Opinión Nacional

Petkoff, pasión y templanza

Este es un año de elecciones presidenciales, pero como el oficialismo todo lo contamina de incertidumbres no sabemos a ciencia cierta si lo será y en cuáles condiciones. En todo caso se debe actuar con toda la tenacidad de que dispongamos para que se lleven a cabo y en condiciones de claridad y limpieza, pues, emulando a uno de los personajes que representó Robert Redford, diré que de los pocos principios que la edad nos va dejando sanos uno de ellos es el de la participación, alta o sosegada, en los asuntos políticos, es decir, de la polis, de la ciudadanía. Por tanto, prefiero concurrir a las elecciones que no hacerlo y que se trabaje para que se realicen antes de que poner piedras de todo tipo en su camino. No obstante, nada espectacular se descubre al recordar que en más de una ocasión la ciudadanía, los pueblos, no han tenido por delante otra escogencia que la de no dejarse envolver por elecciones enturbiadas.

En consecuencia prefiero un candidato presidencial opositor que comience por combatir a brazo partido a favor de condiciones que conviertan el proceso electoral de diciembre en inobjetable. Es decir, para subrayarlo en una jerga gerencial que no me gusta especialmente, opto por un candidato proactivo y no reactivo, por un candidato constructivo y no escéptico, por un candidato para quien la historia se hace todos los días con todos los gestos, grandes y pequeños, y no para quien ya está hecha de antemano. En esta línea, sin desmedro de otros, encuentro mejor situado a Petkoff.

En ese mismo mapa que intento desplegar me interesa un candidato presidencial que tome las elecciones como una parte sustancial de su programa de reconstrucción de Venezuela, y no como un simple evento mediador entre el estar desposeído de poder y el obtenerlo por decisión democrática. Las elecciones de diciembre, como en todos los casos en los que debemos enfrentar gobiernos caudillistas y autoritarios, adquieren un valor fuera de lo común y normal, pues constituyen una opción para inyectarle energía a los valores y a las instituciones de la democracia, los mismos que el personalismo autoritario degrada todos los días. En este marco, las elecciones significan una apuesta por la libertad frente a la sumisión, por la institucionalidad frente al autocratismo, por la legalidad frente a la voluntad caudillesca que los sacristanes no se atreven a cuestionar, por la opinión colectiva y ciudadana frente a la idolatría y el culto humillante a la personalidad. En esta tesitura me parece que Petkoff tiene suficiente claridad en su cabeza y sabe qué está en juego y cómo hay que jugarlo.

Los dos señalamientos anteriores, necesarios pero no suficientes, me llevan de manera natural a otro: en un país que han crispado y desvertebrado en nombre de la revolución, deviene en indispensable un movimiento, una voz, que ponga algo de templanza sin abandonar la pasión. Templanza para no desbarrar ni dejarse arrastrar por la primera provocación, para reconocer todo lo que hay de legítimo e impostergable en una reforma a fondo de nuestra sociedad para que las condiciones de igualdad y libertad avancen al unísono, y las de solidaridad, equidad y progreso sean el triángulo virtuoso para volvernos a vertebrar como nación. Y pasión, no desmelenada y vacua sino sólida y sentida, pues la emoción es el corazón mismo de cualquier decisión, electoral o espiritual, para todo ser humano sensatamente normal. Sin pasión sólo hay contabilidad. Con barullo sin continencia cosechamos únicamente resquebrajamientos. Con pasión y templanza, ambas en dosis intensas y simultáneas, dotamos a la razón de un sentido seductor. Y no veo, hoy por hoy, a un candidato que tenga en su ánimo una cercanía mayor con esas dos líneas que a Petkoff.

Y una addenda a lo anterior: me gustaría un candidato con la suficiente entidad como para proponerse una campaña donde el blanco dominante no lo constituya una riña sin fin con Chávez y sus provocaciones, sino las propuestas para los ciudadanos, los que padecen las limitaciones económicas, sociales, de empleo, de vivienda, de seguridad, mientras asisten perplejos a la ineficacia de un gobierno que chorrea dinero hasta por las ingles. Es decir, me gustaría asistir a una campaña donde mi candidato ponga de lado, todo lo que se pueda, a Chávez, y tenga siempre por delante a los millones de venezolanos desencantados y desesperados, a la par que esperanzados. Y este camino me parece que Petkoff puede abrirlo mejor que cualquier.

Dicho lo anterior es a la gente a quien le corresponde la palabra, y que no deje de tomarla.

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