo”. Pero, ¿cuándo han sido los militares esclavos? ¿De quién, como no sean los conscriptos a merced de sus superiores?
En Venezuela nadie es procesado por las verdaderas razones por las que es perseguido sino bajo acusaciones denigrantes, arbitrarias e increíbles, con lo que se muestra el bulto de lo que se oculta, mandando un mensaje de escarmiento a los espectadores.

Es cuestión de decir, como la Fiscal General: seguridad de la nación en lugar de “Seguridad Nacional”.

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