Opinión Nacional

Periodismo y poder político

El periodismo político no parece ir más allá de los protagonistas de esta historieta cómica que se ha formado alrededor del caso Pardo. O de quienes husmean en los pasillos palaciegos del poder a la espera de un rumor que les permita salir del anonimato. El caso de la periodista Isis Durán no es paradigmático (El Tiempo, enero 24, 1-4). Pero deja lecciones que en las facultades de comunicación social y en las carreras de periodismo deberían volverse objeto de debate. Sobre todo porque se descubren aspectos elementales de las relaciones entre la prensa y el poder, la veracidad de las fuentes y la información a medias. Y una variedad de temas divertidos para el observador.

Una primera lección se relaciona con la independencia. Un criterio que estamos lejos de asimilar dados los intereses económicos cruzados entre los medios y el poder político en Colombia. El periodista como individuo cuenta poco, si quienes le pagan condicionan lo que debe decir. Pero la periodista con afanes de visibilidad cuenta más, si es bella. Segura de sí misma, pero vacía en experiencia y conocimientos. Y es demasiado pedirle a un comunicador que tome la distancia necesaria cuando depende de la primicia para mantener su puesto. En el caso de marras, la falla fue del medio y la periodista. RCN es declaradamente uribista. Entonces, ¿porqué ahora tiene tanto afán en lavarse las manos?

Segunda lección: las emociones cuentan. Si creemos a la versión pública de la periodista. Sus fuentes fueron lo suficientemente expresivas. Creyendo contar a su favor con la versión del jefe de la campaña uribista, Isis se lanzó en medio de las cámaras y reflectores luminosos para hacer la gran pregunta. Sin medir sus alcances colaterales. El periodismo político tiene zonas grises que se deben reparar. Peor si aceptamos la versión según la cual hubo un acuerdo previo entre la periodista y el político. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles, distingue la prudencia como una emoción orientadora del buen gusto.

Tercera lección: el medio no es el mensaje. Un breve historial del impacto político de la anécdota enseña que una excesiva confianza en el poder de los medios es perversa para el periodista. Los contenidos de lo sucedido con Pardo, llegaron más allá de lo esperado. El periodismo político debe leer los hechos dentro de un contexto lo más amplio posible. En nuestro caso, lo anecdótico no resultaba tan anecdótico. De por medio estaba la integridad, el prestigio y el buen nombre de un político bueno. Una campaña con demasiada sensibilidad moral y un presidente presionado por sus contendores. Los medios fueron portadores de un mensaje a medias, vago, difuso.

Cuarta lección: aprender cuando la política se vuelve psicología y viceversa. La fatalidad de las periodistas primíparas consiste en que sus errores saltan más claramente a la vista cuando se atreven a transitar caminos más graves. Un periodismo chismoso es desde luego una de las criaturas más desagradables que progresan en nuestros medios de opinión. Tiene, sin embargo, mayores contactos con los políticos y los personajes públicos. Y terminan involucrados en la psicología de salón. Si la periodista hubiera reconocido con criterio los odios intestinales del comisionado de paz en contra de Pardo, posiblemente habría reparado mejor las dimensiones de su pregunta. La tormenta desatada por el autor de El derecho a la ternura, Luis Carlos Restrepo, tenía un fondo emocional evidente.

Quinta lección: la metamorfosis del periodismo político. Incapaz de leer los acontecimientos más allá de su momento, el periodismo asimila una carrera contra el tiempo. Cambia la formación analítica por clases de reportaje y crónica de revistas kitsch. La periodista que elaboraba breves notas, es ascendida para cubrir los acontecimientos de la política nacional. Y así vamos.

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