Opinión Nacional

Nuestro pobre individualismo

Al parecer todos estamos forzados a la sentencia de Ayn Rand: «El problema básico en el mundo hoy es la elección entre dos principios:

Individualismo y Colectivismo». Creemos que esa dicotomía es falsa en el caso venezolano, pues nuestro individualismo es cualitativamente diferente a otros ya que se trata del individualismo anárquico, esto es, el centrado en los deseos personales y los derechos individuales sin tomar en cuenta las obligaciones y deberes ciudadanos.

Primeramente, la vida venezolana es de tal complejidad que no puede ser constreñida a modelos económicos o políticos que pierden de vista factores anímicos, históricos y culturales. Así, el individualismo anárquico es uno de los dominantes del carácter social del venezolano y un valor de la cultura subjetiva con que percibimos e interpretamos nuestro ambiente social.

Asimismo, si algo ha sido reiteradamente mencionado por todos como un rasgo distintivo de nuestra idiosincrasia es el intenso afán de independencia y libertad. Pero más que el impulso libertario, en nada diferente al de otras sociedades y naciones, lo que nos marca de manera inconfundible es el absolutismo personal, la insumisión rebelde, el marcado individualismo convertido en personalismo a ultranza, donde siempre predomina la voluntad de no estar sometido a nada ni a nadie.

Vale la pena decir, la historia política venezolana actual es testigo de la fascinación colectiva con la figura del «alzao», el golpista, aquel que se levanta y parte con un piquete para luego volver y dar un golpe de estado. El tipo que actúa por su cuenta, sin acatar normativa alguna, el «echao pa l ´ante», el altanero que no resiste estar supeditado a reglas y normas jurídicas por encima de él. Es un modo de existir, una peculiar forma de sentir e interpretar el mundo, una imagen colectiva inserta en la máxima: «se obedece pero no se cumple».

Ese ser que no concibe formas jerárquicas que lo contengan tiene muchas caras: es tanto el protagonista de los infinitos alzamientos militares del siglo pasado, el burócrata que produce el caos de la deuda pública o el conductor que irrespeta las señales de tránsito, como el amigo cercano que nos hace reír contándonos cómo evadió los obstáculos y las reglas para obtener la licencia que requería.

El individualismo anárquico se asocia con: escasa ciudadanía, ausencia de preocupación comunitaria, atomización, encierro privado, desafío de lo público, rechazo a cualquier orden impuesto desde afuera, consideración exclusiva de la propia supervivencia. Es, en resumen, una faceta del individualismo que interpreta la independencia del individuo como ausencia de normas, e incapacidad de considerar la conveniencia de la cooperación y la utilidad de la sujeción de las personas a la ley.

En definitiva, los problemas de desarrollo social y económico venezolano no obedecen a un supuesto colectivismo o a falta de individualismo sino, todo lo contrario, al exceso individualista, al acendrado voluntarismo. El desdén por el orden ciertamente es expresión de anarquía; nada cercano al sacrificio y al trabajo persistente requerido para acumular capital y producir el crecimiento económico sostenido indispensable para salir de la abrumante pobreza que hoy sacude nuestro orden social. Recientemente, el papa Benedicto XVI dijo: «La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes». Pobre individualismo el nuestro…

www.juancarlosapitz.com


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