Opinión Nacional

¿Política y militares o política militar?

El tema de la política y las Fuerzas Armadas, no es el mismo que el de la política militar. El primero se refiere, obviamente al estudio sistémico de las actitudes políticas de una casta burocrática con armas y el segundo al de la elaboración de teorías del comportamiento y ejecución de ideas en cuanto a la actuación y función de ellas.

La percepción que se ha tenido durante el siglo veinte y el comienzo del veintiuno sobre el rol de las Fuerzas Armadas varían de acuerdo a la capacidad intelectual de los individuos. Generalmente, los grandes intelectuales han sido o son opuestos a la misma existencia de organizaciones burocráticas armadas que según la opinión de muchos de ellos, sólo retardan el progreso de las naciones por ser organizaciones “totales” y parasitarias; pero algunos también las creen ,como Pascal, necesarias para el funcionamiento de la justicia.

Sócrates idealizaba a los guerreros. Para él los militares (Guardianes, se llamaban entonces), debían ser no solamente valientes, sino que además instruidos, justos y patriotas. Los militares, según el Filósofo, debían ser el escudo del Estado y guardianes de las leyes.

El gran Pascal (1), creía que los militares muchas veces eran contrarios a la justicia, aunque necesarios para que ella funcionara; ellos, pensaba el filósofo, revertían el Estado de Derecho. Para Pascal, “La justicia sin la fuerza es impotente, la fuerza sin justicia es tiránica. Es necesario hacer coincidir la justicia y la fuerza de forma que la justicia sea fuerte, y la fuerza sea justa”.

Los revolucionarios franceses crearon las “milicias revolucionarias”, actualmente este esquema, totalmente burgués, contradictoriamente impera en países como Cuba; pero, Suiza también tiene sus milicias, aunque estas actúan más como un ejército normal y apolítico, no deliberante. El Artículo 103 de la Constitución de 193 dice que: “La fuerza general de la República se compone del pueblo entero; en otras palabras era el propio pueblo quien ejercía el derecho de ser fuerza pública. Esto, obviamente, no es razonable pues la fuerza pública no son “delegados del pueblo” ya que su participación no es por elección ni delegación. Ellos son servidores públicos o como bien lo planteaba Weber, burócratas armados. Los militares son en efecto servidores del Estado para defender las fronteras y no el orden público, de acuerdo a las teorías modernas.

Lo anterior nos lleva de inmediato a la noción que nos plantea que las milicias, círculos, células o como se les llame, organizadas por fuerzas políticas son antidemocráticas y excluyentes pues ellas están al servicio de gobiernos y no de Estados. Por lo demás, todas las formas de buscar sustituto a los ejércitos organizados como “organizaciones totales” han fracasado. Basta mirar lo que sucedió en Afganistán para probar esta afirmación.

Para el politólogo Sánchez Agesta (2), la definición de la ciencia política implica a la clase militar como parte del componente político de una nación. Él dice, “política es aquella actividad libre que tiende a la organización (y defensa) de un orden basado en el bien común, siendo así, forzosamente habremos de afirmar que el ejército es una institución política”

El más grande filósofo americano, Don Simón Rodríguez (3), pensaba que “a un hombre de ideas no puede sometérsele” y no aceptaba “órdenes cuartelarias de la sin razón”; con esto, obviamente, se refería a la peligrosa tendencia militarista que comenzaba a emerger en la América Española. Sin embargo, tenía en alta estima a los soldados que habían luchado por la independencia; en otras palabras, justificaba los ejércitos que luchaban sólo por la libertad.

Simón Rodríguez, trató de encontrar una justificación para el desprecio que existía tanto de los literatos por los militares, como el de éstos por los intelectuales. Él decía que “Raro es el militar que sepa distinguir de literatos; pero, es más raro aún, el literato que quiera hacer justicia a un militar; para un militar, sin talento, todos los literatos son filósofos; y es, porque en la idea de FILÓSOFO va envuelta la de COBARDE – Los literatos vulgares tienen a todo militar por ignorante o desalmado. Los buenos literatos podrían humillar la arrogancia de algunos militares, abandonándolos a sus conquistas – los militares sensatos deberían castigar la impertinencia de los literatos vanos, abandonándolos a sus libros – la escena de dos especies de locos la una siempre peleando, y la otra siempre leyendo, desapareciera por falta de medios con qué pagar a armeros e impresores”

Podríamos pensar que Simón Rodríguez creía que ambos males, literatos vanos y militares si bien no eran necesarios eran una realidad, pues su apego por la libertad exigía la existencia de armeros y de impresores. Esto no significa, sin embargo, que Rodríguez haya sido pacifista, ni menos aún un pacifista revolucionario como los que aparecieron durante los años 60 (S.XX) que tenían como ideología la lucha de clases la cual se contradice con el pacifismo. El Maestro era contrario al militarismo y no a los militares aunque muchas veces se refiriera a ellos sardónicamente. Rodríguez no consideraba al ejército como una organización común más, pues él ya se había dado cuenta del personalismo militar y del fenómeno del militarismo que era propio de “sociedades enfermas”

Albert Einstein (4), por ejemplo, consideraba que la humanidad actuaba como rebaños y que su peor producto eran los militares. Le parecía despreciable que un hombre disfrutara desfilando a los compases de una banda. Es más, renunció a su ciudadanía alemana por causa de lo que el llamaba “militarismo alemán”. Pensaba que al soldado “le habrán dado el cerebro sólo por error; le habría bastado con la médula espinal desprotegida”.

Respecto al militarismo, Wright Mills plantea “que si toda la política es una lucha por el poder y el tipo definitivo de poder es la violencia, ¿por qué, pues, no es la dictadura militar la forma normal y corriente de gobierno?” – La respuesta a esta pregunta de Mills, es, sin embargo, menos fácil pues aquí hay que plantearse el asunto de la autoridad y soberanía y a quién pertenecen. La militarización, y las dictaduras, aparecen solamente cuando algún civil como Bordaberry en Uruguay en los setenta (S.XX) y Fujimori en Perú, en los noventa,(S.XX), permiten que la influencia militar en el ámbito político sea decisiva y total, lo cual es un fenómeno político conocido como militarización pues no solamente tienen el control directo del estamento militar policial de Estado, es decir, el manejo del aparato represivo, sino que se apoderan de los demás poderes públicos como el legislativo, ya sea eliminándolo o coaccionándolo y el poder judicial, a los cuales controlan por medio del poder ejecutivo. En otras palabras no son siempre los militares quienes ponen la cara para que exista de hecho una dictadura militar. Este hecho político ha sido común en América Latina.

La doctrina política en la cual se ampara la sociedad democrática universal está basada en la separación de poderes planteada por J.J. Rousseau (5) en su “Contrato Social” la cual establece que la soberanía solamente reside en el pueblo; es decir, en todos los ciudadanos sin importar su clase social, su religión o tendencia política. Rousseau es claro cuando manifiesta que: “La Soberanía es indivisible por la misma razón que es inalienable, porque la voluntad es general, ( N. Del A. – no es necesario que ella sea unánime, dice Rousseau; agregando, que toda exclusión destruye la Soberanía) o no lo es; la declaración de esta voluntad es un acto de soberanía y es ley, en el segundo, no es sino una voluntad particular o un acto de magistratura; un decreto, a lo más”.

Considerando los elementos aportados por Rousseau, podríamos concluir sin dificultad que una dictadura civil o militar le ha birlado la soberanía al pueblo pues excluye a grandes o pequeños grupos de la toma de decisiones.

Entonces, ¿podemos hablar del poder político, por ejemplo, de los banqueros, de la Iglesia, de los gremios, sindicatos, del capital, o de los militares? – De acuerdo a la doctrina democrática obviamente no. Estos grupos, así como la misma burocracia civil, ejercen influencia sobre el poder soberano; sin embargo, cuando traspasan este débil limite entre la barbarie y la libertad, cualquiera de ellos rompe el contrato social al tratar de obtener el poder para su usufructo de grupo. Es tan antidemocrático un militar que toma el poder con pretensiones mesiánicas como un banquero o miembro de la “raza” empresarial que desee el poder para sí, puesto que excluirán a las grandes mayorías de las tomas de decisiones. Efraín Ríos Montt, un militar y pastor evangélico de Guatemala, no solamente trató de “evangelizar” a su país para beneficio de su culto, sino que además uso el poder de fuego de los militares para “acabar” con los comunistas y hacer un gobierno para defender la empresa privada, la cual, por cierto, nadie amenazaba.

La formación militar por lo general inculca una serie de tabúes, falsos prejuicios y falsos paradigmas a quienes quieren hacer una profesión de este tipo. La misma formación pareciera los separa y excluye de la sociedad civil haciéndoles ver solamente espejismos de la sociedad real. Están, por lo general, metidos en la caverna de Platón y temen lo inexistente. Siempre temen algo y se les enseña a temer.

¿Quiénes llegan a los institutos militares en nuestra América Latina? – En el siglo XIX y en el siglo XX muchos jóvenes cuyos padres pertenecían a la clase media pero que no tenían muchas posibilidades de escalar posiciones sociales enviaban a sus hijos a la milicia y al sacerdocio. Las clases altas hacían más o menos lo mismo y generalmente el hijo mayor era educado para ser banquero o manejara los negocios de la familia, otro era enviado al ejército, el cual era considerado parte del poder y un tercero al seminario para lograr también, el poder eclesiástico. Pero, además, los niños (jóvenes) con problemas de conducta también eran enviados a los institutos militares. En algunos países como Perú, Chile, Argentina y Colombia esta tradición sigue vigente en las clases altas. Para ellos, (los llamados oligarcas), es importante el control económico, militar y eclesiástico.

Aún es costumbre enviar a las academias militares a los muchachos omisos, flojos, irrespetuosos y con otros serios problemas de conducta para que “se enderecen”. Se ve a la academia militar más como un centro reformador que como una academia de estudios especializados en el “arte” de la guerra. En muchas naciones esto no es mayor problema. El peligro es en América Latina, en donde estos “jóvenes problemas” pueden llegar a tener destacadas posiciones en el aparato burocrático del Estado, al cual llegan con el reconcomio interno de saberse desplazados por sus padres o familia; en su interior van agudizando algo peor que la lucha de clases y engendran odio y un inmenso resentimiento social; piensan que todos las taras, errores y equivocaciones de la sociedad son culpa de los demás y que él está en capacidad de reformar el sistema. Afortunadamente, los de esta casta son una ínfima minoría.

Lamentablemente, en nuestros días, a pesar de que la sociedad latinoamericana estuvo signada por “el gorilismo” por un lado, “el nacionalismo” por el otro, y con algunas dosis de fascismo militar (Argentina y Chile), los estudios del comportamiento político de los militares aún es muy precario. Es posible que antes que los sociólogos entiendan este problema desaparecerán las fuerzas armadas en la región como se hizo en Costa Rica.

Existe una especie de repugnancia de estudiar estos problemas, pero, también, hay miedo de analizar abierta y públicamente los problemas militares. No deja de haber razón en esto último. En nuestro continente, así como en Africa y Asia, el estamento militar demuestra una prepotencia rayana, a veces, en la insanidad mental, en especial, cuando se les critica. Nuestros académicos han estudiado a todas las instituciones gubernamentales y privadas de cierta importancia. Es más, existe una teoría de la organización que se ocupa de ellas; sin embargo, las investigaciones académicas sobre las fuerzas armadas y su proceder son casi inexistentes. Lo que existe son estudios de políticas militares más no militares en política, lo cual es tan diferente como el aceite y el vinagre.

Al no haber políticas y estudios sobre el comportamiento militar, mal pueden nuestras sociedades predecir como actuarán ellas. Solo, una vez que se desarrollan los hechos políticos, sale por allí algún brujo de la politología para decir: “yo lo había dicho…los militares estaban complotando, conspirando, etc….”

Respecto al comportamiento militar es necesario observar los motivos y razones de sus actuaciones. La historia nos ha demostrado que tanto Julio Cesar, como Calígula tuvieron sus momentos históricos. Mussolini, Hitler, Franco, Idi Amin, Videla y Pinochet, también. Simón Bolívar decía que “los sucesos de la historia hay que observarlos de cerca y juzgarlos de lejos”. Napoleón comprendía que la historia era un río cuyo caudal iba a parar siempre al mar; es decir, la historia es indetenible, pero, sin embargo, su observación nos puede ayudar a entender las razones de sus hechos.

La burocracia armada ha crecido debido a las políticas del pavor. El miedo, como lo dije anteriormente, es una de las razones del militarismo. Miedo a una invasión, miedo a una revuelta, miedo a perder los privilegios, miedo a ideologías desconocidas (aunque por lo general no conocen ninguna), etc.

Los militares son el sector de más rápido cambio científico y técnico en una sociedad, manteniendo principios conservadores, por lo general obsoletos. Revuelven el pasado constantemente tratando emular a héroes de una dimensión casi desconocida y de una dimensión del tiempo que es imposible que se vuelva a repetir a menos que usando las leyes de Einstein podamos regresar al pasado, más no para interactuar sino que para observar y, para eso, están los historiadores.

Los militares muchas veces, por su conservadora formación, no reconocen los hechos históricos. Como dice Bertrand de Jouvenel en su obra “La Soberanía”: “Los hechos más incomprensible no actúan sobre nuestra razón si no operan todos los días”, agregando que esto es porque “la gran educadora de nuestra especie se despierta solamente ante lo sorprendente”. Esto cabe en la mentalidad de muchos militares quienes algunos se impresionan ante la espantosa pobreza, la miseria, la corrupción y quedan aún más impresionados cuando ven que la sociedad civil, según ellos, es incapaz de poner orden en una sociedad como esa. Pero, la mayor impresión, la que los hace actuar es darse cuenta del tremendo poder que tienen por el solo hechos de manejar las armas de la nación y enterarse del miedo que ellas provocan en políticos, curas, comerciantes y amas de casa. De allí a la toma del poder por los fines “más nobles” será cuestión de velocidad, astucia y convencimiento. El poder político está siempre al alcance de la mano para los militares, pero como en el caso de los cambios de luna, de los eclipses de sol y el movimiento de las mareas, ellos no los notarán hasta que no vean que esos fenómenos son “prodigiosos”.

Cuando los militares comienzan a pensar en los hechos históricos del presente, se dejan irremediablemente seducir por el brillo de hechos anteriores, “totalmente ciertos, – dice Oehling, – pero que fueron el resultado de causas ya agotadas por completo”; tratan de usar las mismas recetas, emular a “los héroes”, ser héroes ellos mismo y recogen del canasto de los recuerdos lo más bello y ejemplarizador que hayan, por ejemplo, hecho Simón Bolívar, Sucre o Zamora. La cuestión es descubrir un hecho político del pasado, compararlo con el presente y aplicarlo para el futuro, sin considerar que el pasado fue diferente porque el momento político histórico que entonces existía era válido solamente para ese espacio de tiempo, no para otro. Entonces, como dijo el matemático Alemán Minkowski no piensan que la teoría de la relatividad nos cambio la falsa naturaleza de la razón misma por una razón verdadera: “De ahora en adelante, el espacio y el tiempo en si mismos están condenados a ser sombras”. Claro, no podemos pedirle a todos los militares que entiendan la teoría de Einstein sobre la relatividad, que nos explica el espacio y el tiempo. Pero si podemos pedirles sentido común, llamándoles a explicar cuáles son las causas y la naturaleza del por qué todos los regímenes militares que han existido en la historia del planeta Tierra han fracasado.

Notas:

1 Oehling, Hermann; “La función Política del Ejército”; Instituto de Estudios Políticos; Madrid, 1967.

2 Sánchez Agesta, L; “Derecho Político”; Editorial Prieto, 5ª. Edición, Granada, España, 1954.

3 Concha Vergara, Mario Hernán; “Don Simón Rodríguez y la vigencia de su pensamiento educacional, político y económico en el Siglo XXI”, Editor Mario H. Concha Vergara, Impresos Urbina C.A., Maracay, estado Aragua, Venezuela, 2001
4 Gómez, Teodoro; “Einstein relativamente fácil”; Océano Grupo Editorial, Barcelona, España, 2001.

5 Rausseau, Jean Jacques; “El Contrato Social”, Clásicos; Caracas, 2000.

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