Opinión Nacional

Otra vez la crisis

Desde entonces vagamos en estos purgatorios. La crisis se hizo endémica y no saldremos de ella hasta no comprender que nada regalado prospera y persevera. Y que sólo la moral, el coraje, la voluntad y la inteligencia pueden servirnos de brújula. O de consuelo. No hay otra.

“ Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.”. Albert Einstein

1 El tristemente célebre VIERNES NEGRO, nombre con el que los medios bautizaran el nefando 18 de febrero de 1983, cuando los venezolanos conocieron por primera vez en sus vidas el espanto de la devaluación de su moneda, sacó a la superficie de la ya quebrantada economía petrolera nacional la ciclópea fractura que había ido gestándose en las profundidades de la sociedad venezolana. Fue un sismo absolutamente inesperado, tanto como el del 4 de febrero de 1992 que traía en sus entrañas y que terminó con más de medio siglo de estabilidad social, económica, política, pero por sobre todo semi centenarias certidumbres financieras. Con un mito que caía por los suelos: el poderío del bolívar era ficticio, la economía venezolana no era inquebrantable, el entendimiento interclasista era un ilusión óptica y Venezuela era un país tan subdesarrollado y tan al borde del abismo como cualquier otro. La crisis había tocado a las puertas para siempre jamás.

Por extraño que parezca, esa crisis cambiaria, que puso fin a la fortaleza de una de las monedas emblemáticas en la historia contemporánea – ningún otro país del mundo había mantenido una paridad cambiara tan inquebrantable desde los tiempos de Juan Vicente Gómez como el bolívar frente al dólar – antecedió como en un manual de economía política marxista el derrumbe de lo que Marx llamó superestructura: el sistema de dominación, la hegemonía ideológica y lo que Ortega y Gasset llamara “las ideas y creencias” que articulan el universo social. En su extraordinario ensayo Ideas y Creencias las había diferenciado con una claridad deslumbrante: las ideas se las tiene: en las creencias se está.

En nuestro caso, más creencias que ideas. Y de ellas, la más poderosa: la de que Venezuela era la excepción a la norma del quebranto político que había sacudido a los países latinoamericanos desde la revolución cubana, ahorrándole las furias y las penas de los intentos del castrismo cubano por hacerse con el Poder de toda la región y lanzar a sus sociedades por los barrancos del delirio bolchevique o guevarista. Intentos que cosecharon las más feroces dictaduras militares de nuestra historia, que nosotros, los venezolanos, observamos como desde el atalaya incontaminado de una isla de fantasía, que había jugado a las guerrillas pero sin siquiera rasguñar la fortaleza del Estado de Derecho y en donde Fidel Castro se había dado de frente con un líder político que le diera la más feroz paliza militar, política y diplomática de su vida.

Tras un cuarto de siglo de república liberal democrática – German Carrera Damas dixit – la Venezuela de los cuentos de hadas, del mayamero “tá barato dame dos”, de jubilaciones tempranas y pagos de prestaciones dignas de Las Mil y Una Noches, de sueldos y salarios que asombraban hasta a los turistas nórdicos, del american dream, pero caribeño y sin desmelenarse echando el bofe, con esfuerzos a media máquina y riqueza brotada de los suelos sin el sudor de frente alguna, con generales y almirantes terminando sus carreras en suntuosas embajadas europeas, con licenciados pobres de solemnidad becados por el Estado manirroto con jugosos estipendios dolarizados pasando directamente de Catia y San Bernardino a Cambridge, a Harvard, a Oxford y a la berlinesa Technische Hochschule: esa Venezuela de años sabáticos que estrujaron hasta jartarse los Chávez Frías y los Miquilena, los Diosdado Cabello y las Cilia Flores, los Arreaza, los José Vicente Rangel y los Rafael Ramírez, los exiliados chilenos, argentinos y uruguayos que vinieran a chupársela hasta los tuétanos y hoy la difaman; esa misma Venezuela que no conociera ninguno de los jóvenes que hoy liderizan las luchas contra la dictadura, se tambaleaba y parecía llegar a su fin. Sin pena ni gloria.

Los jinetes del Apocalipsis amanecieron en Venezuela.

2 Han transcurrido exactamente treinta años y cuatro meses desde entonces. Y de todos sus efectos, el que más me sorprendió, amén de la absoluta virginidad con que se lo enfrentara desde todos los sectores económicos – pasaron meses y se agotaron todas las existencias antes de que los precios de todo lo importado se reajustara en función de los distintos precios del dólar – fue la súbita e instantánea desafección de las clases medias con el régimen político instaurado el 23 de enero de 1958.

A poco andar – era el gobierno de un hombre probo, culto y decente llamado Luis Herrera Campins, a quien nuestro querido y respetado Ramón Guillermo Aveledo le acaba de dedicar una bella y admirable biografía – quien quería ver más allá de sus ojos y comprender lo que sucedía tras las bambalinas de la frágil conciencia política de los venezolanos pudo arribar a una aterradora conclusión: la fortaleza democrática del venezolano eran tan débil como la de su moneda y desprovista del poder de compra del emblemático Cuatro Treinta se mostraba dispuesta a irse con el primer aventurero que le calentara los cascos.

Así muy pocos estén dispuestos a admitirlo: la fractura de las clases medias con el sistema y el vertiginoso crecimiento de su veleidad política hasta llevarlas a aplaudir la emergencia del Frankenstein de nuestra historia política, nació de ese feo tropezón cambiario. Una cosa era ser demócrata con la posibilidad de ir a Miami, Paris o Londres cuando nos saliera de nuestros epiteliales anhelos, y otra cosa muy distinta era serlo sufriendo las penurias de cualquier país de nuestra vecindad, el terrorífico Tercer Mundo.

Esa misma noche del 18 de febrero de 1983 comprendí que cerrada la puerta del acondicionado salón que daba a la recepción del Congreso de Filosofía al que me trajese el Dr. Maiz Vallenilla en junio de 1977 para disertar sobre Antonio Gramsci – con un gigantesco Camembert recién importado en medio de la mesa, pechuga de pavo en cantidades medievales, salmón noruego por toneladas y Dom Perignon por litros a 4:30 la botella, todo ello adobado con una exquisitez criolla para mí absolutamente desconocida, que creí se escribía tequegnos, pero se pronunciaba tequeños – llegaba a su fin la utopía venezolana que atrayése como a un colosal imán planetario a cientos de miles, a millones de inmigrantes, perseguidos y hambreados del hemisferio.

Y lo que era infinitamente más grave: que agonizaba el entendimiento interclasista, el democratismo ancestral de nuestras recién paridas clases medias y la disposición a luchar a brazo partido por la defensa de la institucionalidad contra las locas aventuras de milicos cuarteleros, caudillos trasnochados y llaneros parlanchines, de los de labia incansable y compromisos de tres al cuarto. La Venezuela gloriosa de los derechos humanos y el asilo a los perseguidos de la tierra sufría su primera gran prueba. Aún no se recupera.

3 Es inmensamente contradictorio que el odio despertado por la devaluación sacudiera en primer lugar las buenas conciencias de los sectores acomodados del país. Recuerdo el motín de un famoso economista de Acción Democrática que acababa de dejar un viceministerio de algo relacionado con las finanzas públicas cuando años después, ya en el turno al bate el tristemente célebre Carlos Andrés Pérez, armó una auténtica rebelión de las masas porque a él y a sus compañeros de aventuras inmobiliarias se les negaba pagar con dólares preferenciales un apartamento de lujo adquirido antes de la devaluación en la acomodadísima zona de El Pedregal, en el Country Club. Por supuesto que se salió con la suya, como muchos otros adinerados: empresarios que se endeudaron a 4:30 y pagaron a 4:30 a costas del empobrecimiento general de la Nación. Y de adquirientes de camionetas de lujo que siguieron comprando a 4:30, aunque el dólar estaba ya por sobre los 12 bolívares.

Herrera cometió la felonía de cerrar sus oídos al Búfalo, que recomendaba agarrar al toro por las astas y devaluar sin contemplaciones. Y que cada cual arrimara su hombro. La verdad, aunque severa, es amiga verdadera. Don Luis no le hizo caso: siguió haciendo como si ese temporal ciclópeo que desencajaba los techos de tejas rojas de una vez y para siempre fuera una garúa. Lusinchi, que realmente era como tú, se hizo el soberano pendejo, lo que solía hacer maravillosamente bien. A lo que su barragana, doña Blanca Ibáñez aportó lo suyo disfrazándose de comandante en jefe en traje de campaña. Y Carlos Andrés, que juraba que conocía e interpretaba al país, creyó en sus reservas morales y en Miguelito Rodríguez, decidiendo hacer lo único valeroso, útil y provechoso que la circunstancia reclamaba: sincerarlo todo, así nos despellejáramos.

Más lo comprendieron los pat’en el suelo que sus clases medias. Alebrestadas por el odio ante la pérdida de su falsa prosperidad de Primer Mundo de fantasía y dirigidas por Uslar Pietri, Juan Liscano, Escobar Salom, José Vicente Rangel y mi amable anfitrión Ernesto Mayz Vallenila le cayeron en cayapa. Para montar en el trono, tras un ominoso interregno de Don Rafael, al teniente coronel que nos hundió en las cloacas.

Desde entonces vagamos en estos purgatorios. La crisis se hizo endémica y no saldremos de ella hasta no comprender que nada regalado prospera y persevera. Y que sólo la moral, el coraje, la voluntad y la inteligencia pueden servirnos de brújula. O de consuelo. No hay otra.

 

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