Opinión Nacional

Malandros y tránsfugas degradan el parlamento

El debate es intrínseco a la actividad parlamentaria. El parlamento norma el quehacer  político y las políticas que han de adelantar los gobiernos en procura del estado de bienestar que anhela y merece toda sociedad. Ágora donde convergen disímiles enfoques ideológicos. De allí que cuanto en él se trata convoque al debate, al discurso denso y apasionado, en oportunidades  áspero sin descender a la insolencia. No son juegos florales, pero tampoco partida de dominó entre porteros de burdel. Sin embargo, cuando las discusiones  se acaloran a punto de ignición, algún sobresaltado proferirá insultos o lanzará un objeto contundente contra quien defiende posiciones contrapuestas a las suyas. Es en esos casos, comprometedores de la convivencia ciudadana, cuando el Presidente del cuerpo llama al orden y a la cordura para devolver sosiego a los espíritus encrespados.

Lo anterior describe a pinceladas el comportamiento del parlamentario en países donde el sistema democrático tiene asiento. Venezuela disfrutó de esas mieles hasta 1999. Una vez que el castro-comunismo se hizo poder, introdujo la novedad del parlamentarismo de calle o sea la democracia tumultuaria en pleno apogeo. Pero el tumulto no se detiene en la bufonada callejera del parlamento. Tiene su más conspicuo asiento en la Asamblea Nacional. En el hogar de la civilidad no se escudriñan los miles de negociados de corrupción entronizados en el aparato gubernamental, pero se denigra sin miramiento, se golpea  y solicita encarcelamiento para diputados de la oposición, con fundamento en ollas podridas prefabricadas en las retortas miraflorinas, aireadas por el Presidente del cuerpo secundado por un elenco que dirige un individuo cuyos gastos en vestimenta y medio de transporte no se sufragan con el sueldo de diputado, coreado por tránsfugas que debieron haber pasado por algún centro de tasación,  a juzgar por el encorvamiento ante el que manipula la batuta que le entregaron los hermanos Castro, pues al Comandante Bellaco en Jefe lo carcome un rabdomiosarcoma terminal y, al parecer, lo tienen secuestrado en La Habana, donde espera su traslado al lugar magistralmente descrito por Dante Alighieri.

Desde cuando la concepción de ciudadanía se materializó en el parlamento, la traición anduvo al asecho. Son incontables sus fechorías como los daños ocasionados. En Venezuela tenemos algunas experiencias, porque los gobiernos totalitarios o los sucedáneos siempre hurgaron en los entresijos miserables de “metidos a políticos”, previsiblemente alquilables. Para tentar y pagar estuvo la mano munificente  del gobierno corrupto con el fin de garantizarse mayoría e imponer suvoluntad.

 En 1944, cuando los diputados al Congreso eran elegidos por concejales, los resultados fueron adversos a Rómulo Betancourt. Dos ediles habían defeccionado. Uno que desde antes de la votación andaba en negociados con el medinismo y había sido expulsado de Acción Democrática y el otro, un policarente y desprevenido dirigente sindical, engatusado por quien firmó contratos de pavimentación de calles y obtuvo una concesión para explotación maderera, que finalizó como encumbrado mecenas. Cuando la desvergüenza cogió calle, ambos dijeron que antes de consumar su traición habían renunciado al partido. Nunca la publicaron. Los desertores de hoy alardean de no deber su elección a ningún partido. Está bien. Pero si así fuere, se la deben a los electores que votaron en contra de los candidatos del chavismo.

Ahora bien, estemos claros, la jugada del malandraje que invadió el recinto legislativo nacional es múltiple. Acusa  a diputados opositores  por hechos de presunta corrupción ya juzgados, de los cuales salieron absueltos. Al propio tiempo deslizan veladas denuncias de conspiraciones para la comisión de magnicidios o, cuando menos, de calentar la calle hasta que cobre temperatura explosiva y desemboque en un golpe de Estado.

 Pero todo es un teatro para, tras bambalinas, ocultar el estado de salud del bellaco agonizante y de la crítica situación económico-financiera que pretenden solucionar con una devaluación inútil, porque mientras no se liberen de la cerrazón castrocomunista estarán impedidos para implantar políticas económicas respaldadas por inconmovible seguridad jurídica. En consecuencia si las circunvoluciones de sus cerebritos estuvieran sanas y en lugar de devaluar hasta 6,30 hubieran llegado hasta 9,50, como aproximación a un ajuste monetario real. Pero igual continuará la trágica marcha hacia el desbarrancadero, porque no enfrentan el asunto en su globalidad. Mientras no se garantice la seguridad jurídica y no se acometa la revisión y derogación de leyes y reglamentos penalizadores de la actividad económica y con justo beneficio, no habrá valiente que arriesgue dinero y prestigio internacional invirtiéndolo con la esperanza de un milagro. Por consiguiente la producción continuará cayendo y la importación en ascenso, la perdida de empleo digno marcará el paso involutivo del progreso y la ocupación de buhonero en expansión, sin alternativa, será el quehacer del venezolano. Cuando el Estado también haya copado esos espacios, nos entregarán la Cartilla de Racionamiento.

Ahí queda eso. Los traidores gozando sus billetes y cargando con el desprecio social, mientras la corrupción gubernamental hace esfuerzos por conformar la mayoría constitucional que le permita cambiar nombres en el TSJ, en el CNE, en la Fiscalía, en la Procuraduría y en todas las defensoría habidas y por haber, sin  que cambien conducta y procederes atrabiliarios, siempre al margen de la constitucionalidad y de la moral ciudadana.

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