Opinión Nacional

Luis Mariano Rivera y Federico García Lorca, celebradores de la vida en tiempo de misiles

(%=Image(5098240,»L»)%) 19 de agosto del 2006 se conjugan dos aniversarios que dan la medida de cómo un mismo canto se atrinchera en el corazón del hombre para que nada ni nadie lo pueda quebrar. Hace 70 años (19 de agosto de 1936), un disparo lleno del odio que suelen cultivar quienes estuvieron y siguen empeñados en dividir y disgregar, acalló la materia física de FEDERICO GARCÍA LORCA. ¿Sabrán sus asesinos de entonces y de hoy que el disparo sólo atinó a afinar las cuerdas de su sonora guitarra hecha de azahares y lirios? ¿Tendrán conciencia de que desde entonces hasta hoy su palabra-música se sigue esparciendo en el corazón de la humanidad como una saeta de luz?

(%=Image(6123107,»L»)%) Hace cien años (19 de agosto de 1906), en Canchunchú Florido, nace ese otro trovador de la vida, la naturaleza y la ternura que se llama LUIS MARIANO RIVERA. Sus coplas, a la manera de Federico, resumen el esplendor de las pupilas cuando son capaces de ver, más allá de los aspavientos, la esencia de la flor que se derrama sobre los caminos, el sonoro cantar que dejan los tucusitos en las guarderías de los pétalos, el armonioso andar de las guacaritas, que dibujan estelas de plata sobre la sonrisa del niño, o el juguito de amor que destilan las cerecitas sobre el planeta todo.

En este hoy, vacío de cantos y de flores, en los que las metralletas y los misiles quisieran apoderarse del silencio de donde mana la corriente de la vida, Federico y Luis Mariano se hermanan en esa laboriosa tarea a la que llamaba León Felipe de juntar los pedazos rotos de la canción, hasta que en ella resuene de nuevo la plenitud de lo que somos. A ambos les quisieron inventar la muerte y de ella han escapado ilesos para adentrarse en el universo del porvenir.

A Federico un fusil quiso aquietarle la creciente de sus olivares, el color exacto de la pena, la melodía sin fin de sus ríos de amor. A Luis Mariano le inventaron cercas para que no traspasara los límites de lo popular y no se le ocurriera adentrarse en el alhambra donde suelen colocar a los poetas, para encerrar sus acordes en órdenes y números que nada tienen que ver con la vigorosa fuerza que los hace estallar en cantos.

Sobre esa mentira de la cultura, y de la cultura popular en particular escribimos, en homenaje a Luis Mariano, en un libro que sale en esta fecha (MS, La trampa-engaño de la cultura. Aproximación a Luis Mariano Rivera. Caracas, CPT-UCV, 2006) como una celebración a ese canto que nace de su hondura, que se transporta en juguitos de amor, que se aposenta en esa observación reverente del hombre, que le permite acceder a su más hermosa condición, más allá de la tristeza, la penuria, el dolor y la muerte.

Luis Mariano y Federico son ambos celebradores de la vida, en tiempos de misiles. Invitamos en esta fecha a acercarse a sus residencias astrales, a sus territorios de verdes, a sus campamentos de ternura, a su capacidad para ser radiografía inversa del hombre, para regalarle al planeta, la ristra de florerías de que está hecho y que sin embargo, quedan atrapadas en los letales juegos en que la muerte se ha ido adueñando de todo, con nuestra anuencia y complicidad. Volver a ellos es convertirse en militante de la alegría y en sembrador de porvenir. A esa tarea permanente convocamos, envueltos en sevillanas y en ese campo de armonías que trae en sus versos sus infinitas alianzas de amor.

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