Opinión Nacional

La nacionalización del Estado

 Una de las consecuencias más dañinas de estos casi 13 años que lleva el señor Chávez en el poder, ha sido la paulatina des-nacionalización del Estado venezolano en por lo menos dos grandes dimensiones: una, la privatización política del Estado en manos de una parcialidad o secta hegemónica; y otra, la colocación del mando efectivo del Estado en cabezas foráneas, y en especial en la de Fidel Castro.

     En efecto, el Estado nacional de Venezuela es cada vez menos nacional, en el sentido de representativo del conjunto de la nación, y cada vez menos soberano en el sentido de ser conducido por y para los venezolanos. Lo más grave del drama es que se produce en medio de un vendaval retórico que apela al nacionalismo de cartón piedra, mientras se confiscan las instituciones nacionales y se depredan los recursos de la nación.

     Si la Constitución es el pacto que expresa el consenso nacional, y si a contravía de sus disposiciones se concentra y se ejerce el poder de forma arbitraria y exclusiva por parte del llamado comandante-presidente, entonces se hace obvia la privatización política del poder estatal. La Asamblea, el Tribunal Supremo, el Banco Central o las Fuerzas Armadas, dejan de ser instituciones nacionales para convertirse en apéndices forzosos del poder privatizado.

      Uno de los ejemplos más notorios lo pone la situación de la Asamblea «Nacional». La oposición logra que el CNE reconozca que obtuvo el 52% de la votación parlamentaria, o sea la mayoría absoluta, pero el «sistema privatizado» impone que su representación sea minoritaria y además casi inocua como contrapeso del poder hegemónico. Si esto no es la privatización de un poder del Estado, ¿qué es?

      Por otra parte, el proceso avasallante de «estatización» de la economía nacional, a lo que conlleva es al abultamiento del Estado privatizado en lo político. Parece una contradicción pero no lo es. Si la estructura del sector público es usada, usufructuada y dispuesta como si fuera propiedad privada de la «revolución bolivarista», entonces mientras más obesa e interventora sea la estructura más aparatosa será la privatización del Estado.

      Los Giordanis del régimen alegarán que el Estado venezolano «antes de la revolución», respondía a los intereses de las clases dominantes, del imperialismo yanqui, y etcétera; y que ahora se han cortado esas amarras y sólo depende del poder popular… Pero ese marxismo de kindergarten, como le denomina Teodoro Petkoff, no pasa de ser un ropaje patético para encubrir la no menos patética realidad de un Estado que ha llegado al extremo de hipotecar los yacimientos petroleros a un acreedor extranjero.

       El Estado de las listas-tascón, de la cubanización omnipresente de sus riendas, del «yo mando porque mando yo», de la más espesa opacidad informativa, del desprecio absoluto por la opinión disidente, de la disposición personalizada de todos sus recursos y haberes, y del desconocimiento frontal al estado de Derecho, es un Estado privatizado por las malas o las peores, en desmedro del conjunto nacional.

       De allí que una de las grandes tareas que habrá de emprenderse cuando sea posible la reconstrucción venezolana es, por tanto, la re-nacionalización del Estado. En pocas palabras, que el Estado sea capaz de representar al pluralismo político, regional, económico y social de la nación venezolana, y que sus decisiones, así mismo, sean adoptadas por venezolanos en el territorio nacional. Recuperar el Estado para la nación será una meta impostergable.

 


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