Opinión Nacional

Los antiayudantes de Raúl Leoni

Raúl Leoni, el segundo presidente de la Venezuela ya totalmente democrática, fue un hombre esencialmente bueno. De eso puedo dar fe yo, pero con más conocimiento y razones la podía dar mi suegro, Guillermo López Gallegos, que fue su compañero de la Generación del 28 y de otros hechos de sus vidas. Cuando se enteró (mi suegro) de que Leoni era el candidato de Acción Democrática, entonces partido de gobierno, para las elecciones de 1963, exclamó “¡Cómo le van a echar esa vaina al calvito!”, refiriéndose, obviamente, a su bonhomía, que haría que se lo comieran vivo en las primeras de cambio. Por fortuna, no fue así, porque además de ser bueno, Raúl Leoni era un hombre de carácter recio, que no se dejaba amedrentar por nadie (lo cortés no quita lo valiente). Encabezó uno de los mejores gobiernos (si no el mejor) de la historia de Venezuela, y sus gabinetes están entre los más notables que ha conocido el país, con personalidades que brillaban con luz propia. Digo que puedo dar fe de que era un hombre bueno y con personalidad por algo que ocurrió inmediatamente después de las elecciones que lo convirtieron en Presidente de la República, es decir, en diciembre de 1963. Mi automóvil, un humilde Opel lleno de propaganda política en contra del gobierno de Acción Democrática y de su candidato, Raúl Leoni, y a favor de la candidatura de oposición de Arturo Uslar Pietri, estaba estacionado frente a la casa de la abuela de mi mujer, doña Chea Rui de Arocha, cuando llegó la caravana oficial del Presidente Electo, que venía a saludar a doña Chea con motivo de las Navidades. Con actitud violenta y agresiva entró a la casa un militarcito, supongo que teniente o capitán, y gritó con voz de sargento locutor: “¡El propietario del Opel que lo retire ya o va a ser remolcado!”. No se había dado cuenta de que inmediatamente detrás de él, del militarcito, venía el Presidente Electo, que al ver que yo me levantaba me abrazó y me dijo: “¿El carro es tuyo?… ¡Déjalo ahí, que no está molestando a nadie!”. La mirada de odio que me dedicó el militarcito desautorizado y frustrado bien podría haber fundido los motores de una docena de automóviles más grandes que el mío. La gestión de Leoni, como Presidente de la República, sólo tuvo un lunar feo en verdad importante: un cierto abuso en la represión política, esencialmente contra la extrema izquierda que había caído en la aberración de la lucha armada y foquista. Por supuesto que eso es algo que no puede atribuírsele a Leoni personalmente, salvo por una actitud que quizás fue demasiado liberal, y hasta permisiva, y que sólo podría explicarse por los abusos de los insurgentes, que pretendían ser militares, y de los militares, que son simplemente militares, y los policías, que tienen almas militares. Esa actitud del militarcito que ordenaba con furia que yo retirara mi automóvil es muy parecida a las de los militarcitos que en general pretenden que todos retiremos nuestros automóviles porque esa es su forma de ejercer su violencia autoritaria contra los civiles, contra la gente. Fue, tenía que ser, la que usaron para combatir la insurgencia, casi siempre respondiendo con ilegalidad a la ilegalidad, con violencia irracional a la violencia racional. El gobierno de Leoni habría sido realmente excelente, excelente del todo, si no hubiesen existido los abusos de poder de militares y policías, es decir, de los cultores de la violencia y el abuso, violencia y abuso que no se practicó sólo contra los insurgentes izquierdistas, sino contra muchos cuyo “delito” era tener un automóvil con propaganda electoral que molestaba a un jenízaro obsecuente que quería ganar puntos son su superior. Habría sido perfecto que el superior se enterara y los desautorizara y los frustrara, como ocurrió con el teniente o capitán que quería remolcar mi Opel, y que debe haber llegado a General a la larga, salvo que la frustración de esa tarde navideña lo haya amargado al extremo de cortar su carrera autoritaria. Por desgracia, esos antiayudantes le hicieron un daño enorme a la democracia venezolana. Y esos son los que gobiernan el país desde 1999, los propulsores del “Socialismo del Siglo XXI”, los que gritan “Patria, Socialismo o Muerte” y condenan a muerte por igual a la patria y al socialismo. Hoy, el gobierno de uno de ellos, de un militar nazifascista, apela aún mucho más a la violencia irracional, sin que exista situación alguna que permita siquiera explicarlo, ni mucho menos justificarlo. Se trata, simplemente, de la mentalidad militar, que es nazifascista por naturaleza.

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