Opinión Nacional

La peor pena

Jamás aceptaron una investigación seria, objetiva y convincente en torno a los tristes sucesos de abril de 2002, contentándose con recrear constantemente la interesada versión presidencial. No en balde, sabotearon y caricaturizaron el debate parlamentario de entonces, temiéndole a una Comisión de la Verdad.

Los seguidores de Tiburón I, complacido en medio del largo y costoso periplo que lo ha llevado al extranjero, prontamente se amoldan a las circunstancias que les impone. Y es que también se saben amenazados por la ira del mandatario, quien nos les garantizará una amnistía ante la más ligera discrepancia, como ocurrió con los asesinos de Puente LLaguno, según el otro periplo: protegidos, hoy andan sueltos por las calles y hasta algunos promovidos en el elenco de poder, gracias a los vericuetos de una medida que apuntó al rescate de los suyos, lejos de todo gesto de reconciliación con el resto de los venezolanos.

El olvido de los presos políticos de la hora, es la peor pena en la que todos seremos responsables, porque no se trata de agotar la protesta hasta el suicidio, atrincherados en un voluntarismo inútil, pero sí de aportar ideas y esfuerzos para la lucha política, valorando la injusta prisión de los policías, de los conductores de camiones o de periodistas reducidos por revelar verdades. Hay sobradas lecciones al respecto, al asomarnos al caso de oficiales o de líderes sindicalistas de los que pocos se acuerdan creyendo que el ejercicio legítimo de la oposición es como tomarlo con soda en una tarde de playa o de montaña, urgido del hielo que no llega.

Estamos de acuerdo en la necesidad de promover al parlamento a todos nuestros presos políticos para que recuperen la libertad, aunque debemos anotar que se trata de una tarea política orientada a la más importante recuperación: la libertad y la democracia plenas, evitando la cárcel injusta e ilegítima. Podrán salir a la calle en caso de respetar el régimen lo que antes sencillamente se respetaba (como el de David Nieves, por ejemplo), pero no evitarán que otros ingresen a prisión por motivos semejantes internándonos en un círculo vicioso.

Aquellos que formen parte de las listas parlamentarias, como también ha ocurrido en consultas anteriores, deben entender el compromiso de un combate cívico que exige cierto y profundo sentido estratégico, más allá de las particulares necesidades sentidas. Al respecto, igualmente, hemos fallado en algunas ocasiones.

A modo de ilustración, los socialcristianos propusimos a Carlos Ortega como primer diputado por Caracas en 2005, con la incomprensible e injustificada oposición de Primero Justicia, como si el líder sindical hubiese estado jugando metras o perinola y, después, no hubiese cumplido un itinerario de sufrimientos: seguramente, Ortega hubiese cumplido un magnífico papel de haber acudido a los comicios. Acotemos, en el referido año acatamos disciplinadamente la decisión de no acudir a las elecciones, renunciando a las postulaciones, pero hubo personas que no lo hicieron, presos políticos que naufragaron, pero – siendo tan desesperadamente humana la decisión de no renunciar a la candidatura a la Asamblea Nacional – en el fondo registramos un cortocircuito estratégico y táctico en la oposición, por cierto, no delimitada estrictamente al ámbito partidista.

Estamos indignados por la sentencia que recayó en los funcionarios policiales que hicieron muchísimo para salvar vidas en abril de 2002, frente al avasallante Plan Avila de Tiburón I que deberá algún día responder por sus actos. Nuestra solidaridad militante con el testimonio de entereza e inequívoco venezolanismo de Forero, Vivas, Simonovis y todos los agentes de la Metropolitana que, además, fueron entregados por la representación diplomática salvadoreña.

No los olvidemos, inscritos en un esfuerzo mayor de lucha por la paz, por la libertad, por la democracia. Esta vez, sus familiares nos dan una tremenda lección de consecuencia, de persistencia y firmeza que debemos acoger completamente.

A propósito de San Marcos, el Padre Jesús Pino recientemente solicitaba una mayor vocación de vida, de abundantísima vida, permitiéndose una crítica extraordinaria en torno a la inseguridad personal reinante en nuestro país. Tomamos tamaña solicitud como nuestra, pues, sin que hiciere propaganda por una determinada bandera política, acertó al apuntar hacia la cultura de la muerte, de lo sombrío que – a nuestro parecer – ha pasado de la violencia cotidiana de las calles, urbanizaciones y barriadas, a una política de Estado que no sólo la tolera, sino estimula, llenando de penumbras todos los rincones: muerte, cárcel, persecución, amedrentamiento por motivos políticos.

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