Opinión Nacional

Mohamed Mehri

El murmullo de voz con que expresa sus inconmovibles convicciones convoca al recogimiento y crea una solemnidad ajena a todo efectismo. Es de un hablar pausado y sereno y nada trasunta en su rostro, más propio de un asceta islámico que de un venezolano profundamente arraigado en esta amada tierra, la tragedia que lleva consigo. Esa tragedia tiene fecha, nombre y apellido y un único culpable. Y ni siquiera se le presiente en su voz una sola queja ante su profundo dolor. De una extraña sabiduría, ha convertido esa tragedia en motivo de lucha y de esperanza. Y se eleva en su modestia como un símbolo inmenso de integridad y de entereza.

No están los tiempos para recogidas y silenciosas grandezas como la de este venezolano entrañable. Atraviesa nuestra patria el desierto de su locura bajo el dominio de un ser vocinglero, fanfarrón, mentiroso hasta la impiedad, desleal, torvo y oscuro. Su ilimitada desmesura habita la repudiable antípoda de la transparente y cristalina piedad en que mora Mohamed. Tanto ama éste a su patria y tanto ha inculcado en sus hijos ese amor diáfano desprovisto de ambiciones, que el pasado 11 de Abril se sintió obligado a sumarse a quienes marcharon por nuestras calles y autopistas llevados por el deseo de una Venezuela mejor. Lo hizo acompañado por uno de sus cuatro hijos. Quiso el destino que fuera ese y ninguno de los otros. Sin ni siquiera sospecharlo, lo llevaba como ofrenda suprema de ese gran amor por esta tierra y por sus hombres.

Seres despreciables que servían en su inmensa inconciencia a la enfermiza e ilimitada ambición del más despreciable de entre todos ellos corrieron a segarle la vida al joven vástago de Mohamed. Lo hicieron con saña y alevosía, vaciando sus pistolas y fusiles sobre una muchedumbre alegre y desenfadada, que cantaba sus consignas de libertad, justicia y progreso sin otra arma que su decisión de luchar por una Venezuela auténticamente mejor. Lo hicieron cobardemente amparados por la inmensa parafernalia del poder, encubiertos por el avieso discurso del capo, armados por sus esbirros, pagados por sus administradores y guarecidos por sus policías, sus fiscales y sus uniformados. Cayeron junto al hijo de Mohamed otros 18 venezolanos. Y una centena salvó la vida más por milagro que por voluntad de los asesinos.

Volvió a casa con su hijo muerto en brazos. Y lo ha convertido en símbolo de lucha y de esperanza. Promovió la fundación de una organización llamada a reunir a los familiares de los caídos en aquel aciago atardecer y a reivindicar su memoria en obras: luchar por una Venezuela justa, serena, solidaria. Lo mueve un profundo sentimiento ético que va mucha más allá de la reparación y la justicia. Hacer de Venezuela una patria grande y solidaria y convertir a sus ciudadanos en hombres auténticamente libres. Lo mueve un respeto religioso por nuestra naturaleza humana, por nuestra humanidad.

Y porque el 11 de Abril el primer magistrado de la república cometió un gravísimo delito de lesa humanidad, no descansará hasta verlo condenado. Nosotros tampoco. No sólo ni primordialmente por ser el responsable intelectual del asesinato de su hijo. Sino por haber quebrantado el más profundo y sagrado juramento: el del respeto a nuestra más íntima esencia, la vida.

Que Dios lo auxilie y se haga justicia.

(*):Escritor, miembro fundador de Expresión Libre.

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