Opinión Nacional

No apto para zapatos

Darren Sukenik impone ciertas exigencias a la gente que viene a ver sus casas. Deben tener suficiente dinero y activos como para comprar los departamentos que vende, que en muchos casos cuestan varios millones de dólares. Deben estar seriamente interesados en adquirir un inmueble -no venir a verlas sólo para admirarse-. La mayoría de sus potenciales clientes no tiene problema con estas exigencias. Pero el pedido que hace que se detengan en la entrada de la casa en venta es simple: deben tener la amabilidad de quitarse los zapatos.

«Este departamento es muy valioso», dice Sukenik, de Prudential Douglas Elliman, al referirse a un departamento en Manhattan, de dos dormitorios, valuado en US$ 2,3 millones, que estuvo ofreciendo la semana pasada. «Uno quiere que se vea como un cofre de joyas. Y no va andar con un cofre de joyas y borceguíes de trabajo.»

Habrá que agregar esto de quitarse los zapatos a la lista de neurosis neoyorquinas. Si bien ya no se considera algo impropio pedir a los invitados a cenar que se quiten las Nike o los Blahnik, los brokers dicen que cada vez más vendedores -si no los brokers mismos- exigen hacerlo cuando se visita un departamento en venta.

Sus motivos varían. Los vendedores aducen que no quieren que los compradores ensucien las alfombras en las que gatean sus bebés, por ejemplo, o que marquen los pisos de madera en muchos condominios nuevos que no soportan los tacos.

Pero algunos brokers señalan que en un sector que depende del tráfico pedestre y la primera impresión, es molesto hacer que alguien se saque los zapatos y quede en evidencia de que hace rato que debería haber ido al pedicuro o que tiene agujeros en las medias, antes de ver siquiera la cocina.

«En un mercado en baja no se necesita otra excusa», apunta MaryJo Farling, broker que trabaja con Barak Realty. Dice que los vendedores que imponen la regla de sacarse los zapatos tardan más en conseguir comprador. «La gente cree en las señales. Cuando aparecen y uno les pide que se saquen los zapatos, es casi como un indicio de que «este puede no ser para nosotros».»

Leonard Steinberg, que trabaja, al igual que Sukenik, para Prudential Douglas Elliman, cuenta que en un tiempo pensaba que ese pedido era de obsesivos hasta el detalle. Pero se ha vuelto tan fanático que desata sus cordones en el ascensor antes de entrar en su departamento de Chelsea y, cuando va a mostrar sus casas, en la mayoría de los casos hace que los compradores se saquen los zapatos. «Basta mirar una vereda en Nueva York para saber de dónde viene ese vendedor», comenta Steinberg.

En un departamento que mostró la semana pasada, Sukenik dijo a los compradores potenciales que había niños viviendo en el departamento y les pidió que se quitaran los zapatos a la entrada o cubrieran sus zapatos con fundas quirúrgicas -del tipo de las que usan los médicos en el quirófano-, que él les ofreció.

Sukenik dice que en el pasado algunos compradores, especialmente ejecutivos de fondos de alto riesgo, consideraron «humillante» descubrir sus pies y se han retirado enojados. Pero Sukenik, que se puso las fundas sobre sus zapatos cuando ofreció el departamento la semana pasada, aclara que ninguno de los 28 visitantes se quejó y que parecían apreciar la condición inmaculada del inmueble.

Una de ellas, Hayley Cohen, de 27 años, dijo que era la primera vez que le pedían que se quitara los zapatos. «Fue un poco extraño», confesó, y describió que cuando llegó se encontró con una fila de zapatos en la entrada.

Cohen admitió que, aunque ella y su novio no se interesaron por el departamento por otros motivos, Sukenik había logrado manejar bien lo que pudo haber sido una situación incómoda al ser tan gentil.

Los buscadores de departamentos por lo general son respetuosos si consideran que los dueños invocan una razón legítima para hacer tal pedido, como una preferencia cultural, un recién nacido o pisos sin terminar, explica Jason Saft, un broker de Citi Habitats que entiende la sensibilidad que puede haber al respecto. Su madre era tan fanática de que la gente no usara zapatos en su casa que los amigos de la infancia le decían en broma que cuando se estaban aproximando a su domicilio tenían que quitarse los zapatos estando aún en la vereda.

Pero quizá ningún pedido haya sido más extraño que el del dueño de un departamento con un alquiler de US$ 6000 al mes en una casa de Perry Street. Como actitud de respeto hacia sus clientes, Saft quería que los inquilinos nunca usaran zapatos dentro de la casa, incluso después de que se mudaran allí. Saft recibió varias miradas extrañadas y preguntas llenas de expletivos. Pero en una semana encontró un inquilino que aceptó el pedido sin problemas.

En otro departamento, en la calle 23 Oeste, que está tratando de vender por US$ 925.000, el inquilino que vive allí pegó una nota en la puerta diciendo a los visitantes que debían quitarse los zapatos. Pero cuando los compradores potenciales entraban en la casa, se encontraban con un terrible desor­den. El inquilino se fue, pero Saft aún no consiguió comprador.

Cuando Farling ofreció en venta un departamento en el número 12 de la calle 72 Oeste por más de US$ 1 millón, los vendedores insistieron en que los compradores potenciales se quitaran los zapatos porque temían exponer a sus niños.

Cuando apareció un caballero bien vestido y de bastón, Farling tuvo que pedirle que se quitara los zapatos, uno de los cuales parecía ortopédico. El caballero la miró, le dijo que no sabía lo doloroso que le resultaría eso y agregó: «Llámeme cuando los dueños realmente estén dispuestos a vender el departamento». Luego el caballero y sus zapatos se retiraron.

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