Opinión Nacional

Memoria de mi izquierda, puta y triste

¿Qué queda de la izquierda, aquel movimiento libertario y progresista, reducido hoy en día a una cofradía de cómplices del nacionalismo, del chauvinismo más barato, de tendencias proto-racistas revestidas de anti-semitismo reaccionario? ¿Cómo pasamos de la creación de movimientos de vanguardia como el feminismo, a posturas relativistas que justifican lapidaciones en Irán? ¿Del juicio de Nuremberg al rechazo de la Corte Internacional y la defensa de Al-Bashir?

(El siguiente texto forma parte de las dudas que alimentarán el artículo, «¿qué es la izquierda en el siglo XXI?», que publicaré, junto a otros profesionales, hacia finales de junio. Siéntanse libres de contribuir a la discusión que irá apareciendo en filigrana aquí y en otros espacios).

Ah, la izquierda, esa forma de pensar no conformista, inscrita en la memoria y en el historicismo, capaz de defender las causas de los más desposeídos. Izquierda, te han secuestrado, han amordazado a tu boca, pero antes que te mueras, te vamos a encontrar.

La aberración máxima de esta izquierda sectaria y obtusa actual la encontramos en el rechazo a la Constitución Europea. Inversión de roles, transmutación a lo Matrix: La derecha, of all people, propone un tratado para unir a las naciones, la izquierda se opone ferozmente, junto a los partidos neo-nazi europeos, a su implementación. ¿Pensó alguna vez Sartre ver a la izquierda lanzando sentencias proto-racistas contra los polacos, arguyendo que «iban a quitarles el trabajo» a los franceses? La izquierda convertida en nueva derecha extrema, algo que estos ojos jamás pensaron ver.

El liberalismo, claro; todo es culpa del liberalismo. Es la izquierda desmemoriada, incapaz de producir análisis alguno, que reacciona visceralmente, desde el odio y el resentimiento, como un pelotón de juventud hitleriana.

¿Qué es el liberalismo, sino una producción netamente de izquierda? ¿Qué es el liberalismo, sino la base que produjo revoluciones de igualdad en Francia y Estados Unidos? ¿Qué es el liberalismo, sino un movimiento anti-monárquico que abolió la esclavitud?

La izquierda se equivoca, la izquierda no piensa, la izquierda reacciona como niño y se opone a algo que desconoce. Debemos evitar lanzar a los seres humanos a la «jungla desregulada» del todo vale liberal y económico, dicen. ¿Pero no es exactamente lo opuesto? ¿No es el liberalismo, una teoría de la regulación de las interacciones humanas, basadas en leyes económicas y de mercado? ¿No es eso Adam Smith, Keynes, incluso Friedman?

El liberalismo es una teoría y como teoría se discute, como tantas veces lo hemos hecho desde este espacio. Pero la realidad es que la izquierda se ha quedado sin teoría, sin capacidad para pensar, y ahora centra todo su descontento y su frustración de manera gritona y desordenada sobre algo que desconoce. El liberalismo. La nueva batalla épica a librar.

Esta izquierda amnésica, atropellada y reaccionaria es lo que tenemos entre las manos. Esa izquierda que parece haberlo olvidado todo: ¿Existe experimento más perfecto en la consecución del «nuevo hombre» marxista que la tabula rasa camboyana? Pol Pot logró la revolución agraria perfecta, dejando tras de sí millones de cadáveres y familias rotas. La izquierda parece haber olvidado la reflexión de Foucault, que lo llevó a preguntarse, después del horror camboyano, no si una revolución era posible, sino si una revolución era deseable (désirable).

Y así las cosas, hemos pasado de una reflexión profunda y taimada sobre las estructuras de poder (Foucault), a ciertos análisis sociológicos (Bourdieu) y sobre los media (Chomsky), para finalmente terminar en teorías conspirativas dignas de programas de televisión alarmistas mexicanos.

¿Qué se puede discutir con alguien que afirma que detrás de todo movimiento mundial, ya sea el boicot a los juegos olímpicos en China o la castración femenina en Nigeria, existe un puñado de elegidos (de derecha, claro está), que controlan al mundo como un juego de ajedrez?

Es un grupúsculo tan poderoso, tan extendido y tan influyente, que controla desde los diarios de oposición en Venezuela hasta la guerra de Afganistán. Cuando se pregunta quiénes son, el interlocutor asume tono apocalíptico y cita las reuniones en Davos, el grupo Bilderberg, los masones. Todo esto sin bases, sin pruebas, sin documentos; podríamos agregar los extraterrestres ummitas a la lista, ya que estamos.

¿Pero no lo ves? Es una reunión de banqueros norteamericanos, los cuales el interlocutor se apresurará en subrayar como de origen judío. Antisemitismo 101, para una causa que se indignó del régimen de Vichy y parece haberlo olvidado. Estos banqueros-judíos, en alianza con el «gobierno de los EEUU» y la realeza Británica, planea cosas como intervenir en los Balcanes para evitar un genocidio, no por el genocidio, ¡no!, por algún oscuro interés económico y de control que no pueden precisar.

Es el liberalismo, el liberalismo que se le impone a la gente. No el liberalismo económico (que vuelvo y repito, ya hemos criticado aquí), sino el liberalismo tout court, ese sistema que combatió la discriminación, le dio el voto a las mujeres y creó periódicos en Estados Unidos que son los primeros en denunciar las torturas de la C.I.A. y que, paradójicamente, utiliza «la izquierda» para afirmar su oposición a algo que desconoce.

¿Qué es el liberalismo? Es el escudo semántico, la disculpa perfecta para relativizar alianzas en esta izquierda asquerosa que trata a los individuos como peones en una lucha histórica. Nace el relativismo cultural: El buscar juegos de poder para oponerse a la paranoia de la dominación mundial.

La izquierda confunde «liberalismo» y «liberalismo económico» igual que confunde a los Estados Unidos con lo que los Estados Unidos hacen. Igual que nos hemos opuesto al liberalismo económico, no hemos dejado de oponernos a los derrapajes de la nación de Obama cuando los comete (y de otras naciones). Derrapajes asquerosos, horrorosos, intolerables, cierto. Pero de allí a saltar a un racismo primario en contra de todos los «yankis» hay un paso que la izquierda ha dado y que yo jamás daré.

Esa izquierda, izquierda puta y triste, capaz de aliarse con los gobiernos más retrógrados e injustos del mundo para sentir que han avanzado sus fichas en la cruzada mundial histórica contra quién sabe qué. Esa izquierda asquerosa, servicial, que olvida los periodistas presos en China y Cuba, que ve con buenos ojos el anti-semitismo iraní o los insultos baratos de gobernantes del tercer mundo.

¿Es este el legado de la izquierda? ¿Este juego piche a lo doctor Strangelove? Ese relativismo insoportable, que aplaude a un kamikaze palestino porque, «no tiene otra opción y lucha por la libertad», pero le da la espalda a todo el pueblo de Darfour y al mandato de arresto de la Corte Internacional? ¿Eso es lo que queda de la lucha libertaria? Explicarle a un sudanés masacrado por el régimen de Khartoum que su sufrimiento no entra en el tablero de ajedrez anti-liberal? ¿Que no hay pruebas? ¿Pruebas de qué, por Dios? ¿De presos políticos en Cuba? ¿A ésos les damos la espalda mientras salimos a defender a los de Guantánamo? ¿A cuenta de una guerra histórica mundial?

Y el feminismo: ¿después de lograr pasar leyes de acoso sexual en Europa tiene que callarse ante las vejaciones en Irán? ¿Porque es otra cultura? ¿En Alemania defendemos a las secretarias y en Irán dejamos que un hijodeputa lapide a su esposa porque se le cayó el velo en la mitad de la calle? ¿Cuándo olvidamos que un hijodeputa que lapida a una mujer no es más que eso, un hijodeputa? ¿Cuándo salimos a defender el racismo y el machismo? ¿Cuándo empezamos a aplaudir militares?

Lo siento, pero esa no es mi izquierda. Soy de la izquierda que dialoga con otras culturas, intercambia, construye mundos de paz y libertad, no de aquella que se repliega sobre la xenofobia y el nacionalismo de poca monta para oponerse a Europa como idea. Soy de la izquierda de Gide, Koestler, Popper y Camus, denunciando los goulags en Rusia. Soy de la izquierda que no hace apuestas políticas, que se opone a la pena de muerte en Texas, que mata a dos personas por semana, igual que se opone a los ejecutados en China e Irán.

No soy de la nueva derecha reaccionaria y racista disfrazada con franelas del Ché para gritar, en la conferencia de Durban de 2001, «un judío, una bala» y reducir todos los conflictos del mundo a la afirmación miope de que, en el mundo, hay un solo Estado criminal: Israel.

No. Mis padres intelectuales me enseñaron a pensar. Foucault, Derrida, Lyotard, Wittgenstein: Por ellos, por su cruzada anti-totalitaria donde quiera que sea, por ellos soy de izquierda, de esa izquierda que no acepta, bajo ninguna condición, que haya explotación, tortura o genocidio excusable.

Esa es mi izquierda.

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