Opinión Nacional

La risa de Rómulo Betancourt

(%=Image(9847119,»L»)%) Empecemos por declarar que mi niñez, mi adolescencia y mi juventud se desarrollaron en un medio en el que Rómulo Betancourt era poco menos que detestado. Esa realidad empezó a cambiar cuando en 1959 conocí a Natalia López Arocha, que en 1961 se convirtió en mi esposa, pues buena parte de la familia de Natalia era más bien cercana a Betancourt. Y se morigeró aún más cuando actué como Segundo Secretario de la Embajada de Venezuela en la República Argentina, donde el embajador era Eligio Anzola Anzola, abiertamente partidario de Betancourt. En esos días visitó Argentina el Ministro de Relaciones Exteriores, Ignacio Iribarren Borges, y me tocó acompañarlo. Muy en privado le dijo que él también había sido adversario de la corriente política de Betancourt (Acción Democrática), pero con el tiempo descubrió que los “adecos” no comían niños y, finalmente, dejó de serlo del todo. Y terminó por desaparecer mi antipatía por Betancourt cuando, a partir de mayo de 1968, me tocó ser Primer Secretario de la Embajada de Venezuela en el reino de Dinamarca, en donde era embajador el poeta Vicente Gerbasi, también abierto partidario de Betancourt. Vicente me habló de un Rómulo Betancourt muy distinto al que me habían pintado mis parientes y amigos durante mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Me habló de un Betancourt culto, buen lector, buen amigo y gran conversador. Pero si aún quedaban en mi alma resabios de lo que contra Betancourt me había sido inyectado en mi niñez, mi adolescencia y mi juventud, desaparecieron del todo el día en que tuve oportunidad de conocerlo de verdad, cara a cara y en plan de conversación. Eso fue en septiembre de 1968, con motivo de la boda de mis muy buenos amigos Irene Kaplun y Fernando Gerbasi (hijo de Vicente). La boda fue en Ginebra, en un antiguo pabellón de caza, que era la casa de un tío de Irene. Fue a mediodía, seguida de un copioso y grato almuerzo, en donde tuve frente a mí a Betancourt, ambos flanqueando a la novia en la mesa del banquete. Y lo primero que me impresionó fue su risa. Al reír echaba hacia atrás la cabeza en un gesto casi idéntico al que muchas veces le vi a Augusto Márquez Cañizales, “Monseñor” Márquez, el esposo de Julia Brandt, prima de mi padre, el padre de mi mejor amigo, Federico Márquez Brandt, y de varios de mis parientes (y amigos) más queridos, Mariela, Elisa Elvira, Dumbo, Felipe. Era una risa franca, pegajosa, de quien disfrutaba enormemente lo que estaba celebrando. Y de repente me di cuenta de que no era ése el único parecido que podía tener con “Monse”: ambos llegaron a Caracas provenientes de pueblecitos de provincia, ambos actuaron en los sucesos de 1928, ambos eran cultos, buenos lectores y buenos conversadores y, sobre todo, ambos, especialmente Betancourt, eran paradigmas de lo venezolano. Al llegar a Copenhague, de regreso de la boda, le comenté a Natalia que jamás había conocido yo a alguien tan parecido a lo que es ser venezolano como Rómulo Betancourt. Mi opinión ya había llegado a ser absolutamente opuesta a lo que fue durante mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Después vino un elemento a sumarse a lo que generó mi cambio de opinión: el conocer de cerca, como buena amiga mía, de Natalia, de mis hijos y ahora hasta de mis nietos, a Virginia Betancourt. Simplemente, el padre de una persona con tantas cualidades no puede ser alguien negativo. Varias veces tuve oportunidad de ratificar hasta la saciedad mi opinión francamente positiva sobre Rómulo Betancourt, sin importar lo político ni las opiniones de los que desde mi niñez, mi adolescencia y mi juventud habían sido mis parientes y amigos. Rómulo Betancourt, el hombre cuyo tesón y cuya firmeza lograron imponer la verdadera democracia en Venezuela, y de quien tantas cosas malas me habían dicho, merecía todo mi respeto y toda mi admiración. Además de mi afecto. Entre otras cosas me bastaba con recordar la calidad de su risa.

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