Opinión Nacional

La salud en terapia intensiva

Cada semana tenemos un conflicto mental. Generalmente, los martes en la mañana los dedicamos a escribir nuestras opiniones que aparecen publicadas en la versión electrónica de EL UNIVERSAL y luego en Venezuela Analítica y en Venezuela al día. Todas publicaciones virtuales.

Esta semana, después de decantar varios temas, hemos escogido hablar de salud. La reciente desaparición de nuestro querido amigo de muchos años, Pablo Aguilar, escuchar en el programa matutino de 99.9 FM a los jóvenes cuasi galenos que conforman la Fundación mil en mil y leer en EL UNIVERSAL el artículo del doctor José Isaac sobre el Hospital Vargas, nos hacen conformar un escenario que retrata la destrucción de la salud para el venezolano medio. Expliquémonos.

Pablo Aguilar fue un magnífico empleado de nuestro club. Durante más de tres décadas, junto con Cheo, fue la sonrisa que le dio la bienvenida a cada visitante y a todos nos trató con la misma cortesía, con el mismo respeto y con el mismo cariño. El domingo 5 de julio, comenzando sus labores habituales, sufrió un accidente cerebro vascular que cinco días más tarde lo condujo a la muerte. Fue auxiliado por un distinguido galeno que lo llevó a una clínica y allí transcurrieron sus últimos cinco días de vida. La factura, inabordable para sus familiares, ascendió a seis cifras bajas. Que incongruencia.

La “Fundación mil en mil”, promovida por estudiantes de medicina que cursan sus últimos años de la carrera, asiste al programa de César Miguel Rondón. Viven a diario las barbaridades que sufren los pacientes de menores recursos del Hospital Universitario y para paliar la situación, dentro de sus limitadas posibilidades, promueven una fundación que aspira suministrar las medicinas a pacientes que están vinculados a su sitio de estudios y que no tienen posibilidades de comprar los fármacos que le son imprescindibles. Aplaudimos y admiramos a estos jóvenes, más nos parece que tratan de vaciar el mar con un pocillo. De todas maneras: “chapeau”.

En EL UNIVERSAL leemos el artículo “El Hospital Vargas” escrito por el Dr. José Isaac. Causa estupor y produce vómitos el leer la tragedia que aqueja al Hospital Vargas. Este centro hospitalario y docente, que debía merecer la admiración el respeto y el mimo de toda persona vinculada a la salud venezolana, está sumido en el más pavoroso abandono.

Dicen que se está remodelando. Los trabajos, que no tienen ni concierto ni plazo, han provocado el colapso de varias de las necesarias actividades que allí deben desarrollarse. Ya no es posible realizar actos quirúrgicos. El riesgo al que estarían sometidos los pacientes es inimaginable.

Estamos seguros que la tragedia se repite en casi la totalidad de los hospitales públicos de la estropeada república.

En EL NACIONAL leemos que el número de camas que existen en toda la nación, para atender a la población infantil es absolutamente deficitario. También leemos que para atender las emergencias donde se requiere la presencia de los bomberos, solo existen dieciocho o veinte ambulancias. Entretanto, los pseudo conductores de la sanidad nacional se jactan de donar cientos de ambulancias al pueblo de Bolivia.

Lo que aquí narramos no es otra cosa que un capítulo más en el proceso de destrucción del país. ¿Cómo contrarrestamos estas situaciones? Huelgan comentarios.

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