Opinión Nacional

Maduro no duerme pensando que lo espera una explosión social

La explosión social de febrero del 89 que dio inicio al proceso que 10 años después llevó a la presidencia al teniente coronel, Hugo Chávez, -y que luego fue implementada subsecuentemente en Bolivia, Ecuador y Argentina como un mecanismo eficaz para llevar al poder a gobiernos de izquierda-, es hoy el fantasma que tiene fuera de sus cabales a Nicolás Maduro, durmiendo con somníferos y rezándole a los santos del cielo y de la tierra para que lo libren de tamaña calamidad.

¡La explosión social!…con cientos de miles de hambrientos bajando de los cerros, escapando de sus ghetos y barriadas, y noticias de que otros tantos vienen a sumárseles de Guatire, Guarenas, Ocumare del Tuy, Aragua, Vargas y él, Maduro, en Miraflores, íngrimo y solo, sin que nadie le atienda los celulares, porque parece llegada la hora de la gran estampida, del “¡sálvese quien pueda!”.

La temía el difunto presidente Chávez, le tenía pavor, pues siempre comentaba: “Cuando les toque gobernar eviten a toca costa la explosión social ‘por hambre’, porque en ese caso nadie será capaz de contener la enorme marejada de pobres que vienen a sacarlos del poder, nadie, ni siquiera los aguerridos camaradas cubanos”.

¿Los aguerridos camaradas cubanos? ¿Los soldados, milicianos y agentes de inteligencia que mandó Raúl como un recurso de última hora, como los “patria o muerte” que no debían abandonar al sucesor ni aún en peligro de muerte?

Pues el “comandante eterno” se revolcaría en su tumba si se enterara que desde hace dos días hacen cola en la embajada de los Estados Unidos para asilarse en el Imperio, ganando puntos en esta coyuntura en que será imposible que puedan ser sospechosos de castrismo u otros ismos, sino como unos caribeños comunes y corrientes ansiosos de vivir el “sueño americano”.

Ya lo había hecho el 90 por ciento de los médicos y de los entrenadores deportivos, que se fugaron casi todos por la frontera con Colombia, o por Maiquetía, comprando funcionarios corruptos como hacen los narcotraficantes, e instalándose en Miami, donde se quedan o salen para otros destinos donde, por lo menos, les pagan sus sueldos.

 

Pero eso no es lo que más le duele al sucesor, porque al fin y al cabo “cubanos son cubanos” y “venezolanos venezolanos”; lo que le escuece el alma es que del Alto Mando o “Comando Estratégico Operacional” le acaba de llegar un e mail (seguramente “el último e mail”): “Presidente: la explosión se extiende por las dos terceras partes del país. Imposible enviar unidades a contener tanta gente. A menos que…Pero no, no se puede derramar sangre de inocentes que lo que tienen son meses sin comer. No se puede repetir otro 27 de febrero del 89. Por tanto, nos mantenemos al tanto de los acontecimientos y en espera de como se pueden desenvolver”.

 

“¿ Y yo?” explotó Maduro. “¿Yo estoy pintado en la pared, yo no soy su comandante en jefe, el presidente de la República, el sucesor del “comandante eterno”? Traidores, lo que son es unos traidores. Y seguramente lo que están es en conversaciones con el “Majunche”, Julio Borges, y Aveledo. ¡Traidores”.

Llama, entonces, a la DIM, al Sebín, al CICPC, a la PN y unas contestadoras electrónicas le dicen: “El personal de encuentra fuera de servicio. Por favor, deje su mensaje”.

Lo más grave, sin embargo, es que del PSUV, del partido de gobierno, tampoco se sabe nada, pues desde la medianoche de antenoche cerraron sus puertas, y ventanas, apagaron luces, celulares y computadores, y de sus dirigentes y militantes no se conoce otra cosa que desaparecieron.

“!Dios mío!” se pone la mano en la cabeza: “Diosdado, Arreaza, Rafael, Rodríguez Torres, Darío Vivas, Rangel, Giordani, Samán, Meléndez, la Fosforito…Desaparecidos”.

 

Por eso siente que llegó la hora como de rezar, como de pedir alguna ayuda divina para que, al menos, pueda salir de la “explosión social” vivo y sin muchas heridas.

Pero ¿a quién? Si Caracas se ha vuelto un solo grito y ni siquiera el Dios más omnipotente podría alcanzar a oír sus ruegos y mantras.

Desesperado, se sienta frente al televisor, pasa los canales y solo ve multitudes saliendo de los que fueron abastos, mercados, supermercados, carnicerías, depósitos y almacenes con cajas registradoras, estantes, anaqueles, enfriadoras, mesas, porque comida no había, nada, nada de comer, porque después que se acabaron los dólares, y se agotó lo poco que se podía producir, entonces ni cocinas se volvieron a prender, ni mesas a poner.

“Yo lo veía venir” dice, en su tono de voz neutro, casi impersonal “ Y por eso, hice todo lo posible por evitarlo. Primero, importando comida hasta que no me quedó un solo dólar. Y después, comprando medios para callarlos, neutralizarlos, censurarlos, autocensurarlos. O disolviendo de hecho y de palabra las manifestaciones y protestas que buscaban incendiar la calle.

 

Confieso que alguna vez tuve tentado con devolverle a sus legítimos dueños tanta finca, fundos y haciendas que, después de expropiadas, invadidas y confiscadas, se convirtieron en rastrojos, devolvérselas a los productores del Sur del Lago, a los de Barinas, Portuguesa, Guárico, Apure, pero fui amenazada por los cubanos y los radicales presididos por Giordani de que me fusilarían en los muros de Miraflores.

Giordani, el monje Giordani, ¡qué personaje tan funesto! No sabía nada de nada. Un engendro del demonio. Porque no era venezolano sino dominicano, y embobó a Chávez, a los cubanos y a los radicales de aquí.

También lancé mi campaña contra la corrupción que ya se había comido al gobierno de Chávez y ahora solo se entretenía con el bagazo, pero, por supuesto, que no podía llegarle a los “peces gordos”, a ministros, generales, gobernadores, diputados y alcaldes, porque también me habrían tragado.

Por eso tuve que buscarme unos presuntos corruptos, o inventar que eran los empresarios los que estafaban con falsas operaciones para entrarle a saco a los dólares de Cadivi.

 

Y la verdad es que si sucedió en uno u otro caso, el grueso de los dólares se los pillaron las mafias del propio gobierno que entraban al sistema con conocimiento de sus mecanismos, corrompiendo a quien se tenía que corromper.

Pero no es cierto que solo se robó desde Cadivi, no, eso no es verdad: se robó sobre todo desde las partidas secretas de los entes públicos, de los fondos que crecían como monte y desde las compras de armas, termoeléctricas, y cuanto bien se traía, no para el servicio del país, sino de los ladrones.

Pero, si desde un organismo como el Ministerio para el Deporte, que en todos los países del mundo maneja un presupuesto modesto, se distrajeron unos 60 millones de dólares para unos tales atletas (creo que corredores de Fórmula 1), que después se lo repartieron con los funcionarios que se los tramitaron.

(Pienso en ustedes, Héctor Rodríguez y Alejandra Benítez, que alguna vez tendrán que dar cuentas de este pillaje)

Lo digo con conocimiento de causa y autoridad moral, porque de mi podrá decirse que soy autobusero, colombiano, agente de los cubanos, pero no ladrón, nunca me han atraído los lujos, el boato, los cobres mal habidos y con 52 años sigo siendo el muchacho que llegó un día a la revolución casi en alpargatas.

 

¿Mi error? Quizá prestarme a la maniobra política de origen cubano de aceptar la sucesión del “comandante eterno”, dignidad para la cual no estaba preparado, ni merecía. Después pasó lo que tenía que pasar: que nadie se sintió jefeado por mi, e hicieron todo lo posible para llegar a este momento.

Todos se sentían con derecho a la sucesión: Diosdado, Rafael, Adán, Rangel (pero sí hasta Juan Barreto), y me veían como un usurpador, como el hombre elevado por un poder extranjero para el cual ni siquiera tenía la nacionalidad correcta. Me moví entonces entre víboras, sierpes venenosas, alacranes que cuando más los necesitaba me clavaron el aguijón y desaparecieron”.

 

Las cuatro de la tarde y Maduro se da cuenta que está absolutamente solo en el Palacio de Miraflores. Llama a la “Casa Militar” y no responden y tampoco ve porteros, guardias, personal de oficina, ni a nadie. Pero lo peor es que se asoma para ver si hay soldados en la alcabala de la entrada y nada.

En otras palabras, que si alguien se atreviese a ir detenerlo sin armas habría poco que hacer. Siente el rumor de la marejada de los millones de manifestantes que vienen del Oeste a unirse con los del Este y producen el efecto de esas inundaciones que siguen a los tsunamis, cuando las aguas se desparraman y llegan a las azoteas de los edificios más altos.

Pronto estarán en Miraflores y será cosa de esconderse o salir a enfrentarlos. Es una decisión de vida o muerte y el presidente del “mientras tanto” toma una opción heroica: se afeita los bigotes, se viste lo más sencillo posible, se pone un sombrero de cogollo, y sale de palacio con miras a caminar hasta el “Cuartel de la Montaña” y arrodillarse ante la tumba del “Comandante Eterno” en espera de lo que pueda pasar.

Sale entonces por una de la puertas laterales de Miraflores, camina apresurado, se tropieza con una poblada que pide a gritos su presencia o su cabeza, un piquete como de vanguardia lo detiene y revisa de cabo a rabo, y sorpresivamente, lo deja pasar.

“Otro milagro de San Hugo” piensa, se persigna y continúa.

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