Opinión Nacional

La ley del forro

En el corazón memorioso de cada déspota latinoamericano –particularmente de la saga que inaugura el fascista Fidel Castro y culmina, por ahora, en el fascista Hugo Chávez – yace todo el arsenal de mentiras, fraudes, engaños y promesas dichas para incumplirlas por Adolfo Hitler desde que iniciara su carrera política. Lo único que salva al cabo austríaco es que toda esa retahíla de mentiras y falacias estaban empaquetadas en una gran verdad que enunció desde que abriera su hocico de Pitt Bull Terrier en una cervecería muniquense: la de que se apoderaría de Alemania, de Europa y del mundo comenzando por erradicar a los judíos de la faz del planeta tierra.

Nadie le creyó por sonar demasiado pavoroso e inabarcable. Para hacer realidad su propósito, que no le ocultó ni a sus peores enemigos, no hizo más que mentir, engañar, prometer, incumplir. Dijo en 1935, por ejemplo, que Alemania respetaría de manera sacrosanta el Tratado de Locarno, que desmilitarizaba el Rhin. Un año después defecó en tales promesas atravesando con sus tropas el Rhin y militarizando con sus hombres la zona de Renania. Juraba que Alemania sería la madre de todas las naciones pacíficas, mientras se rearmaba hasta los dientes. Mintió de la manera más escandalosa, sin que se le cayera un pelo del bigote. Siempre terminó saliéndose con la suya, tras adormecer y castrar las fuerzas internacionales que podrían habérsele opuesto.

¿No juró Fidel Castro que la suya sería una revolución democrática, para echarse en brazos de la Unión Soviética en cuanto se le hizo posible? Castro, el más avezado discípulo de Hitler, aprendió a mentir desde que vio la luz del mundo y actuar sin otro Dios que su ambición infinita ni más ley que la del forro de sus cojones. Para infinita desgracia de los mortales, que además de ingenuos y pusilánimes suelen correr a abrazarse a una mentira como a un clavo ardiente.

Tendrán que pagar los cubanos que nazcan después de ese monstruoso atropello de cincuenta años de tiranía para comprender el gigantesco error que significa que ningún código terrestre castigue la mentira y pene con muy pesadas condenas al farsante, al mentiroso, al hablador de pendejadas con resultados mortales.

Mussolini pagó sus mentiras colgando patas arriba de un farol milanés. Lo despellejaron para ver si él mismo era una falsificación, un robot o un espantapájaros relleno de mierda. Hitler, que debe haber sido todo eso y mucho más, impidió la autopsia regándose con cincuenta litros de gasolina y ardiendo hasta convertirse en un montón de cenizas. De Fidel Castro ya sabemos que es un flácido saco de excrementos. Pero que Chávez no se crea que podrá seguir mintiendo descaradamente, y que agarrando al hampa por los cachos o afirmando que la pobreza extrema comienza a desaparecer de este cuero seco tapizado de cascarria rojita llamado Venezuela. Eljuri que agarre su seguro contra incendios, que la nariz comienza a llegarle a la Plaza Bolívar.

El futuro código debiera castigar con la pena de muerte a quien mienta como lo han hecho los chavistas durante estos once años. Es lo menos que espera la decencia nacional de una oposición que tendrá que ponerse las pilas. No vaya ser cosa que también reciba su factura.

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