Opinión Nacional

Los alimentos de la ira

… Fueron encontrados esta semana en Puerto Cabello y Tinaquillo. El viento trajo el hedor y la pudrición hasta los hogares empobrecidos; luego por los medios de comunicación sabemos que seme¬jante perversidad se veía venir desde agosto pasado dado los desbarajustes en Pdval. Con el hedor llegó el silencio aunque él hoy habló seis horas. Sólo en Venezuela el pan nuestro de cada día es convertido en podredumbre mediante una revolución. Tierra arrasada, pan po¬drido, empre-sas confiscadas, trabajos suprimidos. En otras latitudes, las catástrofes de la madre Natu¬ra¬leza traen hambre y desgracia pero sólo en Venezuela ambas llegan por vía de la in¬sensatez del régi-men. Si desperdiciar comida es una pifia fatal ejercida contra un pue¬blo ¿cuál será el nivel de rechazo en las encuestas y el desprecio en los hogares hacia quien lo permite y calla? ¿Cómo un pata en el suelo permite que sus compinches pateen y quemen alimentos en pleno siglo XXI? Las respuestas van en una misma dirección: ira, desme¬sura, desgobierno, rabietas, agresión, insolencia, resentimiento, intolerancia, exclusión, hos¬tilidad, discriminación, indecencia…
La incompetencia del gobierno ha tocado fondo al apretar el bolsillo y el estómago del pueblo. Son once años de desmadre − pérdida de cordura y dignidad, dice el diccionario; once años va-puleando adrede el sentido común de los ciudadanos y de ceguera ante la cruda realidad de mu-chos en cual¬quier barrio. Son once años de irracionalidad, de anti-cien¬cia, sea por el lado de la economía o la tecnología. Basta anotar que sólo llego un celular a Venezuela, sólo un blackberry fabricado para hacerle trampas a determinado usuario y ese le tocó a él. ¡No, no compadre, yo, er mesmo, no me dejo engañar ni trampear por un celular…De esa pamplina quedan las risitas, burlas entre los televidentes. Más aun, peor aun, se pone en evidencia la distancia años luz de una percepción tan egocéntrica como primitiva acerca de la tecnología en general. Mientras, aquí y ahora, ante la evidencia de los alimentos escondi¬dos y podridos, per¬sistirá en los hogares vene-zolanos el sabor amargo de un engaño inconmensu¬rable sólo com¬parable con aquel delirio revo-lucionario de una soberanía alimentaria endógena.

Años atrás, cuánta satisfacción expresaba quien en algún rincón de Venezuela al terminar de almorzar, decía, gracias a Dios, que de tres ya ví dos… Qué rigor y modestia había en nuestros mayores al inculcar la letanía, la comida no se bota. Se trata de la ética de la responsabilidad por el lado de la estima ante el alimento, el pan de cada día como un don, un bien, bien habido, pro-ducto del esfuerzo, trabajo y sudor. Acerca de laboriosidad y sudor los maracuchos mucho saben. Cuánto desparpajo y sabiduría popular encierra el aviso, si no lo sudáis, no lo pagáis… colocado a la entrada de ventas de sancocho allá por Las Playitas en Maracaibo. Cuánta alegría muestra el rostro de un niño, mi nietecito ante el plato lleno con aquella hermosa frase andina cargada de agradecimiento, gracias abuela, Dios le pague. Son maneras criollas o formas sociales sedimen-tadas y transmitidas relativas al respeto por la comida, el alimento, el pan nuestro de cada día.

Hoy, ante la pérdida de unas veinte mil toneladas de alimento se instala por doquier un sabor amargo por la desidia y el silencio gubernamental ante semejante ofensa masiva. Son los alimen-tos de la ira, la ira de las tripas. Sería fulminante escuchar en estos días la voz de algunas madres con hambre, pelando duro, a medida que sigue aumentando la cantidad de contenedores podridos y el hedor. Hoy, cuánta tristeza reina en los hogares a causa de la degradación y confrontación de quienes nos gobiernan. Con el estómago vacío y la boca abierta sin aliento ni alimento mu¬chos claman al Cielo por tanta miseria a la cubana, miseria empeñada para satisfacer los reconcomios del mandamás de aquí y los dos hermanos allá.

Da la impresión que toda palabra u orden vociferada desde Miraflores trae las señas atribuidas por los antiguos a la hibris. En Grecia, la hibris se mostraba en la tragedia para efectos de catarsis o lección; además según los mitos, tal desmesura se pagaba con la locura. Entre la Cristiandad, la ira es consi¬derada como pecado capital cuyo extremo en tanto virtud es la paciencia. Paciencia y barajar –decía el Quijote. La frase exhorta a quien en el juego ha venido perdiendo… En la actualidad, la ira violenta, ebria de poder contra los ciudadanos y las consecuencias negati¬vas de las acciones provocadas por el gobernante corren por Internet dándole la vuelta al pla¬neta, claro está, con toda una imagen y carga peyorativa bien ganada. Hoy, en la política, la ira de un gobernante sólo suscita rechazo y descrédito por decir lo menos.

También hoy los científicos han estudiado la desmesura recreada como propaganda en el conti-nuo ira-hostilidad-agresivi¬dad. En criollo, mera arrechera. Porque las respuestas externas del iracundo –explican ellos – son dos, el ata¬que o la huida. Las expresiones faciales, corporales y su lenguaje ante el adorado micrófono lo delatan. También los expertos vienen mostrando que la ira y el resenti¬miento en quien ejerce el poder se rumian de más en más. Luego – agregamos – sobresale el cúmulo de hechos: un particular evento con consecuen¬cias imborrables a nivel inter-na¬cional y nacional (importación + alimentos podridos); además, la ira rabieta se incrementa ante situacio¬nes de carácter institucional (normas infringidas + res¬ponsabilidades no asumi¬das).

Como merecido castigo la ira del Cielo lloverá de aquí a septiem¬bre allá por Miraflores. Como merecido escarmiento vendrán los votos castigo a colmar una nueva Asamblea Nacio¬nal. La gente resistirá protestando hasta septiembre y más allá, por ali¬mentos, la harina Pan el pan nuestro de cada día y la Polarcita bien fría.

Desde esta semana, los otros alimentos, los de Pdval pasa¬n a ser los alimentos de la ira y la infa-mia. Por el lado posi¬tivo, hacia la ciudadanía, la po¬dredumbre encendió las alarmas y las man-tendrá por doquier. Na¬die en su sano juicio, ni aun con hambre, va a resignarse, a pasar por alto, cómo se desperdician, derrochan, dilapidan y malbaratan toneladas de comida hace meses acapa-rada por funcionarios guberna¬mentales, comida ahora podri¬da y a la vista de toda una sociedad hambrienta que en la oscuridad busca toda clase de alimentos, materiales y espirituales.

En fin, los antropólogos respecto a los alimentos aplican la distinción entre lo crudo y lo cocido. Así aluden a niveles o umbrales socio-culturales superados en determinada sociedad, por caso, entre prácticas primitivas y otras más pragmáticas y mejoradas gracias al acerbo técnico y al despliegue tecnológico en la satisfacción colectiva de las necesidades humanas básicas. Para la Venezuela de hoy en día, como sociedad civil sometida a una franca involución y a la merced de un gobierno separado, muy distante de la racionalidad científico- tecnológica y de las Universi-dades, ante semejante realidad, para afinar y afilar las miradas, asomo para repensar esta otra dis-tinción respecto al tema alimentario: lo crudo, lo cocido y lo podrido.

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