Opinión Nacional

La justicia de los tirapiedras

Nada ni nadie nos quitará el inmenso gusto de darles la paliza que se merecen el 26 de septiembre. Compren maletas y baúles, que se acerca el momento de la despedida. Allí los esperaremos: en la bajadita.

¡Cuándo iba a imaginar  Tarek el Aissami, mientras encapuchado se dedicaba a apedrear las fuerzas del orden y llamaba al asalto al orden establecido, que un día no tan lejano y gracias a los oficios de un teniente coronel golpista iba a ocupar nada más y nada menos que el despacho de Carmelitas! ¿Imaginable un revoltoso de ministro del interior?

Como bien diría Chivo Negro: así son las cosas. O Ripley: aunque usted no lo crea. Que el segundo de a bordo pueda exhibir curriculum tan lanzallamas y tenga el poder como para mandar encarcelar al prefecto de Caracas, Richar Blanco, y se ensañe con uno de los políticos más sobresalientes de la breve historia democrática de la república, el ex presidente de una cámara de diputados que se encontraba a años luz de este antro que funge de asamblea, dos veces gobernador del Zulia y candidato a la presidencia de la república Oswaldo Álvarez Paz lo dice todo. A este insondable abismo de la nada hemos llegado. A esta inmundicia. En brazos de esta zarrapastra hemos terminado.

Ya el mundo comienza a encargarse de retratarlos de cuerpo entero. Y basta mencionarlo, para correr el albur de que un mendigo en estado de derecho decida ordenar tu encarcelación. ¿En qué universidades se graduaron estos administradores del desorden y la inmoralidad? ¿Qué autoridad académica expidió los diplomas y títulos que exhiben en sus vitrinas estos asaltantes contumaces? ¿Quién dictó las leyes de que se valen para, torcidas al antojo y voluntad del Mandamás, encarcelar la virtud, aherrojar la decencia, engrillar la honra de la patria?

Faltarán siglos para olvidar tanto abuso, tanto estupro, tanta iniquidad. Y años, muchos años, tal vez generaciones para enderezar el árbol torcido de la Patria. Un muro de los lamentos del tamaño de la muralla china para que los venezolanos vayamos a darnos de cabezazos por no haber seguido en su momento lo que dictaba la decencia y la legalidad: castigar a los golpistas e impedirles de por vida levantar cabeza como para que osaran ocupar el sillón de Simón Bolívar y de Rómulo Betancourt, malversado uno y despreciado el otro por el militarismo corrupto, avieso y prepotente que hoy deshonra la integridad de la Nación.

Somos, para infinita desgracia nuestra, olvidadizos y veleidosos los venezolanos. Y así como jugamos al golpismo banalizando la tragedia ominosa del 27 de febrero y el escándalo criminal del 4 de febrero, mandando a nuestros hijos a jugar con bombas de agua disfrazados de paracaidistas sediciosos, así podríamos mañana perdonar los 150 mil asesinatos, la dilapidación de 950 mil millones de dólares, la destrucción del Guri y de nuestras industrias básicas, la perversión de nuestras fuerzas armadas, la paralización y destrucción de nuestras industrias, el saqueo impúdico y monumental a los fondos de la Nación, pero por sobre todo: la deshonra aterradora de nuestro sistema de justicia, la venalidad de los jueces, la abyección de nuestros magistrados, la carencia de dignidad de nuestras autoridades.

El caso Álvarez Paz roza las cotas de lo que debe y no debe ser tolerado.  Es una prueba al temple, a la sabiduría, a la grandeza de la Venezuela decente, la opositora, que sobre la otra, la que avala y ampara estas monstruosidades más vale por ahora guardar el más sabio y discreto silencio. Toca el Mandamás la cuerda más sensible del sector más sensibilizado, con la intención de provocar la indignación incontrolada como para terminar por darle el palo a la lámpara, decretar el estado de excepción, cancelar el proceso electoral del 26 de septiembre y salirse con la suya, estableciendo una horrorosa dictadura en nuestra Patria. Se equivoca: reaccionaremos con el mismo temple y la misma grandeza que nos enseñan Álvarez Paz y Richar Blanco. Pensando con el corazón en el futuro de la patria y no con nuestras vísceras en la dulce y tierna venganza de la auténtica justicia.

Nadie nos quitará el inmenso gusto de darles la paliza que se merecen el 26 de septiembre. Compren maletas y baúles, que se acerca el momento de la despedida. Allí los esperaremos: en la bajadita.

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