Opinión Nacional

¿Por qué contra María Corina?

Violó la Constitución, el Reglamento Interior y de Debates y los antecedentes creados por el propio régimen cuando aún vivía Hugo Chávez, en la oportunidad que Venezuela le concedió su puesto a Manuel Zelaya cuando fue depuesto de la presidencia de Honduras, al intentar desconocer la Carta Magna de ese país. Con María Corina no hubo contemplaciones de ninguna naturaleza. Cabello se comportó como un caporal. Como un encomendero al que la Corona española le hubiese entregado una encomienda para que la administrara.

¿Por qué el régimen actuó con premeditación y alevosía contra quien simboliza el coraje, la inteligencia y la mística de la mujer democrática venezolana? El Gobierno quería enviarles al país y a la oposición varios mensajes simultáneamente y utilizó a la parlamentaria como vehículo.

Que se sepa: ningún dirigente opositor está seguro en su cargo, no importa que haya sido electo por el pueblo. El voto sirve para maquillar el rostro de la dictadura. Limar los colmillos de los gorilas, pero no para garantizar la seguridad de quienes se enfrenten a la camarilla gobernante. María Corina representa un eslabón más de la cadena formada por los defenestrados parlamentarios Wilmer Azuaje y María Aranguren, y los alcaldes Enzo Scarano y Daniel Ceballos. En Venezuela, al igual que en Cuba, -y antes, en la URSS y sus países satélites- todos vivimos en libertad provisional; todos estamos sometidos a la provisionalidad y arbitrio de la élite en el poder. Este principio debe quedar claro. La casta roja llegó para eternizarse, no para alternar con ninguna fuerza o líder opositor. Los Castro han mandado durante 55 años de forma ininterrumpida. Los ancianos déspotas trazaron la ruta a seguir.

Que exista la oposición le interesa al régimen. Le da un baño de tolerancia y amplitud que de otra manera no tendría. Sin embargo, no cualquier oposición le conviene. A una oposición que demuestre que en efecto busca gobernar, se amotine, sea frontalmente crítica, intransigente con los abusos, firme en sus posiciones y exigencias, hay que amenazarla, acosarla, agredirla y, en la medida de lo posible, expulsarla de los cargos representativos o encarcelarla, según las circunstancias. María Corina encarna una postura crítica que se sale del molde aceptado por el tándem castro-madurista. Sus posiciones políticas deslindan las aguas. No admite las medias tintas, ni las ambigüedades. Esta verticalidad es demasiado fuerte para un gobierno que prefiere una oposición menos frontal. A Cabello le gusta el juego duro y rudo cuando es él quien lo practica. Cuando son los opositores los que entran en lisa con contundencia, entonces son “fascistas”, “agentes del imperio” y todas las demás babosadas a las que nos tiene acostumbrados. El castigo infringido a la diputada lleva un mensaje categórico: o los parlamentarios se limitan a las labores propias de la Asamblea Nacional, o se ven los toros desde fuera del Hemiciclo. Nada de intentar convertirse en dirigente de masas.

Será difícil que María Corina recupere su curul. La ley dice lo que los rojos quieren que diga. La fiscal Luisa Ortega Díaz opinó que a la parlamentaria había que sancionarla. Gladys Gutiérrez, la señora que preside el TSJ, se había pronunciado sobre el caso antes de que el tema fuese tratado por la Sala Constitucional. Luego vino el dictamen del Cuerpo. Las instituciones del Estado rojo se activaron para apoyar la decisión del PSUV y de Cabello.

El régimen necesita dar señales de unidad, claridad y firmeza. Con la misma brutalidad que actúan la GNB y la PNB, deben proceder las instituciones públicas. El gobierno enfrenta demasiados problemas graves para mostrar signos de debilidad o inseguridad. Saben que cualquier fisura será aprovechada para consolidar la alternativa democrática. A María Corina le tocará seguir desarrollando su trabajo con la gente y fortaleciendo su liderazgo fuera de los muros de la Asamblea Nacional. Luego volverá al Parlamento porque merece asumir de nuevo la representación popular.

 

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