Opinión Nacional

La Fascinación

(%=Image(5142852,»L»)%) De un solo tirón, porque el relato no acepta interrupciones, he leído “La Fascinación de la víctima”, de Ana Teresa Torres, la escritora venezolana que nos había acostumbrado a trabajos de notable rigor histórico, pero quien esta vez se arriesgó con una novela policial, casi un thriller al estilo norteamericano, pero ambientada en la Caracas de hoy.

Ana Teresa Torres es psicóloga de formación y quizás se versionó a sí misma en el rol de la doctora Elvira Madigan, psiquiatra de origen canadiense a quien contratan para investigar dos homicidios, aparentemente inconexos, desencadenados durante la realización de un acto cultural.

La apuesta más ambiciosa de Ana Teresa Torres en este libro fue combinar los ambientes y rostros venezolanos con personajes representativos del temario internacional. De resultas el elenco no es exclusivamente criollo, sino que incorpora una familia de inmigrantes austríacos, posiblemente nazis, un escritor nacido en Venezuela pero residenciado en Europa, con tanto éxito que estaba a las puertas de un Nobel de Literatura, y algunos miembros de la colonia judía en Caracas.

Pero una autora tan densa y de formación histórica tan profunda como Torres no se satisfizó sólo con engarzar una narración apasionante, sino que abordó varios tópicos sociológicos, culturales, de la medicina legal, todos de primerísima actualidad.

El dilema ético sobre el afán indiscriminado por el lucro restalla a lo largo de la narración, describiendo la relativa inutilidad del dinero para gente muy rica pero muy infeliz: el escritor anciano, solitario y sin hijos, los magnates de la construcción que mueren millonarios pero abandonados, una rica heredera, también solterona, capaz de gastar una fortuna en cada sesión de psicoterapia.

La trama aborda de soslayo temas tan trascendentes como el de la depresión: juvenil, en edad madura y en la ancianidad, la vida sexual de una mujer madura y soltera, la drogadicción y la minusvalía afectiva de una niña rica sin escudos amorosos de su familia. Esta misma niña rica, entre sus bacanales de droga, queda embarazada, sin tener certeza de la identidad del progenitor: la cifra negra de la maternidad precoz y sin solidez afectiva.

Torres, con sus personajes desdichados, evoca la técnica galleguiana quien en cada novela hacia malabares para perfilar los problemas más sentidos de la Venezuela de entonces. El maestro abordó el alcoholismo, la violencia rural, el jefecivilismo, la barbarie. Torres, como su émula, incluye aquí la violencia penitenciaria, las perversiones del sistema de administración de justicia y la delincuencia desbordada.

Pero las pinceladas magistrales discurren al enfocar el cada vez más frecuente tema del incesto. El personaje central de la narración es un padre abusador, que no sólo mutila emocionalmente a su hija y a su nieta, sino que comete otra serie de actos de suprema incompasión. Adrian Budenbrook, genial, frío, taimado, anafectivo, libidinoso y materialista, un perfecto psicópata, a quien Ana Teresa Torres evita diagnosticar como tal, quizás para alejarse del trabajo de investigación propiamente psiquiátrico.

No es casualidad que esta novela haya visto luz este 2008, cuando Austria y ahora Polonia se han conmocionado por los prolongados incestos ejecutados por hombres maduros, padres aparentemente del común. El austríaco Josep Fritz, quien coincide en algunos rasgos con Budenbrook, también violó a dos generaciones de descendientes.

Pero la psicólogo Ana Teresa Torres se ha atrevido a más. Ha descrito un caso de incesto consensuado, en el cual, la hija que era una muchacha muy independiente, con muchas alternativas para librarse del acoso sexual del padre, reconoce mucho después que actuó seducida y no forzada por su progenitor. Aquí no medió la coacción, ni la amenaza, ni la presión económica, no hubo secuestro ni ignorancia o incultura. Sucede en el seno de una familia pudiente, de origen europeo y la relación terminó siendo casi formal, con largas conversaciones posteriores de alcoba.

El relato también pudo llamarse “Vidas sin máscaras”, porque en el transcurso de la investigación, la psiquiatra que hace de criminalista va descubriendo las “vidas secretas” de diversos personajes. El escritor sin recursos que tergiversó su biografía falseándose como exiliado político, aclamado en la vejez como un hombre de letras pero quien termina desenmascarado como un sujeto innnoble, capaz de traicionar a sus mejores amigos e incluso de contratar un sicario para eliminar a una joven que lo molesta. El joven poeta con su alma más llena de oportunismo que de odio, capaz de fungir como sicario al servicio de quien destruyó la vida de su padre muchos años atrás y luego termina convertido en panegirista del otro. La honorable matrona capaz de adoptar como propia una hija extramarital del marido, atenderla como a otra mascota, pero repudiándola intensamente al punto de no molestarse en acudir a su sepelio.

Este es un libro que motiva muchas reflexiones sobre la vida. Tras disfrutarlo, uno sale corriendo a abrazar a la familia y procurar la fe. Lo reseño aquí como lo que es: una obra magistral, propia de la plenitud narrativa a la que va llegando su autora. De seguro la traducirán a otros idiomas y es muy probable que la versionen para el cine. Enhorabuena por la literatura venezolana.

Abogado y Politólogo

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