Opinión Nacional

La política venezolana

La inconsistencia y puerilidad del debate político de los últimos
años, debe mucho a la interesada dislocación de la memoria colectiva.

Por ello, celebramos la oportuna, didáctica e indispensable entrega de
«La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días» de Diego
Bautista Urbaneja (Centro Gumilla – UCAB, Caracas, 2007).

Séptimo breviario de la colección Temas de Formación Sociopolítica,
excelentemente diseñada y diagramada, ofrece una versión convincente
del período, aventajada por un criterio o enfoque politológico
concreto. Este, en el que se notan las huellas de Juan Carlos Rey,
contribuye a precisar y ubicar adecuadamente los actores y eventos hoy
absurdamente olvidados, e -incluso- permite «corregir» la importancia
que el autor – antigüo militante- atribuye al MAS, frente a las
consecuencias tardías y no menos reales del magisterio ejercido por
Douglas Bravo, al fracasar la subversión armada de los sesenta.

Cobra importancia el contraste entre las anteriores reglas de decisión
y las actualmente cursantes, en torno al manejo del consenso y del
conflicto. Unas, validas de la mística democrática y empeñadas en la
maximización del consenso y la minimización del conflicto,
experimentaron tal descomposición para consagrar ahora la maximización
del conflicto con los adversarios como clave para la maximización del
consenso en el seno del oficialismo, con las secuelas discriminatorias
del caso.

Complementada por algunas sentencias de la cotidianidad política,
recogidas por un autor que tuvo responsabilidades dirigenciales,
hallamos que la democracia representativa de partidos debió enfrentar
los golpes de derecha y la insurrección de izquierda también con la
eficacia de sus realizaciones, pues, valga como ilustración el
incremento de la escolaridad entre 1958-1967 (28 ss.) que opaca
ciertamente las cifras de los últimos nueve años. U, otro ejemplo,
frente a las absurdas versiones en boga, aclara que no hizo falta un
referendum popular para aprobar la Constitución de 1961, fruto de un
radical consenso del país.

El ensayo da con interesantes hipótesis, como la de considerar a Uslar
Pietri como precursor de la «antipolítica» (36), u optar por la crisis
del «puntofijismo» debido a la realzación de su programa político, el
agotamiento de las vías económicas que tomó o la incapacidad de
atender las demandas sociales (103). Vale decir, abre las puertas para
un debate histórico al que todavía le queda mucho de político, dada
las fortísimas dosis de maniqueismo que padecemos.

Intenta con éxito desentrañar las líneas estructurales del chavismo,
enfatizando en un imaginario o creencia colectiva, para concluir
firmemente en que el «socialismo será lo que Chávez diga que es» (93,
147, 125, 154). Empero, llaman poderosamente la atención dos
circunstancias prestas para la discusión.

Así, por una parte, enfatiza que la calidad y el prestigio del
anterior liderazgo político (149) constituyó un factor decisivo para
la sustentación y desarrollo del «puntofijismo», dato nada anecdótico
si lanzamos nuestra mirada e interrogación sobre la actual dirigencia
opositora. Consideramos con mucha humildad que el promedio de los
conductores opositores de hoy, improvisados y ligeros, condicionados
por el régimen, ofrecen pocas credenciales como para protagonizar y
allanar una exigente etapa post-autoritaria: urge evaluar, enderezar y
potenciar el compromiso auténticamente político en la Venezuela que
cursa.

Y, por otra parte, Urbaneja indica el triunfo del proyecto de 1958 por
encima de la otrora creencia generalizada sobre la incapacidad
congénita del pueblo para vivir y hacer democracia. Mucho tememos que
una salida de Hugo Chávez del poder pueda relegitimar una perspectiva
del positivismo aún soterrado, cuya dureza y persistencia luce mayor
que la del marxismo anacrónico, y todo gracias a la pereza o
negligencia de no repensar el futuro del país: defender y ahondar las
identidades ideológicas son las que favorecen y autorizan a los
consensos básicos necesarios, pues, inexistentes, apenas lo simularán,
debilitadas sus bases.

Régimen falaz

Del falsos argumentos se alimenta la fábrica discursiva del régimen,
sin que lo apene por un instante. No teme a las evidencias siquiera
aritméticas, pues tiene por bien aceitada su costosa maquinaria
propagandística y publicitaria.

Al sumar las horas semanales de la prodigiosa reducción de la jornada
laboral propuesta por Hugo Chávez, todos nos percatamos del resignado
trabajo sabatino que tendremos que cumplir, si es que se consigue
empleo, pero el mandatario nacional se hace la vista gorda y promete,
por lo demás, la ampliación de la seguridad social como si la
Constitución vigente no se lo permitiera. Esto, un colmo de la
desfachatez, parece no conmover a sus ingenuos seguidores que,
respetándolos en lo posible, caen mansamente en el pozo de la
estupidez.

Ante las comunidades indígenas, en el curso de una alocución
improvisada, diagnosticó como causa del subdesarrollo la ausencia de
una decidida integración de los países de este lado del mundo
(12/10/07). Obviamente, no reparó en el modelo de desarrollo de países
como Chile que, independientemente de los reparos que le hagamos, está
muy por encima del «sueño» que lo embarga.

Desde Santa Clara, Cuba, hace demagogia con los taxistas, pero
-inevitable- refiere el problema de la inseguridad personal
(14/10/07). Empero, corre desesperado a abanicarnos mediáticamente con
sus ofrecimientos, como si no hubiese transcurrido nueve años y no
tuviera directa responsabilidad en el desastre y la muerte diaria de
los trabajadores del volante, cuyas protestas naturales y pacíficas
pasan por una gigantesca y macabra conspiración.

Nota aparte merecen los remiendos parlamentarios de la reforma
constitucional que no se entienden sin una orden y cálculo proveniente
de Miraflores, pues bastará con revisar el historial de leyes como la
de Responsabilidad Social en Radio y Televisión u Orgánica de la
Fuerza Armada Nacional para comprender la doble moral imperante. Por
si fuera poco, los remendadores amenazan con otro «chequeo» de las
piezas de aprobarse la reforma, si los diputados actuales sobreviven a
las futuras y arbitrarias purgas que les esperan por aquello del
barómetro de la lealtad hacia los grupos e intereses de poder ya
consolidados.

No sorprende la modificación del artículo referido al Estado de
Excepción, porque éste jamás ha sido aplicado ni siquiera durante los
consabidos acontecimientos de 2002, dada la grosera amplitud de
competencias del Presidente de la República. Así como antes
proclamaban el sagrado derecho a la libertad de expresión (o la
autonomía universitaria), lo que les faltaba era liquidarla para
justificar plenamente un eventual decreto que, repetimos, no les hizo
falta: un poco más, en esa competencia libérrima de procurar hacerse
«más papistas que el papa», habrá quien diga que no hará falta que la
Asamblea Nacional pondere tal decreto.

El régimen no soportará el más modesto dictamen del tribunal de la
historia, licuados todos sus actores. Nunca se había mentido con tanto
descaro, pues -por ejemplo- al menos, Gómez contó con el auxilio de
unos mentirosos de más talento.

Apostilla: aplaudimos el Congreso Ideológico de Primero Justicia,
aunque no entendemos aún el centro tan competido hoy en Venezuela.

Curioso, la práctica antecede a la reflexión, pero más vale tarde que
nunca. La política es también pensamiento, proyecto y sueño, por lo
que ojalá no sea un espectáculo más y podamos conocer los
planteamientos coherentes, profundos y -sobre todo- alternativos que
el país reclama.

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