Opinión Nacional

Liberal, hijo, liberal…

En días recientes mi hijo mayor, Juancito, inquiría sobre el vaporoso piso ideológico de la oposición democrática venezolana, dada la aparente nitidez ideológica del gobierno nacional. No me sentí cómodo hablando por los demás pero alegué en defensa propia que:

A diferencia del marxismo, o de los fascismos, el liberalismo, en verdad no constituye una dogmática, una ideología cerrada y autosuficiente con respuestas prefabricadas para todos los problemas sociales, sino una doctrina que, a partir de una suma relativamente reducida de principios básicos estructurados en torno a la defensa de la libertad política y de la libertad económica; es decir, de la democracia y del mercado libre- admite en su seno gran variedad de tendencias y de matices.

Entonces, mi hijo repreguntó: ¿Cuáles son esos principios básicos? A lo que respondí: la defensa de la economía de mercado (también denominada «sistema capitalista» o de «libre empresa»); la libertad de comercio (librecambismo) y, en general, la libre circulación de personas, capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido que impida su manipulación inflacionaria por parte del gobierno; el establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres humanos -incluyendo aquellos que formen parte del Gobierno- estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas en su sentido «material» (normas jurídicas, básicamente de derecho civil y penal, abstractas y de general e igual aplicación a todos); la limitación del poder del Gobierno al mínimo necesario para definir y defender adecuadamente el derecho a la vida y a la propiedad privada, a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas y contratos; la limitación y control del gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de poderes políticos (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) que evite cualquier atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización de procedimientos auténticamente democráticos para elegir a los gobernantes, sin que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar la violación del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías y disidentes; y el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la Tierra.

Tratando de resumir, le dije al retoño, que el liberalismo y la economía de libre mercado son el sistema político y económico más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano. Recordándole a Juan Pablo II, quien al preguntarse si el capitalismo es la vía para el progreso económico y social contestó: «Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de ‘economía de empresa’, ‘economía de mercado’, o simplemente ‘economía libre’…» (Centessimus Annus, cap. IV, num. 42).

Ya para concluir, lo miré fijamente a los ojos, sin miedo y sin ninguna vergüenza, y convine: «soy liberal, hijo, liberal; a mucha honra».

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