Opinión Nacional

La LEU y el deslave universitario

Una de las lecturas que sobresale del cúmulo de comentarios sobre el veto presidencial a la Ley de Educación Universitaria (LEU), verdadero adefesio jurídico cocinado a la carrera por la anterior Asamblea Nacional, es el desconocimiento enciclopédico del gobierno nacional sobre la materia universitaria, al pretender generar los cambios necesarios vía “frenesí” legislativo.

El articulado de la LEU engavetada por el Presidente Hugo Chávez, es acaso una de las muestras más acabadas de cómo el fanatismo y el radicalismo ideológico, pueden generar una visión tan distorsionada e inviable sobre la Educación Superior, su conceptualización, sus procesos, sus actores, y sobre todo su papel en la construcción de lo que debe ser la sociedad del conocimiento, tal como lo impone la coyuntura global.

El análisis de los gazapos y distorsiones descomunales en el plano de la norma archivada, ha sido ya realizado por abogados y conocedores del hecho académico universitario, y por quienes se han detenido a estudiarla. Lo que de entrada trastocó este intento legislativo, como el de tantos, es el empeño y la obsesión delirante por imponer como valor filosófico, como premisa de acción, como misión principal a la Universidad, la construcción de la “patria socialista.”

Y he allí la paradoja: en lugar de promover cambios que refuercen la autonomía de la Universidad, que le permitan realizar desde el punto de vista organizativo, financiero y administrativo sus funciones de docencia, investigación y extensión, en la idea de la libertad y pluralidad de pensamiento que debe acoger la Academia en la búsqueda de la verdad, se pretendía someterla al lamentable designio de un proyecto de país con ribetes castrocomunistas, con una universidad sin atribuciones ni potestades, más parecida a un colegio grande, a una instancia de adoctrinamiento, controlada en toda su gestión por un burocratizado y supercentralizado Ministerio de Educación Superior.

Todo el consabido arsenal retórico seudoizquierista que se escucha en los seguidores del gobierno, según santo oficio del Sumo Pontífice de Miraflores, “diálogo de saberes ancestrales”, “unión de los pueblos de America Latina”, “participación del poder comunal”, “patria socialista bolivariana”, aparecen desperdigados a lo largo del fallido articulado, obra poética de la prosa comunista “revolucionaria”, inviable en el sentir de sus integrantes y en la praxis cotidiana de las Casas de Estudios Superiores del país.

Una Universidad es un espacio para la búsqueda del conocimiento, del saber, libre del condicionamiento y control absoluto que pretende asumir el gobierno, disfrazado de “Estado Docente”, en su lucha por derrotar “la preeminencia cultural del capitalismo”, del “Imperio” y el “consumismo”.

Aspira el gobierno a un mayor control político de las Universidades autónomas, para acallar las voces que, con múltiples e irrebatibles argumentos científicos y técnicos, han denunciado las desviaciones y perjuicios del proyecto oficial para el país, para desnaturalizarlas y aniquilarlas. Y no necesita para ello tumbar una pared, o demoler un edificio. En la práctica, ya lo está haciendo, al mantenerle un cerco presupuestario y a cuentagotas, incumpliendo acuerdos gremiales por años, que mantienen a profesores, empleados y a obreros, pero con especial ensañamiento a docentes, con deplorables niveles salariales, por más de tres años.

El mito del voto 1×1, es demagogia populista, así como la participación de los Consejos Comunales en la vida de la Universidad, que desconoce el concepto de lo que debe ser ésta como creadora de élites de científicos, profesionales y humanistas, cuyo más valioso aporte al país no es vestir una camisa roja, o blanca, o azul, sino poseer la más alta preparación para servir a la sociedad, sin más limitaciones que las que planteen el espacio, los recursos y las necesidades.

Sin dejar de reconocer la necesidad de cambios en su estructura, o en sus relaciones internas y externas, la Universidad venezolana lo que necesita es respeto a su autonomía, a su trayectoria y aportes al país, a su comunidad académica, científica, de estudiantes, empleados y obreros, y sus requerimientos financieros para trabajar dignamente.

Poco creíbles son las palabras presidenciales que invitan a un debate nacional sobre el tema. Los hechos pasados de enfrentamiento, agresiones e intolerancia hacia los universitarios que piensan distinto al gobierno, así lo demuestran. Solo la movilización activa de la comunidad universitaria nacional, en torno a un proyecto de Ley de Universidades que responda verdaderamente a la realidad de la Educación Superior en el país, y su mejora viable y continua, mediante el debate y la participación de todos los actores posibles, harán posible y le darán legitimidad a ese nuevo instrumento legal, más allá del espejismo oficial de pretender cambiar la realidad vía “paquetazos cubanos”.

Es común ya escuchar de concursos de oposición declarados desiertos, o de la renuncia de miembros del personal docente y de investigación, o administrativo en nuestras Universidades, ante el paupérrimo nivel de salarios con varios años sin ningún tipo de ajuste o aumento, que en nada compensan los años de estudio y la preparación requerida para sus funciones, o que hace rato no alcanzan para sufragar los gastos familiares.  Así como es lamentable la descapitalización intelectual del país, por la emigración de jóvenes profesionales que se van buscando mejores perspectivas de vida, lejos de delirios comunistas, vive la Universidad venezolana un verdadero deslave, ante la indolencia, la acción deliberada, o el desconocimiento oficial, o una macabra combinación de las tres.

Así se comenta entre quienes hacemos vida en la Universidad. Y luego del veto a la LEU que viene? Quedamos en las mismas. El debate y la acción apenas comienzan.

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