Opinión Nacional

La primera derrota de Chávez

Caracas (AIPE)- Con la postergación de las elecciones generales que iban a realizarse el 28 de mayo en Venezuela el presidente Chávez sufrió su primera derrota política de importancia. No porque cuando se realicen finalmente, tal vez hacia finales de julio, no tenga la posibilidad de ganarlas, sino por razones que son mucho más sutiles y a la vez más poderosas.

La suspensión del proceso electoral se produjo cuando el Tribunal Supremo de Justicia (nombrado en última instancia por Chávez mismo) aceptó una denuncia de dos organizaciones civiles que sostenían que los comicios no podían realizarse por la falta de información del electorado y por el descomunal desorden existente en el sistema de cómputos y el material de votación. El Consejo Nacional Electoral (también nombrado por Chávez) había realizado una muy pobre tarea y todo hacía prever que los resultados de las elecciones demorarían en conocerse, que habría infinidad de objeciones y disputas, que se había perdido por completo la transparencia del proceso. Las puertas estaban abiertas para una situación complicada, potencialmente caótica, muy difícil de manejar. Pero, aún así, nada garantizaba durante los días previos a los comicios que estos fueran a postergarse como de hecho ocurrió.

Chávez podría haber insistido en mantener la fecha contra viento y marea: ya antes había hecho cosas similares. No vaciló en continuar el referendum del 15 de diciembre pasado, a pesar de las inundaciones que asolaban buena parte del país, ni en arrogarse para sí y para sus colaboradores -como el marxista Luis Miquilena- todos los resortes del gobierno. No hubiera sido imposible que, con todo a su favor y triunfante entonces en las elecciones, se decidiera a usar su incontrastable poder para acallar la oposición, hacer a un lado las críticas y continuar con su reinado personalista. Pero no lo pudo hacer.

No porque el Tribunal de Justicia se lo impidiera, ni por escrúpulos legales, ni por apego a un estado de derecho que no existe ni siquiera de nombre en Venezuela, sino por la pura y directa presión de las circunstancias, por la fuerza de una opinión pública que no está dispuesta a soportar pasivamente tantos atropellos, por la posible repercusión internacional de sus acciones y porque, además, no cuenta con el respaldo organizado que dice tener. Chávez tuvo que ceder ante un país que, mal o bien, se acostumbró durante 40 años a vivir en democracia, donde las dictaduras no pueden aceptarse sin más, donde un mínimo de pulcritud en materias tales como elecciones o el manejo de los fondos públicos resulta indispensable para poder seguir gobernando en paz.

Chávez sufrió esta primera derrota por su soberbia y por la evidente incompetencia de quienes ejecutan sus políticas y, como resultado, se ha mostrado un poco más conciliador durante algunos días. El sabe bien que el desastroso estado de la economía y sus arranques autoritarios disminuyen su popularidad y no le dejan demasiado espacio para maniobrar frente a la postergación de los comicios. Esto no quiere decir que podamos esperar cambios fundamentales: el caudillo venezolano no quiere -ni sabe- hacer otra cosa que gobernar en la forma confusa y personalista en que lo ha hecho durante año y medio. Con ideas anticuadas y fracasadas en materia económica, con una propensión al militarismo autoritario que es rechazada por buena parte del país y con un estilo pugnaz que ha dejado ya sus huellas en la vida política nacional, resulta casi impensable que pueda dar un verdadero viraje en su proyecto.

Por eso, lamentablemente, Venezuela seguirá en este limbo institucional en que se encuentra todavía por algunos meses más. No habrá cambios sustantivos sino un progresivo deterioro ante una incertidumbre que no cesa, una política económica incapaz de sacarnos de la recesión y un proyecto político -autoritario y básicamente irrealizable- que se va desmoronando poco a poco ante nuestros ojos.

* Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.

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