Opinión Nacional

Ocurrencias revolucionarias

No todas las ocurrencias son genialidades. Algunas pueden serlo, cuando se fundan en el talento; otras se traducen en disparates y algunas de ellas se expresan para adular.

El régimen bolivariano nos ha traído desde 1999 de ocurrencia en ocurrencia que se traducen más bien en disparates continuos e insostenibles. El enorme volumen de “iniciativas” del Presidente y de su equipo deja perplejo al observador más sensible.

La más reciente expresión del Presidente Chávez acerca de la iniciativa o de la iluminación que tuvo para proponer una reforma constitucional que más que ello es la sustitución del Estado por otro Estado, es patética. El Presidente dijo en el marco de la firma de otros acuerdos con Rusia, el nuevo socio para enfrentar al imperio y desatar una versión nueva del siglo XXI de la guerra fría: “¿Que no están de acuerdo algunos con la reforma que se me ocurrió proponerle al pueblo? Vamos, democracia, referendo…”

Sin duda, otra ocurrencia del líder de la revolución. De nuevo, una ocurrencia que se ubica fuera de la esfera de la genialidad. Estamos ante una iniciativa desprovista de talento, si se quiere utilizar el antónimo. Pero, estemos claros, tampoco se trata de un puro y simple disparate si lo ubicamos dentro de la estrategia trazada por el bolivarianismo para perpetuarse en el poder y utilizar los recursos del Estado a su antojo y someter a los venezolanos también a su antojo. Se trata de una ocurrencia mal intencionada. Ocurrencia genial para los revolucionarios, disparate para la inmensa mayoría que se opone a la destrucción del Estado y del país.

Recorrer el camino de las ocurrencias lanzadas por el régimen es casi imposible. Habría que crear un Grupo de Trabajo enorme para censarlas, evaluarlas, siempre para llegar al mismo fin: Abandono de la ocurrencia. Desde la red ferroviaria que uniría a toda Venezuela en dos años, anunciada en 1999; los gallineros verticales y los sembradíos “biónicos” para lograr, después de los “caóticos: años de la cuarta república, la independencia alimentaria. Agreguemos algunas otras iniciativas u ocurrencias con fines perversos: vivienda para todos antes del 2000, no más niños en la calle en el 2001, salud y empleo para todos. El paraíso terrenal, no hay dudas, dibujado en las ocurrencias revolucionarias.

No hablemos de las ocurrencias administrativas o institucionales. Cambios de nombre de los Ministerios en Oficinas del Poder Popular de uno u otro; cambio de nombre del País, de escudo, a lo mejor de himno en los próximos días; cambio de hora, de moneda.

Se les ocurre ahora a los no tan improvisados revolucionarios marxistas-putinistas, crear un hombre nuevo y nuestros hábitos. Mezclar trigo con arroz, abandonar el placer de la cerveza por la vía impositiva, olvidar nuestros sueños de querer tener una casa propia, un carrito para salir los fines de semana. Y, entre otras de esas “genialidades”, pedirnos ser pobres convencidos.

Algunas ocurrencias revolucionarias son graciosas, otras producen el efecto contrario: Ira, frustración. La ocurrencia o “genialidad” de subir el precio del arroz en un 18 por ciento, otros dos dígitos en el aumento de la pasta, de acabar con la industria nacional y con los industriales y empresarios para crear el nuevo hombre de empresa revolucionario que haga negocios con Cuba, China e Irán,

Ocurrencias tras ocurrencias, pero insisto desprovistas de genialidad. Así lo ven los venezolanos con mucha claridad a la puerta de un referéndum montado por un Poder Electoral no confiable.

A estas ocurrencias no geniales, las que más adornan al ser revolucionario, sumemos las de corte adulante que son numerosas. Las declaraciones de algunos personeros del régimen lo muestran claramente. La ocurrencia poco genial del Gobernador de Anzoátegui, Tarek Saab William, de levantar un monumento al juramento del subteniente Chávez (Juramento de San Mateo), tan merecido como los levantados en vida a otras personalidades del mundo, entre ellos, en la región, el conocido dictador Chapita Trujillo, de República Dominicana, que hasta el nombre de la capital cambió; y, el genocida Saddam Hussein, cuyas estatuas fueron destruidas pocas horas después de su huída y posterior detención, por la acción furiosa de centenares de miles de personas que probablemente conformaban el 99.8 por ciento que obtuvo unos meses atrás en unas elecciones limpias y transparentes. Una ocurrencia que cuesta a los venezolanos nada más que 2 mil millones de bolívares.

A los revolucionarios criollos, inspirados en Marx, el Che, Ahmadineyad, Lukachenko, los neocapitalistas (Hu Jintao y Vladimir Putin) se les han ocurrido muchas cosas pero no les ha pasado por la mente –y eso sí hubiera sido una genialidad- que los venezolanos no somos tan estúpidos como aparentamos. La imposición de un régimen contrario a nuestro espíritu, a nuestra cultura, a nuestros principios y valores, es imposible y no es un llamado a la rebelión, aunque habría elementos suficientes para pensar en cualquier reacción que vaya más allá de las marchas porque las ocurrencias han venido a colmar la paciencia y la dignidad de los venezolanos.

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