Opinión Nacional

Palabras asépticas

“En los países de habla hispana, escribió Ortega y Gasset en 1934, lo mismo da escribir una gran verdad que una insolente inepcia: nada trae consecuencias”. Esa sospecha, pasados los años, es aplicable no solo a los escritores o articulistas que denunciaba el madrileño, sino a los políticos, cabilderos, periodistas y locutores que no se oponen a la tentación de desparramarse ante el primer micrófono que le presenten. Se comportan como las mujeres del siglo XIX, quienes según Virginia Woolf utilizaban las palabras como caramelos, una vez en la boca no saben sino darles vueltas de uno a otro lado.

Los políticos venezolanos de la última década han entregado magníficos ejemplos de esta vacuidad discursiva. Voceros opositores aparecen en períodos electorales y declaran todo tipo de desatinos que, desmarcándose de la sentencia de Ortega y Gasset, sí tuvieron consecuencias: abstención y pérdida de representación parlamentaria; pérdida de gobernaciones y dispersión del movimiento estudiantil por sólo mencionar algunas. Luego de unos meses, los medios reciben con alegría a estos parias de la acción política, quienes nuevamente tienen la oportunidad de confundir y maltratar a las audiencias opositoras.

Sin embargo, es en el chavismo en donde podemos encontrar los ejemplos más elaborados de inepcias o necedades transmitidas en cadena nacional de radio y televisión. Desde una funcionaria que asegura que 100.000 venezolanos asesinados en una década pueden rotularse como una simple “sensación de inseguridad”; pasando por otro que indica que “Obama no es malo, él no es el jefe, pues a él lo mandan los terribles cabecillas del imperio norteamericano, que nadie ve ni conoce, pero están allí” hasta rematar con la que pide que se “restrinja la libertad de expresión”. Afirmaciones que en cualquier país con una democracia sustentada en instituciones y no en el ADN del presidente de turno, habrían ocasionado la destitución o renuncia inmediata de los funcionarios. Adicionalmente, el chavismo (desde el líder oficial hasta los asambleístas) ha mostrado una habilidad inaudita en el libre ejercicio de la vulgaridad, que no es otra cosa que la ironía sin ingenio. Malas palabras, agresiones verbales contra mujeres y hombres, degradación de las instituciones que no se pliegan a la línea oficial conforman una pandemia que podría empezar a curarse si éstos políticos siguen la receta del uruguayo Carlos Vaz Ferreira: “Del mismo modo que los cirujanos no emprenden una operación sin desinfectar previamente todos los útiles que se proponen usar, nadie debería empezar un raciocinio sin haber dejado de antemano todas las palabras que va a emplear, completamente asépticas de equívocos”.

(*): Director de OpinionyNoticias.com.

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